Revista El Muro

Por: Sorelestat Serna

Hace un año que el monitor estaba en blanco. Lo último que había escrito para dar fin a su magna obra fue: “El hombre de negro huía a través del desierto y el pistolero iba en pos de él”. Después de esta frase la pantalla de su PC permanecía blanca, muerta, sin una sola palabra que diera inicio a otra aventura.

No podía creerlo, después de más de cincuenta novelas y quien sabe cuántos relatos, la ven estaba agotada. No podía creer que eso le estuviera pasando, lo deprimía, a veces quería tener las pelotas que tuvo Hemingway para acabar con el síndrome de la hoja en blanco. Aún existía la posibilidad de que esa nueva idea llegará y él se aferraba a ello, era su tabla de salvación. Se sentía en el mundo de Ray Bradbury en el cual no existían los libros, eso lo hubiera enloquecido. No aparecían las palabras que se encadenaran unas a otras para narrar la historia que jamás escribiría.

Dio un sorbo al refresco que Tabitha le había traído, quiso mentirle cuando ella le preguntó si estaba trabajando, le hubiera dicho que tenía en remojo un relato, que tenía una idea que le estaba dando vueltas en la cabeza, lo único que pudo decir fue:

—Aún nada.

Cerró los ojos por un instante, vio a una muchacha bañada en sangre de puerco, jugando con un bebe zombi. Al hombre oscuro montado en un Plymouth Fury del 58. A los vampiros de Salem`s Lot persiguiendo a Mike Noonan. A Stu Redman y a Larry Underwood peleando contra los hombres grises. El rey carmesí reía. En su cabeza desfilaban sus personajes, héroes y villanos entremezclados como sus escritos. El club de perdedores empezó a gritarle:

—Despierta Steve, deja de soñar con nosotros, despierta.

Abrió sus ojos, aunque sus parpados le pesaban. Su boca estaba reseca, pasó la lengua por sus labios tratando de humedecerlos. Al fin lo vio en el espejo. Ahí estaba el payaso Pennywise sonriendo, con esa sonrisa mal sana que dibujaba su boca llena de colmillos.

—Es hora de flotar con nosotros Steve —dejó escapar como un eructo.

El escritor se hallaba asustado, seguía sumido en sus sueños, por qué sus creaciones le hacían esto. Perdido en sus pensamientos, no se fijó que detrás de él se encontraba el pistolero empuñando sus armas; frio, duro, sin expresión; Roland Deschain lo observaba con su mirada sin vida.

—Siempre te dije que no me gustabas. —Y disparó contra Steve todas las balas que tenía en sus pistolas.

Mientras el pistolero se retiraba, el rostro de Stephen se estrellaba contra el teclado del computador y el payaso devoraba el corazón del cuenta-historias.

 

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