Revista El Muro

Sobre Charles King y los Inteligentes, el veto a la champeta y el bicentenario de Colombia en Washington.

Por: Mauricio Moreno

@mauromoreno83

No deja de ser curioso que sea en San Basilio de Palenque (el primer pueblo libre de América) y en Colombia (el país que tuvo el primer presidente negro de América) que los sonidos champetúos  empezaron a germinarse.  Y tampoco que uno de sus máximos exponentes sea el encargado de representar la música colombiana en la fiesta de independencia de Colombia en Washington hoy 20 de julio, día de la independencia. Hoy, Charles King dará un concierto para celebrar la independencia de nuestro país bajo el auspicio del BID. Y ese mismo champetúo el que, junto a otros grandes, cerró el festival de la “alta cultura” (si es que eso existe) por excelencia: el Hay Festival de Cartagena, en el que su banda “los Inteligentes” se presentó junto a Luis Towers y Viviano torres.

Soy blanco y bailo como blanco (y hasta que no se me ve bailando, no se entiende que a pesar de lo racista, el apunte tiene sentido) pero me gusta muchísimo intentar bailar champeta. Mientras Charles-King-BIDotros se esfuerzan por mostrarle al mundo  que el vallenato es el hijo bobo del vals, la champeta se enorgullece de mostrar sus raíces negras, su cercanía con los ritmos africanos y antillanos, su espíritu de tamboras negras mezclada con instrumentos de otras latitudes. Es una fusión cultural riquísima y llena de unos matices muy ricos y sabrosos para el bailador. Por eso es que a pesar de la negativa de los champetudos viejos, como Luis Towers o el mismísimo King, hay muchas formas de fusión, a mi juicio también muy interesantes, que hacen llegar la champeta al mundo entero haciendo que hasta al más tieso finlandés le menee la cadera.

La champeta es el cantar de un pueblo, es una forma de arte nacida de las condiciones particularísimas que llevaron a su creación. Es un sonido auténticamente popular que llegó a las emisoras después de imponerse en los barrios populares cartageneros con sus letras picarescas y ritmos sabrosos. Saltó a las emisoras y “el chocho”  bacano se tomó el país y todo el mundo tuvo que ver con la nubecita, al tiempo que otros ritmos entraban en sintonía, como el Raggamuffin y posteriormente el reggaetón, indestronable e indestronado consentido de la industria musical. La champeta, desde entonces, va y vuelve en las modas de de la radio y las discotecas del interior,cuando con eso sirve a intereses monetarios de los grandes medios y disqueras… pero como ritmo y movimiento popular jamás desapareció ni dejó de cantar a las vivencias, opiniones  y amores de los champetúos, ni cuando en las emisoras los temas pedidos  fueron otros.

Se le critica a la champeta que tiene contenidos sexuales. Por supuesto los tiene. Pero eso siempre pasa: ¿no recuerdan esa canción que descaradamente habla de las glándulas mamarias de una trabajadora del campo y cómo le brincan cuando baila? Creo que va algo como “es el volcán de tus senos, al ritmo de tu cintura… campesina santandereana, sabor de fruta madura” ¿O aquel cantar carranguero (otro de los géneros subvalorados made in this tierrita)  en el que a viva voz el Carranguero Mayor le dice a una china que ya la tiene en la mira para con papas y ají? ¿O esa incitación al terrorismo suicida que se hace en el himno nacional cuando se dice que el Prócer Ricaurte, en San Mateo, se dinamitó por la patria (argumento usado por los terroristas suicidas)?

Ya en serio, para seguir ese argumento, tendríamos que iniciar una cacería de brujas bastante boba donde básicamente tendríamos que quedarnos escuchando cantos gregorianos y matar nuestra diversidad cultural, porque es que ni el himno pasaría. Y lo mismo pasa con la violencia de las fiestas pikoteras: si el cantar del pueblo habla de sexo y causa violencia, tal vez el problema no sea la música sino la educación que se le da al pueblo, pero siempre será más fácil matar al mensajero que cambiar un sistema educativo lleno de corrupción no sólo en sus prácticas y saberes, sino en las ideas que lo crean. Y realmente, la champeta no dice “mate” ni “tire”, y aún si lo dijera, más bobo usted que mata o tira por escuchar champeta. Hay peores géneros, canciones que hablan de decapitar, de ser narco y de violentar mujeres…  y uno no ve a nadie cuestionándolos.

Y claro que hay champeta hecha con el bolsillo. La champeta es otro de esos géneros que van y vuelven de la moda según los intereses de la industria musical o los grandes pulpos de la

Imagen:Cortesía de Afropicks. Reproducida bajo autorización

Imagen:Cortesía de Afropicks. Reproducida bajo autorización

comunicación privada. Si no, piénsese en el triste destino de la salsa choke y ese adefesio con sonido reguetonero que están presentando hoy en día con ese nombre para que sea más digerible a los oídos bogotanos. Ritmos que a la larga se imponen un ratico para que los señores de las emisoras malucas (no todas lo son) y los canales malucos se sientan rebeldes y amantes del pueblo, pero que nos entregan la cultura de manera antiséptica: de forma que no diga mucho y no moleste, que no cuestione la realidad que cuestiona.  Pero no toda la champeta es así.

 La champeta no es algo “cultural” o “étnico”, al menos en el sentido académico que se señala en muchos contextos: ese término segrega y diferencia entre una cultura “buena” y una del otro, el que no somos nosotros, el que podemos estudiar… el malo, el negro, el pobre… el otro. Así, ese intento por salvarla es tan racista como los ataques que le hacen. La champeta es cultural porque es parte de nuestra cultura, de las prácticas artísticas y sociales que nos tocan a todos como país. Es hija y madre de nuestra cultura y lo que somos, es el cantar de un pueblo que nace de las condiciones históricas que lo construye, pero que a la vez construye esas condiciones. Vetar la champeta es un acto de racismo (silencia a la comunidad afrodescendiente), contra la libertad de expresión, la cultura y en sí contra lo que nos hace Colombianos y que a la larga es lo que creó a la champeta. Es matar al mensajero, cuando el problema que causa el estupor está en otro lado.

Charles King en el Festival Centro-credito-luis-alejandro-gomez

Imagen: Luis Alejandro Gómez. Cortesía de Afropicks. Reproducida bajo autorización

Por eso me alegra que sea el Palenquero Fino y no uno de los champeúos de moda el que está en Washington, porque es la expresión más fiel de un pueblo que llora, pero que rie, que goza y que baila también, y que quiere que el mundo conozca ese lado y no sólo el hambre que lo aqueja. Tal vez no sea el primero, pero la champeta si es uno de los ritmos autóctonos y pioneros en nuestra expresión como país. Y si me preguntan qué es eso que nos hace ser colombianos, simplemente puedo decir “Yo no sé”.

(si no entendío la última referencia, deje de leer y póngase a champetear, que le hace falta sacudirse)

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