Revista El Muro

Por: Mauricio moreno

 

director@elmuro.net.co

@mauromoreno83

 

Porque es muy fácil de pensar que acá no hay oportunidad,

 que en otro lado si la habrá

Café Tacvba

 

Este texto está muy influenciado por la lectura del libro más reciente de William Ospina, “Pa’ que se acabe la vaina”, que por demás recomiendo altamente. Leerlo me recordó otros tiempos, cuando pensé que la política y la educación podían cambiarlo todo. Luego cambié de opinión y pensé que la curación de las heridas internas podía salvar al mundo, y ahora creo que son todos parte de lo mismo, aunque siga creyendo que la escuela tradicional y la sociopolítica de hoy son un fiasco y deben construirse de nuevo para lograr que el mundo salga adelante. Lo bonito es que creo que eso está pasando.

Los colombianos estamos enseñados a despreciar lo que somos, y eso no es nuevo. Nuestra independencia se dio cuando un grupo de “próceres” hijos de españoles interesados  en recibir ellos la plata y tener la tierra se rebelaron contra España. En otras palabras, un grupo de gomelos se agarró con los papás, los echaron de la casa y se les tumbaron la plata. Pero seguían añorando a la Madre Patria y viendo con recelo a la guacherna, a los de a pie. Si quieren saber cómo sigue la historia, que no cambia mucho después, lean el libro de Ospina.

El caso es que desde entonces venimos despreciando nuestras costumbres al punto de que nos gusta poder demostrar raíces europeas, estar al tanto de las tendencias de afuera, alardeamos de las cosas que nos mantienen separados de nosotros mismos: no nos aceptamos como colombianos. Nos parece una “boleta” aceptar nuestras costumbres, nuestra lengua, nuestra música, nuestro arte y hasta nuestra raza. Y no sólo nos enferma que esas imágenes existan en nuestro país, sino el innegable meneito de cadera que se nos salta como un tic cuando nuestras raíces africanas e indígenas se rebelan al son de un porro, un bambuco o un currulao. Y nos odiamos por eso, porque también somos parte de esa guacherna campesina y ese pasado que nos duele aceptar.

centcol  

Fotografía: Mauricio Moreno

Por eso necesitamos que vengan personas del extranjero a decirnos que lo nuestro vale, como niños de cuatro años que buscan la aprobación del papá porque ya pueden hacer caquita en la basinica. Y no pienso en esos extranjeros que vienen a quitarnos nuestros trabajos, acostarse con nuestras mujeres y ni siquiera se molestan por aprender el idioma (¡momento! ¿Dónde más escuché eso?) y a los que les ponemos el país en tapete. Me refiero a esos extranjeros que se colombianizan y se enamoran de este país de manera tal que vienen a construir patria, la misma que nosotros no construimos. Esos que a pesar de llamarse Enzo Spaghetti o Jean Paul Baguette, bailan champeta mejor que muchos de nosotros y saben más de cumbia que la mayoría de los que crecimos con ella. ¿Por qué ellos se enamoran de lo que ya somos y nosotros, en cambio, intentamos ser lo que a ellos ya no les preocupa ser?

Y siguiendo con las preguntas: ¿por qué no aceptar lo que somos? Este cruce de caminos llamado Colombia, este maravilloso coctel de genes que nos llena de belleza,  inteligencia y costumbres únicas. ¿Qué es lo penoso de reconocernos como  parte de la nación? ¿por qué nos queda imposible crear la nación?. Somos europeos, y africanos, e indígenas, somos mestizos. Somos fundamentalmente un hermoso coctel de genes, lo más maravillosamente criollo y gozque que se pueda pensar, como esos perritos callejeros que enternecen a cualquiera. Y lo digo no sólo por el chiché pendejo que se usa para vender tintos, sino para ser la raza que es la mezcla de todas las demás. Aunque el vallenato venga de compases europeos, el sentimiento con el que se canta y baila es hijo del mundo entero, por eso sólo podía nacer acá, porque es tan felizmente gozque como quien estas líneas escribe y quienes las leen… aunque les pique a quienes se quieren sentir finlandeses cuando menean la cadera.

Y esto es parte de un trabajo espiritual, no ya como personas, sino como país. En el mundo de la espiritualidad, muchos suponen que todo debe ser simplemente aceptado y que no debemos ponerle atención a la política, lo cual resulta muy conveniente y tal vez por eso el Yoga no es considerado como una actividad ilegal, porque lo ven como algo inofensivo (aunque en el fondo no lo sea). Un muy querido amigo que va para maestro iluminado que se las pela me preguntaba qué era lo que pasaba con las marchas hace unos meses. Él no sabía que estábamos en pleno paro del agro, y que esa comida sana que él busca para almorzar sería prohibida por la ley, que empezaría a comer semillas mutantes. No puedes encontrar la iluminación si te alimentas de cosas que te enferman en cuerpo, mente y espíritu, y más aún, si son las únicas que tu gobierno permite. Es verdad que el cambio viene de adentro, pero ambas cosas son necesarias, debemos cambiar por dentro y cambiar nuestras actitudes, pero de nada nos sirve ser iluminados si tenemos un gobierno que nos impide vivir. Si no, ¿por qué escapó el Dalai lama de China? Ojo con el gol que nos quieren meter con todo el cuento espiritual cuando resulta conveniente para mantener el status quo.

 

Caricatura por Xtian. Reproducida bajo autorizaicón-

 Somos las nuevas generaciones las llamadas al cambio. A cambiar nuestra actitud con los demás y con nosotros mismos, pero también a cambiar este sistema que deja arriba a unos y aplasta a los demás, dejar de ser pasivos y exigir lo que por derecho es nuestro. Todo sistema incluye la semilla de su destrucción, y el actual no es la excepción, y es por eso que es tan importante la espiritualidad: es una excelente forma de entender que nos dijeron mentiras y no somos lo que nos dijeron que éramos, sino que somos y merecemos más. Aceptarnos en lo que somos para empezar a jugar todos en el mismo equipo, no dejarnos meter los dedos a la boca y surgir como la nación fantástica, la tierra del Dorado, la que está más allá de todas las riquezas que las locomotoras del presidente le regalan a las multinacionales.

No tenemos derecho a ser libres sino que somos fundamentalmente libertad de elegir y de ser. No tenemos derecho a ser dichosos, somos fundamentalmente felicidad cuando se nos permite ser y expresarnos plenamente. Y parte de esa dicha está en aceptar más allá de cualquier prejuicio de la sociedad lo que somos, nuestras raíces indígenas, africanas y europeas. Para eso hay que reconocernos y conocernos, investigarnos y ahondar en las costumbres que quieren sepultar en el prejuicio, pero que no logran morir. Que la cultura y la verdad que nos venden están perdiendo credibilidad y por fin estamos retomando nuestra cultura original sin olvidar la nueva para llegar a aceptar quienes somos. Que por fin se nos está levantando la autoestima.

El día que los padres entiendan que son sus propios hijos los que mueren por exigir lo que es suyo, al pedir lo que les ha sido negado, el día que la élite entienda que los demás no somos sus enemigos sino que tenemos que jugar todos en el mismo equipo… No sé qué pasará, pero espero que pase. El voto en blanco generalizado, las marchas campesinas, o los movimientos de ocupación y resistencia pacífica, por ejemplo, son un comienzo, y aunque no falte el crápula avivato que quiere sacar plata de eso, es ya una forma de decirles a las élites políticas y sociales no sólo que no creemos en ellos, sino que la democracia que tanto dicen promover está en nuestra manos, de nosotros, la gente. Que ya no hay esperanza, sino que algo está pasando, que las cosas van a cambiar y no pueden hacer nada para evitarlo.

Sobre el autor Ver Más artículos de este autor Página del autor

mm

Revista El Muro

Deja un comentario