Revista El Muro

 

Por: Mauricio Moreno

Esta columna cierra el primer número de la Revista el Muro. Han sido quince días de mucho aprendizaje y mucha satisfacción para mí. Hay algo que no pensábamos hacer mientras estuviésemos funcionando en formato Blog, y era lanzar una columna de motivación personal. Sin embargo, esta noche siento que es el momento para empezar con esta parte del proyecto. La sección se llamará “Aprende a Volar” y daremos consejos sobre la vida, los sueños, el amor y todas esas cosas que afectan directamente la parte emocional de los jóvenes y los que ya no lo son.

En esta ocasión quiero hablar de los sueños. Y no sólo porque estas letras sean la materialización de un sueño, sino porque muchos de los artículos y reportajes que hemos publicado nos hablan de los sueños de una u otra manera. Hemos hablado con “chinos que se dan palazos” del Soft Combat, “los que parecen micos brincando” del Parkour, las “locas que se agarran a golpes en patines” del Roller Derby (en una próxima entrega, reportajes sobre estos deportes), los “jipis” de las energías renovables o de las células de la tierra… todos ellos nos ha contado sus sueños y proyectos y cómo los han materializado, y todos coinciden en algo: lo que los demás digan, no importa.

Es difícil quitarse de encima la opinión ajena. Eso es innegable. Vivimos en una comunidad en la que debemos seguir leyes y reglas. Además, muchos de nuestros lectores dependen de sus padres económicamente. De ninguna manera digo que haya que romper las leyes o dejar de seguir algunas reglas, por ejemplo, no diría que dañemos a los demás por placer. Lo que quiero decir es que el hecho de que eso nos importe se debe a una necesidad interna de aprobación. ¿Por qué necesitamos aprobación de los demás? Porque no nos aprobamos nosotros mismos. En efecto, necesitamos que nos digan todo el tiempo lo bonitos e inteligentes que somos, simplemente porque nos da miedo mirarnos al espejo y darnos cuenta de que tal vez no sea así.

¡Vuela! Fuente: Archivo

Pero es un miedo completamente innecesario. Vale, tal vez no seamos tan perfectos como nos creemos y eso duele, pero lo realmente doloroso del asunto es que así terminamos poniendo nuestra felicidad en manos de otras personas. Y si a los otros no les parecemos bonitos o inteligentes, o si incluso son mejores que nosotros en esos aspectos, viene el dolor. Y es un dolor completamente innecesario, porque la única persona que debe aprobar lo que haces eres tú.

Es difícil ignorar a la sociedad, pero no es imposible. Sus ataques, cuando no nos aprobamos, destruyen la imagen que tenemos de nosotros mismos. Pero si aprendemos a amar a la persona en el espejo, si somos sinceros y escuchamos nuestros propios sueños y no los que los demás nos quieren imponer, podemos convertirnos en guerreros medievales, en rock stars, en salvadores del mundo, en excelentes deportistas… simplemente porque hacemos lo que queremos, no lo que los demás quieren. Simplemente porque escuchamos a nuestro corazón, es vocecita que nos pide que cantemos, que nos divirtamos, que amemos lo que hacemos y hagamos lo que amamos. Y el corazón no sabe de odios, siempre nos invitará a hacer cosas en armonía con el mundo.

La sociedad va a mirar, eso es innegable. Va a juzgar y va a decir que “estamos locos”, que “hacemos mal”… Y no está mal escuchar y recibir consejo, pero si le pides a un ebrio consejo sobre cómo ser una persona sana, estás mirando en el lugar equivocado. Una sociedad enferma es la que juzga y aconseja a toda la gente que va por la vida persiguiendo sus sueños y siendo feliz sin escuchar lo que los demás piensan. Siempre habrá quien juzgue y se llene de rabia cuando haces lo que quieres, pero esos sentimientos no son más que frustración: tú estás haciendo lo que ellos quieren pero no se atreven a hacer. Sigue tus sueños. Tú también puedes ser feliz.

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