Revista El Muro

 

 

Por: Alvaro Vanegas

@alvarovanegas11

 

Tenía diecinueve años, estaba en Tunja y la cartelera de ese momento estaba compuesta por “El Club de la Pelea” y “Sexto Sentido”. No tenía idea de quién era M. Night Syamallan, pero sí tenía muy claro quién es Bruce Willis, razón por la que fue muy fácil escoger. Tiempo después vería “Sexto Sentido” casi obligado y tuve que tragarme mis palabras, pero esa es otra historia.

Hasta el día de hoy siempre que veo una película, (casi siempre), tengo la secreta esperanza de experimentar  lo que sentí la primera vez que vi la que, para mí, es la mejor obra de David Fincher. Aquel filme que para muchos es pretencioso, efectista, inverosímil y hasta facilista, para otros tanto, me incluyo, es un manifiesto sobre la naturaleza humana siempre al borde de la esquizofrenia colectiva, siempre entregada a un paroxismo consumista sin límites.

Recuerdo aquella vez que escuché de la boca de una compañera de trabajo, una frase tan superficial pero al mismo tiempo tan válida que me dejó sin argumentos: “Que pendejada, hay una escena en la que resulta que el tipo se golpea a sí mismo”. Afortunadamente no estaban hablando conmigo y no notaron mi expresión indignada y perpleja.  Finalmente cada quien tiene derecho a pensar lo que quiera, pero a mí esa afirmación me pareció el equivalente a ver el fútbol como “veintidós idiotas detrás de un balón” o al arte circense como “un grupo de pendejos disfrazados de payasos”. En fin. Hay gente así.

Volviendo a la película, tiene un guión magistral, actuaciones memorables, fotografía y arte impecables y una banda sonora que no le puede envidiar nada a cualquier película de Tarantino. Pero en realidad no es de eso que quiero hablar, la mayoría de ustedes la habrán visto y tendrán un posición muy clara al respecto.fightclub

Todo esto, en realidad, es un pretexto para contarles que después de catorce años y, sin exagerar, haber visto la película un par de decenas de veces, por fin tengo en mis manos la novela, traducida en España como “El Club de la Lucha”, escrita por Chuck Palahniuk, un genio literario que no es muy conocido en nuestro país, aunque tiene sus fanáticos. Es un libro muy difícil de conseguir, pero les aseguro, vale la pena. Aprovecho para hacer público mi agradecimiento a Ivonne Valencia, quien me lo envió desde España.

No me gusta la palabra que voy a utilizar ahora, ha sido tan usada y abusada por hipsters y presentadores de televisión con verborrea disfrazada de inteligencia, que ha perdido toda fuerza y contundencia, pero esta novela es un claro ejemplo del significado del apelativo “irreverente”. Aunque por supuesto, se me ocurren otros más, entre esos “alucinante”, corrosiva” e “imprescindible”.

Pocas veces un libro y una película basada en el mismo, producen experiencias tan disímiles. No son poco frecuentes las discusiones sobre la pertinencia de adaptar literatura a obras cinematográficas, como es apenas obvio, casi siempre sale ganadora la literatura. Claro, es que los libros tienen ventaja, son un placer solitario y egoísta, en el que cada lector imagina algo distinto, que se puede disfrutar durante unos minutos o durante días enteros. El cine, por su parte, es un placer colectivo, en el que es necesario acomodarse a la visión que un director tiene sobre cierta historia, en ese sentido es más fácil ganar detractores. Pero en el caso de “El Club de la Lucha”, una obra y otra, son tan poco parecidas, que casi se podría decir que estamos ante dos historias distintas. Debo decir que el señor Jim Uhls, responsable de películas como “Jumper” – todo tenemos nuestros descaches-, acertó totalmente con este guión, tan apegado a la obra original y al mismo tiempo, tan alejado. Usa los mismos elementos, inevitable, pero el desarrollo de los personajes es otro y logra un equilibrio entre los dos protagonistas que, hay que decirlo, no tiene la novela. Por otro lado, Palahniuk se despacha en su libro con un mundo disperso y delirante, un Tyler Durden con cierta calidad onírica y una Marla Singer mucho más presente, menos oscura y un poco más real que la que nos ofrece Helena Bonham Carter. Con contadas excepciones, para poner dos ejemplos: “Trainspotting” de Irvine Welsh o “La Niebla” de Stephen King, un libro no suele ser tratado con tanta justicia por una película. Pero es aún más inusual que después de haber visto la película, un libro logre hacerte olvidar de los personajes fílmicos, de sus rostros y sus expresiones, del universo mostrado en la pantalla, de los trucos de edición, de la oscuridad del teatro y el olor a palomitas de maíz, incluso de un desenlace sorpresivo y medio tramposo y te transporte a otro lugar, ese que tú te inventas y en el que te puedes perder tan fácilmente, aun cuando ya hayas llegado al temido punto final de un buen libro.

Y hablando de sorpresas, en la novela, el final es distinto.

 

Fotografía: Alvaro Vanegas

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