Revista El Muro

Por: David González

Si se nos preguntase cuál es el placer más intenso que podemos experimentar, es posible que muchos de nosotros pensemos en el orgasmo, en ese momento en que las sensaciones son tan intensas que el tiempo deja de existir y los pensamientos desaparecen. Sin embargo, la satisfacción que se deriva del sexo no tiene por qué reducirse a las sensaciones que experimenta nuestro cuerpo. Cuando el amor está presente (y esto no quiere decir que se tenga que estar en una relación formal), dar placer puede ser tan satisfactorio como recibirlo, al punto que la diferencia entre las dos cosas se desvanece.

A veces pareciera que dar es lo opuesto a recibir; que entre más cosas obtengamos de los demás y menos salgan de nuestras manos, más cerca estaremos de la felicidad. Esta forma de ver las cosas se basa en la ilusión de que para que alguien obtenga algo, otra persona debe ser privada de ello. El placer sexual es maravilloso, entre otras cosas, porque hace evidente que es posible dar sin perder. Se trata de un caso en el que entre más demos, más obtendremos.

Podría pensarse, entonces, que dar y recibir constituyen un ciclo; que cuando damos, algo se pone en marcha de manera que en algún momento aquello que dimos volverá a nuestras manos multiplicado. Si se piensa de esta manera, no obstante, se corre el riesgo de no poder dar realmente, pues surge la tentación de convertir el acto de dar en un negocio: te doy algo para que más tarde me devuelvas otra cosa a cambio. Esta actitud puede hacernos felices por un rato, pero inevitablemente lleva a la desilusión, y las relaciones sexuales no son la excepción.

Cuando damos para recibir, creamos una expectativa, y si esta no se cumple, nos decepcionamos. Si hacemos algo por nuestra pareja en espera de que él o ella haga algo por nosotros a cambio, condicionamos nuestra felicidad a su respuesta. En este caso nuestro amor y nuestro bienestar son condicionales, dependen de lo que suceda fuera de nosotros, y eso es algo que nunca podemos controlar por completo.

Esto no quiere decir que no se pueda hacer tratos. Hacer pactos funciona, pero ambas partes deben saber las condiciones y aceptarlas. En las relaciones de pareja, sin embargo, esto no siempre es así. Muchas veces hacemos algo creyendo que nuestro dar es incondicional, y solo cuando el otro incumple caemos en cuenta de que esperábamos (y exigíamos) algo a cambio. Entonces nos sentimos maltratados y surge en nosotros el resentimiento.

    Pero la solución no es firmar pactos y especificar las condiciones, sino encontrar la verdadera dicha de dar, cuando no hay ninguna diferencia entre dar y recibir, cuando no hay un intervalo entre dar y recibir. Cuando descubrimos ese arte, en el mismo momento en que damos, en ese mismo instante la dicha entra en nosotros y nos inunda. Esto puede funcionar en todas las áreas de la vida, y la invitación ahora es que lo pruebes en la cama.

Prueba dar con el único objetivo de encontrar placer en ese acto de dar. Busca que tu pareja obtenga el mayor placer posible, y goza de ello. Aunque parezca difícil, olvídate de tu cuerpo mientras haces el amor. Deja de juzgar el éxito de la relación de acuerdo con las sensaciones físicas que estás experimentando. Enfócate, solo por ver qué pasa, en cómo entregarte a tu pareja. Cuando descubres la dicha de dar a otro sin condiciones encuentras un tesoro. Entonces te vuelves creativo, te surgen ideas en la cama que antes, cuando solo te enfocabas en tu cuerpo, no habrían pasado por tu mente. Se abren otras puertas, aparecen formas de dar y recibir placer que estaban ocultas, se rompen los límites. Por supuesto, en muchos casos la consecuencia natural de esto será que tu propio placer físico se verá incrementado, pero esto no será lo más importante, y, sobre todo, no será una condición para que disfrutes de tu sexualidad.

Ahora bien, esta práctica no es aconsejable si sientes que tu pareja es abusiva, o si sientes que siempre estás dando y te encuentras resentido porque crees que deberías recibir más. Por ejemplo, es posible que hayas estado dispuesto a satisfacer las fantasías de tu pareja solo por el temor de perderla, y entonces, cuando él o ella no hace lo que tú quieres, te sientes como una víctima. Si este es tu caso, lo primero que tienes que hacer es hablar y expresar cómo te sientes, en vez tratar de dar incondicionalmente, cosa que no lograrías, ya que ese acto es incompatible con el resentimiento.

Si no hay resentimiento, y honestamente puedes concebir el juego de dar sin esperar, no esperes para ponerlo a prueba. Y no le digas nada a tu pareja, no le digas “mira, mira lo que te estoy dando sin exigirte nada a cambio”, pues solo con decirlo ya hay una exigencia implícita. Si puedes hacer esto, verás una nueva forma de usar tu cuerpo y tu energía, y descubrirás un nuevo tipo de placer sexual, en el cual el tiempo se puede detener y los pensamientos pueden desaparecer sin necesidad de que tus sensaciones lleguen al pico del orgasmo (aunque, por supuesto, siempre seguirá siendo grandioso cuando el orgasmo ocurra).

Imagen de introducción tomada bajo licencia creative commons de http://mujerancestral.blogspot.com/2009/09/tantra-sexualidad-sagrada.html

Imagen central tomada bajo licencia creative commons de http://parentables.howstuffworks.com/media/images/promos/2012/03/sex-education.png

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