Revista El Muro

 

Observo  la hoja en blanco y después de varias horas, aún no he encontrado que escribir. Podría escribir sobre tantas cosas, descargar la rabia y frustración que siento en este momento.  Dejar uno de mis demonios atrapado entre las palabras. Quejarme con o sin motivo. Por algo este blog tiene como nombre Diarios de ira.

Dejemos el odio para próximas entregas, éste nunca falta. Quiero dedicar este texto a mis tres razones de vida, Madeline, Montserrat y Ángela.

Quiero escribir sobre los recuerdos, esos momentos que me atormentan, que atesoro, porque me describen una vida que no fue. Pero son mis recuerdos, inviolables e imperturbables. Son mi razón de ser.

Empecemos con mi princesa grande, mis errores nos han mantenido separados, por eso mis recuerdos con ella son tan pocos. Pero de ella guardo uno de los recuerdos más gratos, cuando me decidí tomar el oficio con seriedad, yo escribía para guardar mis textos en un sobre de manila, sin tomarme la molestia de saber si eran buenos o no. Con el tiempo descubriría que sí lo son (bueno eso creo), el primer cuento publicado en internet fue “Relato de un crimen” y el primer comentario de aliento fue de ella. Así que desde ese momento lo único que podía hacer era  seguir contando historias, y soñar con el instante en que ella y yo nos volvamos a ver cara a cara, para poder decirle cuanto la extraño y lo importante que fueron sus palabras para mí. El que quiero contar aquí es sobre un juego que teníamos cuando ella era pequeña.  El juego consistía en cambiar las emisoras de la radio y nos tocaba cantar o bailar la canción que estuviera en ese momento. Un día toco por suerte que una de las emisoras que pasaban rock, sonaba una canción de la Pestilencia, y mi princesa que sus escasos años empezó a mover su cabellera, como la más experimentada metalera, movió sus brazos y piernas en una danza parecida al pogo, ese momento me sentí parte de ella y deseo poder volver a sentir esa emoción con Madeline.

Continuemos con mi princesa pequeña,  con ella creo que tendré y podré crear muchos si no equivoco el camino. Jamás pensé lo importante en que se pueden convertir esos abrazos de oso que ella me regala cuando es feliz. Lo grato que es ver su sonrisa cuando está conmigo. El momento en que mis lágrimas brotaron de mis ojos, fue el día en que ella nació y una enfermera la deposito en mis brazos. Cuando ella me miró con sus ojitos mi mundo se estremeció y mi corazón se partió en dos cuando ella con su diminuta mano tomo mi dedo pulgar, como diciendo aquí estoy y eres mío. Me sentí tan pequeño y tan feliz, ella era la manifestación de amor entre mi dama y yo, amor que envenené. Aún me pregunto como pude pasar una temporada sin ella.

Entre más conozco a mis princesas, me doy cuenta que fui un imbécil al perder tanto tiempo.

Por último mi dama, ella, mi todo. Son tantos, buenos como malos. Ojala pudiera hacer que los malos desaparecieran, pero eso es imposible como el hecho de que yo algún día haga las paces con el barbudo. No sé cuál contarles, muchos han sido escritos en mis textos, donde habitan todas las Ángelas que he creado en su memoria. Como el día que nos vimos por primera vez. Fue un sábado en el viejo centro comercial que queda frente al edificio Colpatria, estaba vestida con la blusa blanca la cual tenía dibujada una mariposa, mariposa que ha obsesionado a muchos de mis personajes. Caminamos bajo la lluvia, nos besamos por primera vez y yo selle mi destino. No sé si fue por lo que aprendí o esa bestia que habita en mí, me condenaron a vivir sin la mujer que llamo “mi señora”, ahora solo me queda esperar que ella encuentre la felicidad que yo le arrebaté, para que mi torturado corazón halle un respiro. Mientras escribo este texto, tengo una idea que me persigue hace varios días, tal vez sea el inicio de un nuevo relato, me hace acordar cuando le conté que yo tenía la misma obsesión de James Joyce con la ropa interior de su esposa, y varios días después ella me dio de regalo ese pequeño trozo de tela negra que conserve por mucho tiempo, fue su demostración de que me amaba, como la primera vez que hinque mis dientes en su piel. Por eso, ¿cómo olvidar a esa persona que lo conoce todo de mí, hasta la forma de hacer pedazos mi día?, aún así la extraño. Ese es el motivo porque el cual no haré las paces con el barbudo.

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