Revista El Muro

Por: Beatriz Alejandra Velásquez Rivas

Todos nuestros días están llenos de experiencias que nos gustan, o nos generan rechazo. Es muy sencillo deleitarnos con las vivencias que nos generan placer, gusto, goce. Pero tenemos arraigada la tendencia a rechazar las que nos producen dolor, incomodidad, o que nos molestan de alguna manera.

 En la mayoría de los casos son muchas las experiencias por las que sentimos rechazo: ya sean situaciones actuales del entorno en que vivimos, sensaciones corporales, emociones propias o pensamientos que no queremos tener, comportamientos o actitudes de otras personas, sobre todo de las más cercanas, etc. Y este rechazo se puede convertir en sufrimiento. Si el rechazo es muy fuerte, podemos sentir un intenso mal genio, o la tristeza u otra emoción y/o pensamiento negativo, nos harán perder nuestro centro. Pero además, si constantemente andamos rechazando las experiencias que la vida nos regala, ese rechazo se convierte en un estado de infelicidad, de no satisfacción con la realidad que tenemos ahí presente.

 También el gusto que naturalmente sentimos por las experiencias que nos agradan nos puede llevar al sufrimiento. Si deseamos las experiencias que nos gustan, no con serenidad y apertura a lo que sea que la vida nos quiera dar, sino con ímpetu, ardor y apego, esto terminará generando ansiedad, lo cual produce más dolor; un dolor sentido porque quizás no tengamos las vivencias que queremos, o porque cuando la tenemos, en algún momento desaparecerá.

 Pero ¿qué tal si viviéramos tanto las experiencias desagradables como las placenteras con ecuanimidad? Me refiero a que, en primer lugar, aunque disfrutemos en el momento lo que nos resulta placentero, no nos apeguemos a ello deseándolo en un futuro, sino viviéndolo al 100%, con todas nuestras energías puestas en ello, en el momento presente, para después simplemente soltarlo y aceptar que ya pasó. Y por el lado de las experiencias dolorosas, simplemente vivirlas observándolas, con la consciencia de que toda experiencia, tarde o temprano, desaparecerá. Pues toda experiencia es temporal, ya llegará el momento en el que se irá. Si observamos las vivencias dolorosas sin dejarnos arrastrar por ellas, con la clara consciencia de que no somos ese ser que está poseído por el dolor y el rechazo, los juicios negativos, sino que somos más que eso, un ser con la capacidad de observar cómo el dolor surge, dura algún tiempo y luego desaparece, llegará un momento de nuestras vidas en el que nos invadirá una tranquilidad de fondo presente incluso cuando nos enfrentamos ante las situaciones más dolorosas y difíciles.

cenecuanimidad

Pero claro, es hábito de la mente apegarse a lo placentero y rechazar lo doloroso. Es un viejo patrón profundamente arraigado en nosotros. Surge algo que nos disgusta, y el desespero junto con los juicios negativos no tardan en instalarse en nuestra mente, convirtiendo una simple experiencia desagradable en verdadero sufrimiento. Si nos hacen algo indignante, no nos tomamos el tiempo para simplemente observar lo que sucede sin involucrarnos emocionalmente con la situación, lo cual, si es el caso, nos permitiría retirarnos serenamente de ese campo de energía negativa, sino que automáticamente, arrastrados por juicios y emociones negativas, reaccionamos sin ser conscientes de que al reaccionar nos estamos dejando enredar, nos estamos metiendo más hondamente, en la situación indignante e indeseable.

El  quid está en evitar la reacción y reavivar la acción. La reacción es mecánica, automática, y nos lleva a que, arrastrados por el disgusto, nuestro inconsciente ordene automáticamente reaccionar con rabia, juicios, pensamientos negativos, emociones que no queremos sentir, etc. La reacción nos hace también apegarnos a lo que nos gusta, lo cual disminuye la posibilidad de que estemos satisfechos con la vida tal como se presenta en el ahora. “Pero ¿qué pasa con las realidades que nos parecen injustas y que queremos cambiar” “¿Acaso tenemos que volvernos pasivos y quedarnos en casa simplemente observándolas?” Alguien podría preguntar esto. Pero es que si cambiamos el viejo patrón mental de apego y rechazo, si dejamos así la reacción automática, podremos incluso hacer más por el cambio que queremos. Si observamos para luego actuar, desde la clara consciencia de que no es porque juzguemos que la vida debe ser diferente que hacemos las cosas, sino porque, como creadores que somos, queremos instaurar una nueva y positiva realidad que surge de nuestro corazón y de nuestros deseos más puros y constantes, sin tener esa ansiedad que nos lleva a preocuparnos por cómo serán los resultados, sino sabiendo que si actuamos con las mejores intenciones y entregando nuestro 100%, algo cambiará en la dirección deseada, así sea en nuestro interior, que es el espacio más importante para la transformación.

Un ejercicio que podemos hacer para cambiar el viejo patrón mental de apego, rechazo y reacción es entrenarnos diariamente observando nuestras sensaciones corporales, a la vez que hacemos la tarea de mantenernos ecuánimes ante ellas: si viene dolor, bien, ahí está, le observamos, sin reaccionar, y veremos cómo surge, dura por un tiempo limitado, para luego desaparecer. Y a la vez, disfrutaremos de las sensaciones corporales placenteras, sin tener ese ardor porque se repita. Así la vieja costumbre de apego y rechazo se irá debilitando, y daremos vida a un nuevo hábito mental, por el cual tomaremos nuestras vivencias diarias con mayor aceptación. En última instancia, se trata de aprender a vivir felices con la realidad tal cual sucede, sin juicios negativos, sin pasión desmedida. Seríamos libres del sufrimiento.

Fotografía: por //www.flickr.com/photos/44461337@N06/“>gtall1 vía Flickr. Reproducida bajo licencia Creative Commons

Alejandra Velásquez es una escritora invitada de la revista

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