Revista El Muro

En este artículo, y a manera de despedida de esta sección, David nos habla de manera muy íntima sobre las adicciones, retomando el tema central de su primer artículo, pero con más experiencia  y hablando desde su corazón

Por: David González

Antes que nada, quisiera agradecer a Mauricio Moreno por haberme invitado a escribir en El Muro artículos sobre crecimiento personal hace cerca de dos años y medio. Sin duda, esta labor ha sido muy importante para mi proceso de crecimiento interior, pues aprendemos lo que enseñamos, y aquello que compartimos con otros lo reforzamos en nosotros. De las cosas que he aprendido es que dar con alegría es una forma maravillosa de darnos cuenta de lo que tenemos y de lo que hemos crecido, pues al dar nos hacemos intensamente conscientes de aquello que damos, y por tanto lo reconocemos y lo apreciamos como nuestro.

El primer artículo que escribí trata sobre las adicciones, por lo que me parece bien que el último sea sobre ese mismo tema. Uno de los aspectos sobre los que no profundicé en ese escrito, y que es central a la hora de dejar una adicción, es el manejo de la ansiedad. Pero antes de entrar en detalles quisiera contar un poco de mi experiencia con las adicciones.

Comencé a fumar cuando tenía 13 años, más o menos. Lo que me motivó a hacerlo fue principalmente la ansiedad que me causaban las interacciones sociales: las fiestas, las reuniones con amigos e incluso las conversaciones con personas desconocidas. Y esta ansiedad era bastante más intensa si la interacción involucraba mujeres que me gustaran; entonces el miedo al rechazo y a no ser lo suficientemente bueno alcanzaban un pico que era difícil tolerar, y el cigarrillo me ofrecía una manera de soportar esa angustia y me brindaba la sensación de estar protegido de mis miedos e inseguridades, si bien no me ayudaba a sanarlas.

Rápidamente mi cuerpo comenzó a pedir nicotina, y fumar se convirtió en una necesidad que, de quedar insatisfecha, llevaba a niveles insoportables esa misma ansiedad que en un principio me ayudaba a soportar. Dejé de fumar con un objetivo (sentirme seguro, protegido) y comencé a hacerlo por hábito; la única razón para fumar era dejar de sentir la necesidad por un instante, y ese instante cada vez se hacía más breve.

libertad

imagen: fotosgratis.es

Supongo que la historia de todos los fumadores es similar. Cuando reconocí que era adicto y decidí que quería dejar de fumar, comenzó una etapa especialmente dolorosa, pues el cigarrillo dejó de ser placentero y se manchó de culpa, ya que empecé a percibirlo como algo que estaba mal en mi vida. Por supuesto, esta sensación de culpabilidad incrementó mi ansiedad y, a la larga, me llevó a fumar aún más, dando lugar así a un típico círculo vicioso.

Fumé de manera casi ininterrumpida hasta los 25 años, época en la que comencé a interesarme por la meditación y en la que empecé a hacer ejercicio físico de manera regular. Entonces la necesidad fue disminuyendo paulatinamente y mi cuerpo comenzó a necesitar cada vez menos nicotina. Algo que recuerdo con cariño de esa época es que no me esforcé por dejar de fumar; por el contrario, comencé a disfrutar el cigarrillo, pues la culpa se fue. No es que yo apartara la adicción de mí; esta se cayó sola en la medida en que la ansiedad disminuyó.

Recientemente, sin embargo, comencé a fumar de nuevo. Hace ya varios años que mi cuerpo no me pedía nicotina, y en los últimos meses sentí esa necesidad nuevamente. Esto, por supuesto, me llevó a reflexionar sobre lo que estaba pasando conmigo. Como si se tratase de un regreso a mi adolescencia, el cigarrillo volvió de la mano de la ansiedad que me causa la interacción con las mujeres: un enamoramiento, que pronto se transformó en una decepción amorosa, hizo que los cigarrillos fueran otra vez mi refugio frente a la inseguridad y el miedo. Por una parte, esto fue  un retroceso, por otra, una gran oportunidad de aprendizaje. ¿Por qué, después de tanto tiempo, volví a los patrones que me hicieron sufrir en la adolescencia?

Para responder esa pregunta tuve que volver a elegir ir profundo dentro de lo que estaba sintiendo, y esta es quizás la parte más difícil de una adicción: dejarla implica mirar de frente a la ansiedad.  Si simplemente se trata de modificar el hábito, sin mirar más profundo, rápidamente aparecerá un reemplazo; puede que dejemos el cigarrillo (por ejemplo), pero entonces manejaremos la ansiedad mediante la comida, las compras, la pornografía, el trabajo compulsivo…

Al mirar profundo en mi ansiedad me encontré con una gran tristeza que estaba allí guardada desde mi infancia: una tristeza relacionada con la idea de no ser lo suficientemente bueno y de no merecer el amor, que era lo que me había llevado a refugiarme en el cigarrillo en primer lugar. Varias veces durante mis procesos de meditación y crecimiento interior me había encontrado con esa tristeza; sin embargo, esta vez fue más intensa, y aparentemente sin razón pasé varios días llorando como hacía mucho no lo hacía. Ese era el dolor que quería evitar, eso era de lo que me quería proteger mediante la adicción: de sentir. Y, no obstante, dejarme caer por completo en esa emoción fue un gran alivio. Cuando la tristeza acumulada se comenzó a ir llegó una sensación de ligereza y  bienestar.

Imagen: t3rmin4t0r via Flickr Creative Commons. Reproducida desde Liberated Life Project

La gran mayoría de las veces, detrás de la ansiedad se esconde una emoción reprimida, y entre más grande la ansiedad, mayor la emoción. Dejar salir la emoción implica sentir el dolor, y esto es algo que tratamos de evitar. Pero sentir profundamente y permitir que las emociones fluyan es fundamental para manejar la ansiedad y, por tanto, para lidiar con las adicciones.

Ahora bien, conectarnos con las emociones que subyacen a la ansiedad puede ser bastante difícil. La mayoría de las veces, la ansiedad se manifiesta como una leve opresión en el pecho, o como una sensación incómoda en el estómago, o como pensamientos perturbadores, y no pareciera que hay ninguna emoción allí, lo cual será especialmente cierto si desde pequeños se nos enseñó a reprimir lo que sentíamos, ya fuera porque “los hombres no lloran” o porque “las mujeres se ven feas cuando están de mal genio”. Sea cual sea el caso, muchas veces puede que miremos en nuestro interior con honestidad y, a pesar de esto, no encontremos nada debajo de la ansiedad. La recomendación es seguir mirando con calma, seguir conociendo esa ansiedad en lo más profundo, sin afán y sin forzar las cosas.

Al hacer esto, es normal que la ansiedad se intensifique, sobre todo cuando comenzamos a acercarnos a la emoción que está allí guardada, muchas veces acompañada de recuerdos difíciles o de ideas dolorosas grabadas en lo más profundo. Pero vale la pena, y se va volviendo más fácil con el tiempo. Cuando comencé a meditar a los 25 años, me tomó bastante tiempo conectarme con lo que sentía, estaba demasiado habituado a evadir mis emociones; ahora, casi 8 años después, bastó con que eligiera detenerme y la tristeza y la ira fluyeron fácilmente. Al final todo fue un regalo, pues gracias a lo que sucedió pude conectarme con esa tristeza vieja y sanar un poco más, y observar eso dentro de mí que no me gusta y dejarlo ir.

La invitación es, entonces, a no juzgar la adicción como algo malo. Simplemente es una estrategia que empleamos para huir del dolor y la incomodidad, y es normal que queramos hacer eso. La culpa no sirve de nada. Tampoco sirve tratar de dejar la adicción por las malas: aguantando las ganas hasta no poder más. Esto solo llevará a que la adicción sea remplazada con otra, o a que recaigamos en ella con más fuerza y nos carguemos de culpa. La invitación es a mirar más profundo, y sentir la ansiedad y la angustia, conocerlas hasta que en ellas aparezca una puerta que nos lleva a nuestras emociones.

Claro está que cuando el cuerpo se ha habituado a una sustancia, este proceso puede no ser suficiente para que se vaya la adicción, pues en ese caso la ansiedad no solo proviene de emociones ocultas, sino de una necesidad fisiológica insatisfecha. El ejercicio físico y prácticas de relajación, oración o meditación pueden ayudar mucho en este punto. En todo caso, aprender a sentir de nuevo, como cuando éramos niños pequeños, va a aligerar la carga que llevamos, pues no nos quedaremos estancados tanto tiempo en las situaciones dolorosas e incómodas, sino que podremos pasar las páginas de nuestra vida y estar abiertos a lo nuevo.

Nota del editor: aunque la sección no continua, podremos seguir disfrutando de los artículos de David. Todos y todas pendientes, el 30 de enero, para celebrar nuestro tercer cumpleaños, vienen grandes cambios en la revista!

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