Revista El Muro

 

Por: Juan Ramón Vera Rodríguez

@JRverarodriguez

 

He recibido la oportunidad de escribir reseñas literarias en esta revista y espero aprovecharla con escritos de una calidad, al menos, aceptable. En esta primera ocasión, quiero recomendar Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Regularmente se piensa que lo escrito por un Nobel, suele ser denso, de tintes filosóficos, históricos y tantas otras cosas que de manera muy frecuente saca corriendo a los jóvenes de hoy y a otros que ya no lo son tanto, pero que también contemplan una muy baja posibilidad de leer algo diferente de la obra de, por ejemplo, Stephen King, tan fácilmente digerible como popular. Sin embargo, sin pretender ser una novela de esas que son como una hamburguesa, resulta sumamente deliciosa y entretenida, sin dejar de lado los tintes filosóficos, las visiones cruentas de la infinita profundidad del corazón humano, la radiografía cruda de la fragilidad y la crueldad de una sociedad profundamente enferma.

Es la historia de una ciudad que de repente, con la rapidez del capitán trotamundos, la gripe de Apocalipsis de S. King, se ve invadida por una ceguera blanca. ¿Blanca? Sí. Se describe así. Los ciegos no ven una profunda oscuridad sino una profunda blancura. Cuando el gobierno se percató de la situación, adaptó un hospital para que, en las habitaciones de un ala, se internaran a los ciegos y en la otra, los que habían estado en contacto con ellos pero no habían perdido la vista. En el patio central, un grupo de soldados dejaba los alimentos necesarios. Todos fueron dejados allí, pero no tratados. Todos tenían que arreglárselas para realizar las tareas cotidianas, como ir al baño, distribuir la comida, tener sexo. Las habitaciones de los ciegos empezaron a heder a excrementos, a orina, a gente sucia. Los muertos tuvieron que enterrarlos ellos mismos. En un principio, todo fue, digamos, llevable, pero los ciegos fueron llegando de manera más copiosa. La distribución de comida fue más difícil y llegó el momento en el que un grupo de ellos tomó el poder de los alimentos y empezaron a pedir favores sexuales a las mujeres a cambio de su repartición. Esa dictadura fue terminada gracias a una mujer que no quedó ciega, pero se hizo pasar como tal, para estar al lado de su esposo, proceso en el cual mantuvo en secreto su identidad, de manera valiente y férrea, sin dejar de cuestionarse por su decisión: Iré viendo menos cada vez, y aunque no pierda la vista me volveré más ciega cada día porque no tendré quien me vea. Después de algunos sucesos violentos, pudieron los protagonistas escapar de aquel lugar y salir a la ciudad. La encontraron, apocalíptica, llena de una violencia entre ciegos, entre ciegos y perros, por cualquier cosa, un ciego muerto, un paquete de papas, una caja de fósforos.

 

Es recomendable, no sólo por la particular y entretenida visión apocalíptica; también porque nos llama a reflexionar, a repensar la manera de relacionarnos con los demás y, sobre todo, con los incapacitados. Nos exhorta valorar las cosas que se nos han dado día a día, como poder leer todos los días, placer que, a cualquiera que lo beba, lo hace más tolerante con el mundo.

Espero que la lean y la disfruten, pero sobre todo, espero que sufran y se entristezcan con los personajes, para que puedan darle la oportunidad a la novela de cambiar algo en el engranaje oxidado del comportamiento humano en esta modernidad tan caótica.

Imagen: http://caminodeitaca.wordpress.com/2009/04/02/ciegos-que-viendo-no-ven/

Sobre el autor Ver Más artículos de este autor Página del autor

mm

Revista El Muro

Deja un comentario