Revista El Muro

Ahora resulta que terminé metido en un grupo de actores llamado “El Clan”. Pero no se confundan, no soy actor, lo que haré será escribir una obra de teatro para ellos y, si todo sale bien, continuar escribiendo para ellos, (y para otros, ¿por qué no?). Pero esto no se trata de enumerarles mis pequeños logros personales. Más bien se trata de una necesaria dosis de autocrítica.
Gracias a mi inclusión en este grupo, he podido empezar a entender a los actores. Son personas complejas, raras, difíciles de comprender. Está claro que para dedicarse a cualquier rama del arte se requiere de cierta demencia, pero si lo miramos con detenimiento, los actores son dementes entre los dementes.

Las conversaciones con ellos —sin pretender afirmar que todos los actores sean iguales, no tengo idea—, siempre desembocan en el poder del arte y todas sus bondades. Suelo sentirme identificado, al igual que a mí, a ellos también les preguntan si en serio se puede vivir del arte, si no es más que un hobby, si no hacen nada más en la vida, si trabajan. Una mierda. Pero en ese orden de ideas, también es cierto que, sea una especie de mecanismo de defensa, o sea simplemente la naturaleza humana manifestándose en nosotros como en cualquier otra persona, a veces los artistas somos un fastidio.

Imagen tomada de http://www.amaliorey.com/2010/04/22/%C2%BFpolitica-de-conversaciones-en-la-empresa-post-159/

¿A qué me refiero? Bueno, ayer precisamente, en una de mis frecuentes divagaciones, estuve pensando en cómo se sentiría un abogado, por nombrar cualquier profesión, en una de las reuniones que tenemos con los de “El Clan”, en las que solo hablamos de cine, teatro y escritura. Probablemente, (obviamente depende del abogado), en un principio le parecerá muy interesante, pero estoy seguro de que, en un momento dado, las palabras le empezarán a sonar pretenciosas y hasta hippies.

A lo que voy es a que un abogado, un contador o un arquitecto, no tiene derecho a verme como un pendejo idealista y desubicado, sólo porque un buen día decidí dedicarme a escribir, así el agua me llegara al cuello. Pero del mismo modo, yo tampoco tengo derecho a verlos a ellos como personas cuadriculadas, aburridas y sin sensibilidad. Cada quien en lo suyo, caminando su camino, jugando su juego, y me perdonan los pleonasmos, (si no sabes qué significa “pleonasmo” y estás pensando que soy un imbécil presuntuoso por usar la palabra, es muy posible que tengas razón, es a eso precisamente que me refiero).

Al final todos somos iguales, vivimos descalificando todo aquello que no nos llega. Yo detesto a Silvestre Dangond, pero lo cierto es que este tipo no me ha hecho nada. No obstante, no pierdo oportunidad para decir a quien esté dispuesto a escucharlo, que su música es un exabrupto y que él, como persona, es un himno a todo aquello que es incorrecto, fantoche, risible. Es más, una persona me puede caer muy bien, pero si me entero de que le gusta la música de este señor, inmediatamente me pongo en guardia. ¿Quién soy yo para juzgar a los millones de aficionados a sus canciones y su ramplonería? ¿O para decir que su “música” es una payasada? Nadie, no soy nadie. No lo soy hoy, y no lo seré nunca.

Y así con muchos personajes y manifestaciones de todo tipo.

Sí, soy artista, creo en Dios y en el amor como solución a todo, me encantan Calle 13 y Michael Jackson, odio los bares y el olor a cigarrillo, jamás he fumado marihuana, antes de votar por Uribe votaría por Amparo Grisales, hago chistes inapropiados todo el tiempo, a veces digo cosas que no debería decir, me obsesionan pendejadas como la ortografía, leo en los buses y cuando hago filas en los bancos y en general soy una persona medio mamerta, pero eso no te derecho a joderme la vida, del mismo modo que yo tampoco debería joderte la tuya.
Soy consciente de que todo esto contradice lo que he escrito hasta ahora en este blog, y lo que escribiré después, pero así soy yo, me digo y me contradigo, ¿y qué? No puedes descalificarme por eso, ¿o sí?

 

 

 

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