Revista El Muro

 

Por: Mauricio Moreno

director@elmuro.net.co

Debo aceptar que al iniciar este texto, tengo más claro el título que el argumento mismo. Primero, algo de contexto: La vida me dio la oportunidad de tener un trabajo que me permitió, entre otras cosas, dar un año más de vida al Muro. Pero también me permitió estar en una posición que muchos ven como un retroceso en mi carrera, algo muy por debajo de mi nivel, o algo completamente lejos de mi perfil: fui vendedor de ropa durante esta temporada navideña.

No me voy a quejar porque mentiría: Mis compañeros y jefes fueron fantásticos y conocí gente muy chévere. Haciendo un balance, fue un reto interesante y estoy muy agradecido. Ante todo, fue un trabajo, algo que necesitaba para solucionar una situación complicada. Me alegra haber podido poner mi granito en el sueño de muchos desconocidos. Fue una experiencia muy entretenida y educativa en muchos sentidos. No fue el común para mí (mis compañeros solían tener que lidiar con los clientes-problema), pero lo que vi y viví me puso a pensar en muchas cosas que se resumen en una palabra: Respeto.

Un ñoño podría decir que la definición de diccionario de la palabra habla de aceptar la superioridad del otro. Pero el respeto, como los mortales lo entendemos, no habla de eso, sino de reconocer en el otro y al otro a un ser humano que merece ser bien tratado, sin importar las diferencias en las condiciones sociales o culturales que lo hagan un “igual” a nosotros. ¿Por qué es esto importante? Tal vez se pueda pensar que esa persona que está en frente sea alguien “valioso”, un periodista amateur en la olla al que la vida y un par de buenos amigos le dieron la oportunidad de salir de ella y que va a boletear a los clientes problema, o incluso, muchas celebridades se visten terrible o se disfrazan de gordos para evitar el asedio de los fans y paparazzi. Pero creer eso es pensar que los demás tienen que tener ciertas condiciones sociales, económicas o culturales para ser respetado. A lo que me refiero es que todos merecemos respeto por el simple hecho de ser personas.

Suena muy bobo, sí, es trato humano básico, pero es algo que necesitamos aprender. Y es algo que no se aprende con la cabeza, porque con la cabeza se aprende a tolerar, es decir, a aguantar al otro sin importar lo que crea y aunque nos moleste hasta el tuétano. No, la cosa es de aceptar al otro como es, en su maravillosa unicidad, en el ser que es y por el ser que es. Es como con la novia: el amor verdadero no está en aceptar a alguien “a pesar de que”, sino “porque”. La cosa es de aceptar al otro, de verdad, por quien es y por lo que hace y no simplemente porque es lo políticamente correcto. Si vemos más allá d su apariencia, encontraremos un universo de cosas para amar.

Y es que no es fácil aceptar. Nos dejamos llevar por emociones negativas contra los demás para descalificar al otro, olvidando que el simple hecho de ser una persona le da una dignidad de la que parten los Derechos Humanos y que aunque tenga alguna condición que no nos gusta, tendrá otras que le permitan destacarse. Y por eso, ante el irrespeto por el otro sólo puedo decir… báilamela suavecito, que el otro también es una persona y no hay por qué maltratarlo por la diferencia en nuestras condiciones.

Por ejemplo, ¿No podría elegir Dios a un discapacitado para guiar a su pueblo? Si Dios es amor y amar incluye aceptar, cualquier persona podría ser predicador de iglesia cristiana si su oratoria y fe lo permiten porque esas son sus habilidades,  y su discapacidad es aquello de lo que elige si echarse a morir y sufrir, o vivir con ella y hasta sacarle provecho. Y si realmente vivimos en armonía con el amor de Dios, lo aceptaremos por quien es, no a pesar de sus condiciones. Y ser discapacitado no lo hace menos o más, lo hace discapacitado (qué fea palabra, pero no conozco otra).  Y si es un buen predicador, su grey lo aceptará sin importar cuantas partes falten a su cuerpo. Y así con todo el mundo: la condición social, cultural, física o económica no hace a nadie menos o más, lo hace simplemente diferente a nosotros y nos quita toda razón real para discriminar.

Pero, ¿por qué no aceptamos la diferencia? Creo, a riesgo de enfurecer a los psicólogos, que se debe a que el otro nos muestra algo que tememos aceptar en nuestro ser, que rechazamos, algo que somos incapaces de acerca de nosotros, tal como un miedo o un deseo reprimido. Por ese miedo matamos, rechazamos, discriminamos, destruimos, maltratamos o nos burlamos. Vemos en el otro lo que no queremos enfrentar de nosotros, y por eso necesitamos mostrar fuerza, superioridad y desdén, porque a la larga tenemos miedo e aquello que no es más que un reflejo de nuestra vida interior. Abrazar ese lado al que tememos de nuestro ser es la respuesta para poder amargarnos la vida mucho menos por lo que no nos gusta en los demás. Y además, es la forma más sencilla de amarnos… y por ahí derecho, de amar al prójimo como a nosotros mismos, porque a la larga es como nosotros.

P.d.: Si no va a comprar, no haga bajar media tienda sólo por el placer de ver cosas desordenadas, a alguien le tocará organizar y eso no es divertido.

P.d. 2: Por lo que más quiera… No ponga los dedos sucios sobre las vitrinas ni se limpie los dientes en los espejos de los almacenes. En serio, guácala.

P.d. 3. Acéptate aunque no entres en una prenda pequeña. Ámate, no te castigues.

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