Revista El Muro

Mauricio Moreno nos habla sobre su experiencia en la jornada mundial de ayuno por el clima convocado por la Federación  Luterana Mundial el pasado  7 de febreo. 

Cuando mis amigos de CantoalAgua me invitaron a participar de un ayuno por el cambio climático, me sentí, primero, honradísimo de que me tengan en cuenta y, segundo, intrigado por el evento. Acepté sin pensarlo mucho tras leer la justificación: El ayuno se hace para solidarizarse con las víctimas del cambio climático. Para mí era un acto de amor, de humildad, de aprendizaje… era una forma de ponerme en los zapatos del otro para lograr entender cómo se siente algo a lo que jamás me he enfrentado. Aunque en efecto he estado arrancadísimo en ocasiones, jamás ha faltado al menos un plato de lenteja en mi mesa. Así que un ayuno sería enfrentar en carne propia las sensaciones que siente una persona que no puede comer no sólo porque no tenga dinero, sino porque no hay comida a causa del desabastecimiento por el cambio climático o por los desastres naturales que borran del mapa poblaciones enteras.

La propuesta no es una cosa de jipis. La idea es hija de una reunión de confesiones e iglesias mundiales encabezadas por la luterana. Nadie rezó, por supuesto, pues no es un evento religioso, aunque sean las iglesias quienes convocan. Líderes mundiales y personas del común nos unimos para guardar ayuno un día buscando, por una parte, solidarizarnos con las víctimas, y por otra enviar un mensaje a los líderes mundiales. En Colombia nos comprometimos  15 personas (Luz Adriana Pinto, Monica Fuquen, Catalina Salguero, Maby Esmeral, Pedro Crump, Hector Buitrago, Juan Carlos Losada, Hamid Nativo, Jaime Isaza, Juan Andrés Moreno, Elvia Niño, Yary Gómez, Stiven Leon y quien estas líneas escribe) y no sé si todos y todas ayunamos al fin, pero  fuimos varios los que decidimos vivir esta experiencia.

Cuando le conté a mi novia que me había apuntado para el ayuno, soltó la risa. No porque le parezca una bobada, sino porque no me concebía ayunando: desde que despierto estoy comiendo o bebiendo algo y no tiendo a ser la persona más amigable cuando tengo hambre. Pero igual, quería hacerlo y por eso no me arrepentí o retracté. Era la oportunidad de conocer y aprender algo nuevo, solidarizarme por medio de ese aprendizaje, sentar una voz de protesta y compartir algo por medio de mis letras para elevar el nivel de consciencia un poquitito.

Llegado el día nos encontramos en el parque de la 93 varios de los ayunantes. Siempre es lindo encontrarse a los amigos, pero yo preferí estar un poco más sólo, aislado, para poder sentir la cosa de manera más vívida. La idea no era echarse a la pena y sufrir, sino poder entregarme a mis sensaciones. Por eso no pasé mucho con el grupo de ayunantes, gente muy bonita eso sí, sino estuve aparte porque la idea era no distraer el hambre, sino vivirla para poder contarla.

Cuando uno ayuna, los olores se vuelven mucho más fuertes. Las máquinas expendedoras que normalmente ni siquiera miro despedían un delicioso olor a comida. Yo, que soy de esos vegetarianos que no extrañan la carne, me enloquecía con el olor a hamburguesa. Y ni les cuento lo que fue ver a los demás almorzar… Aunque en la mañana el hambre no fuera tan fuerte, a medida que avanzaba el día el cuerpo pedía más y más que comiera algo. A eso se sumaba la debilidad que lentamente se adueñaba de mi cuerpo y que volvía lentamente cansados mis pasos. Cumplidas algo más de doce horas ya mi cuerpo sentía el precio de no consumir alimentos.

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Los ayunantes de Bogotá. Fotografía.: Sean Haywkey. Reproducida bajo autorización.

Celebramos nuestro ayuno en el marco de un evento de meditación y música consciente (en el que tocaron varios de los ayunantes) y quise meditar un poco. Pero el frío que sentía (aunque ese día fue muy frío, no era sólo yo), el hambre y la debilidad no me permitían concentrarme, aún cuando varios años de meditación constante me han enseñado a ignorar esas sensaciones para poder desconectarme con cierta facilidad. Pero nunca me había enfrentado a condiciones tan desfavorables. Mis facultades mentales, además, no estaban al 100%. Sean Hawkey, periodista de #fastforclimate nos entrevistó y la verdad me sentí divagando. No voy a decir que un día sin comer me volvió tonto, pero en definitiva no me podía concentrar. A medida que pasaba el día me sentía menos y menos enfocado en las cosas que quería hacer o decir. El hambre no me dejaba pensar.

Al final del día, sentía mucha paz y regocijo. No sólo me sentí siendo parte de algo grande, sino que era parte de algo que importa. Entendí cosas que no habría entendido de otra manera. Así mismo, mi cuerpo se sentía más liviano y realmente sirvió para limpiar un poco mi organismo, no es casualidad que muchos médicos recomienden un día de ayuno ocasionalmente (ojo, no excederse). Al irme del parque, Héctor Buitrago me agradeció por la solidaridad con las víctimas del cambio climático, pero quien está agradecido soy yo por la oportunidad de vivir voluntariamente lo que millones viven por obligación, y así entender en mi carne lo que la mente ni siquiera sospecha.

Poco más de 25 horas después de iniciar, rompí mi ayuno y cené con frugalidad (no mucho porque cae mal). Al día siguiente me sentía revitalizado y tranquilo como pocas veces: el ayuno, más allá de ese enfoque social, revitaliza el cuerpo y la mente: de alguna manera sentía que había aprendido algo no con la mente sino con el corazón. Estas palabras son insuficientes para describir lo vivido, pero son mi herramienta para compartir una experiencia que espero que todos y todas puedan vivir alguna vez, para así hacernos más conscientes del dolor del prójimo y la importancia de asumir nuestra cuota de responsabilidad en la lucha contra el cambio climático.

Claro que me dirán (y me han dicho) que un día no tiene gracia y que sólo fueron 24 horas. Lo que sé es que son 24 horas de hambre que viviré voluntariamente porque no quiero vivirlas por obligación. El cambio climático no es cuestión de ideologías, y mientras muchos discuten si existe o no, poblaciones son devastadas. Si quiere entender cómo nos afecta el cambio climático, multiplique esto que estoy contando por mil y póngase a trabajar en la construcción de un pueblo: eso es lo que sienten las personas afectadas más directamente. Y no pensemos que esto no nos pasará: recordemos que estamos en la crisis por la pérdida de las cosechas de arroz…

Para saber más sobre la iniciativa, visita http://fastfortheclimate.org/es/

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