Revista El Muro

 

Por: Samuel Arango H.

samuelarangoh@gmail.com

 

Con el arco iris adornando los siempre visibles cerros orientales, el pasado domingo 28 de julio, en el llamado parque de los novios de Bogotá, se llevó a cabo el cierre del XII Festival Colombia al Parque, un festival para apreciar en conjunto la enorme riqueza cultural de este país. En este lugar, cliché de tarde romántica, la Lulada, el Aborrajado, la Fritanga, fueron algunas de las preparaciones culinarias que junto al intercambio de libros, la proyección de documentales musicales y el contacto con algunos medios independientes de la ciudad, acompañaron la tarde, una de esas cambiantes, de súbitos rayos de sol y corrientes de vientos fríos.

 

Extranjeros, capitalinos y visitantes de diversas partes del país, recibieron placidos las melodías, versos y bailes de las agrupaciones seleccionadas para mostrar el colorido, la alegría y el espíritu colombiano, que a pesar de sus conflictos conserva las bondades de tres razas unidades por los periplos de la historia.

 

En un apropiado espacio del mencionado parque, artistas diversos de Colombia tuvieron un lugar cómodo y verde para mostrar los sueños, formas de vida y maneras de ser de sus respectivas zonas. Sin embargo no estuvo en el escenario todo el espectáculo, ya que en el público estaba el espectáculo sin guiones ni preparaciones; mochilas arahuacas, ruanas boyacenses, ponchos antioqueños, alpargatas, “zapato elegante”, gafas de sol, tenis converse de múltiples colores, y sombreros: vueltiao, aguadeño y boyaco, además de diversos acentos y frases, redondearon el evento para que Colombia al Parque fuera realmente lo que su nombre refiere.

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Herencia de Timbiquí, Los Corraleros del Majagual, El Cholo Valderrama fueron algunas de las agrupaciones que hicieron presencia en el verde espacio. Entre tanto los Filipichines, agrupación de la denominada carranga cundiboyacense, “prendió el baile”, o como diría Rubén Albarrán -vocalista de Café Tacuba- “armó la chancla”. Gritos repetidos y orgullos de “jupeuchica viva Boyacá entre movimientos aletiados a ritmo de la guacharaca, le iban dando la personalidad a la tarde.

 

El circuito por la mini feria gastronómica era todo un dilema sensorial, ya que la oferta no era tímida y se tenía confianza en las artes de ofrecerse por medio de su olor y apariencia. Platos típicos del Chocó, del Valle del Cauca, Antioquia, el eje Cafetero y la costa Atlántica, eran consumidos por más de un centenar de personas que entre “paso y paso le iban dando a la cuchara”.

 

La danza folclórica también tuvo su representación por medio de Danzarte. Agrupación que por medio del clin clin de sus machetes y el arrebatao baile tras palabras en verso, dejó ver fácilmente su procedencia, Antioquia. Sus rimas paisas campesinas, le sacaron más de una risa al capitalino público que sonriente admiró aquellas gentes de alpargatas sombrero y versos excepcionales, dotadas con toda la fuerza y energía de la tierra paisa.

 

Así, jóvenes con cara de hippies, otros con cara de europeos y algunos menos exóticos, gozaron junto con familias los sonidos característicos de cada zona; así, a pesar de que el frío no dejó nariz caliente, los rayos de sol acompañaron el baile. El público estuvo inmerso y entregado, empapado de espíritu campesino: palenquero, carranguero, corralero y hasta jornalero, propio de gentes trabajadoras; así, la capital de este terruño, tuvo un espacio sonoro y festivo, un evento sincero y familiar, exótico y convencional, donde la cultura dejó ver existencias únicas, costumbres andinas, tropicales, pensamientos afros, sueños caribes por medio del sin igual folclore Colombiano.

 

 

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