Revista El Muro

Te presentamos el debut literario de la escritora y libretista bogotana Liliana Guzmán.

Por: Mauricio Moreno

@mauromoreno83

Bogotá,  ciudad de  fiesta, underground, sexo y drogas. Esta es la ciudad, caótica y vil, a la que nos transporta Liliana Guzmán en su libro “Diario de la mujer invisible”, una obra llena de smog, humo de cigarrillo y de marihuana, de una Bogotá que se devora a sus personajes, cuyas historias se entretejen en el tiempo y el espacio rozándose, tocándose y viéndose, sin llegar nunca a aunarse del todo.

 caratula01_Invisible05-final_curvasLa segunda edición del libro fue publicado en 2016 por Editorial 531 y la portada fue diseñada por Juan Pablo Donoso. Para Guzmán, la autora, la novela “Es una especie de crónica de  Bogotá de los años 90, es una novela urbana que habla de todo ese mundo underground de la rumba y todas sus criaturas”. No alcanza ser una novela transgresiva, su contenido y lenguaje son subidos de tono, pero se mantiene a la fuerza dentro de los límites de la novela urbana.

La mujer invisible es un ente casi que metafísico, del que no se sabe si tiene carne, si vive, si muere. Sólo se sabe que desapareció un lunes 27 a las 10 de la noche. No se dan mayores indicaciones sobre el estatus ontológico, o mejor dicho, qué es  este ser que narra las vidas de varios seres a los que observa, dando espacio también para narrar la historia de desamor que la llevó a ser invisible. O durante la que ya era invisible. Después de todo, como dice en la contraportada el reconocido director de cine Harold Trompetero, “Todas las mujeres son de una u otra forma la Mujer Invisible”.

Este ser extraño, difuso, con identidad de ser plural, actúa como narrador de las vidas de seres de la noche o la oscuridad bogotana, de esos bichos raros que uno encuentra en la rumba. Así, está Víctor, un saxofonista frustrado que diseca animales y las almas de las personas. O también Dolores, una joven actriz ambiciosa dispuesta a todo por triunfar. También, dolores, una mujer muerta por dentro, insensible, sin alma y egomaniaca. Todos, observados por la mujer invisible que narra sus existencias rápidas, oscuras y sudorosas. Para cambiar de historia, la autora recurre a varias sub-secciones dentro de los siete capítulos y  206 páginas por las que deambulan sus personajes.

Realmente el libro me gustó muchísimo. Yo crecí en esa Bogotá de los 90, recorrí esas calles y me metí a esos bares, casi que vi a la mujer invisible merodeando por las paredes del Antifaz al que nunca entré por la falta de cédula falsa. Por eso, el libro en gran medida tocó fibras sensibles. Pero más allá de eso y el “encariñamiento” que sentí, hay muchas cosas para resaltar.

Primero, la construcción de los personajes. Todos, cuenta Guzmán, nacen de personajes que ha conocido pero que toman  vida propia al ser escritos, o de imágenes  a partir de las cuales crea historias, situaciones, gustos, personalidades. Este ejercicio mental de la autora da unas características muy completas a cada  uno de los que habitan sus páginas, y permite que el lector se identifique en cosas o encuentre rasgos muy humanos de seres que conoce. Víctimas y victimarios de esta ciudad brutal en la que, como dice Guzmán “todos los pecados de esa locura tan intensa que vivimos como sociedad se conforman, mutan, se vuelven entidades independientes”.

Además, los usos del lenguaje utilizados por la autora son divertidísimos. “es una manera de invitar a la realidad y la irreverencia, la suciedad, la cochinada y lo común y corriente, lo humano, eso que es tan invisible para la cultura, esa humanidad que tiende a quedarse por fuera”. Así,  Guzmán propone usos de lenguaje e imágenes que dan realidad y credibilidad al texto, aprovechando elementos como la carga emocional que tiene una grosería, sin que por eso se convierta en una gratuita sucesión de madrazos, sino que se sienta como una conversación cualquiera en la que se narran historias tan absurdas como reales..

escritora_lilianaAsí mismo, los juegos con el tiempo y el espacio son destacables. Partiendo de un ejercicio estructurado,  la autora juega con los tiempos para lograr hacer que aunque la novela esté muy bien organizada, el lector no pueda decir con certeza cuál es el orden cronológico y la sincronía de los elementos. Un juego  muy estructurado, que no se pierde entre sus vetas, sino que logra que el orden pueda entenderse de manera intuitiva, más no del todo racional.

Por último, las descripciones que hace la autora son tan ricas, vívidas y llenas de humor que hacen que el libro se lea a carcajadas en medio del drama humano que muestran. Sin embargo, acá comienzan las cosas que no me gustaron del texto. A veces las descripciones son tan elaboradas, que  el lector acaba por perderse en ellas, y así la línea argumental se vuelve un tanto confusa.

Por otro lado, la gran cantidad de personajes y los saltos entre ellos de sección en sección hacen que la lectura se haga un tanto difícil, puesto que en algunas ocasiones es difícil saber  e identificar qué historia se está retomando. Sin embargo, hay que decir que Guzmán hace bastante bien su trabajo para ayudar al lector a retomar el hilo de la historia que estaba leyendo, salvo un par de ocasiones, particularmente al principio del libro, en las que definitivamente no sabía yo de qué parroquiano era que me estaban hablando.

Pero este libro hay que leerlo. No es gratuito que, siendo una tesis de grado, se haya ganado el título de “Tesis Meritoria” en la Maestría de escrituras creativas de la Universidad Nacional. Es un libro de lectura deliciosa que atrapa al lector y lo lleva a pegarse a paredes mohosas y sillas de bus para conocer historias tan inverosímiles que resultan increíblemente humanas. Es un libro que vale la pena leer para recordar esa Bogotá de los noventa que de todas maneras se siente muy actual, porque la humanidad, eso que la “alta cultura” esconde, no varía. Es un libro emocionante, emotivo y que atrapa al lector, un texto de no perderse,  uno de esos textos que ayudan a entender que por esa humanidad que está en todos nosotros hace que todos seamos, en mayor o menor medida, la Mujer Invisible.

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Calificación: 4/5

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 Imágenes: Editorial 5:31

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Mauricio Moreno

Periodista por vocación, artista por devoción, escritor por pulsión y humano por diversión. Durante unos años, tuvo el orgullo de compartir planeta con John Lennon, Freddie Mercury, Gustavo Cerati y David Bowie. Estudió filosofía, pero la abandonó en busca de aventuras con amantes más fogosas que la fría razón. Pasó muchos años como profesor, pero se aburrió de tanto ego y se embarcó en la aventura sin retorno de vivir siguiendo su ser. Ama el café, la música y los animales.
Es creador, director y activo escritor de la Revista El Muro. Actualmente, prepara diversos proyectos literarios, periodísticos y audiovisuales enfocados en el apoyo a las diferentes escenas artísticas del país y el continente.

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