Revista El Muro

 

Por: Mauricio Moreno

Director@elmuro.net.co

Mucho se habla sobre el dinero, demasiado. Y no es para menos, en él se fundamentan nuestros sistemas económicos, de los que dependemos para vivir nuestro día a día. Pero tenemos una relación de amor y odio hacia él, y tal vez más de odio que de amor, por sorprendente que esto pueda parecer. Y es que a veces se escuchan incluso a personas acaudaladas decir que “la cochina plata esto”, “la maldita plata lo otro”… No sé ustedes, pero yo no concibo que uno ame algo y hable de eso diciendo que es una porquería. Y como a la platica no le gusta que la maltraten, ella se va cuando la tratan así.

Pero,  ¿qué es el dinero? ¿Por qué le tenemos tanta bronca? El dinero es la forma de intercambio simbólica que utilizamos en este planeta. Hace ya tiempo dejamos el trueque entre objetos y fijamos precios para las cosas utilizando metales que brillan. Más allá de la clase de historia, el dinero es lo que nos sirve para intercambiar por los productos y bienes que queramos. Pero, ¿qué es lo que intercambiamos? Simple: nuestro trabajo. Y así está bien, porque todo trabajo y todo esfuerzo que se haga, incluso aunque tenga fines no egoístas, merecen ser recompensados de alguna manera, por aquello del gasto de energía y tiempo. Trabajamos, recibimos dinero, y compramos lo que otro trabajó. Y así debería funcionar la cosa.

Pero hemos aprendido a confundir el dinero con un símbolo de estatus, de buscar aceptación. No compramos cosas porque las necesitemos, sino porque son “cool”. Nos endeudamos  simplemente para conseguir cosas esclavizándonos a futuro con pagos que sólo aumentan para aparentar con cosas que no necesitamos y no son la recompensa de lo que hemos trabajado. Admiramos a quien no hace nada y tiene mucho. Tenemos trabajos que detestamos con la sola esperanza del cheque a fin de mes, olvidando que somos parte de un servicio a otro, que es donde radica la idea misma del trabajo. Y lo peor, buscamos la salida fácil siempre para enriquecernos haciendo daño a los demás, olvidando que el dinero es el pago por un esfuerzo, no el medio que usamos para adquirir bienes. Vemos el dinero como el fin, como lo que se tiene y da poder, lo de mostrar… no como la fuente de intercambio y trueque de nuestro trabajo.

Y en ese mismo sentido, como el dinero sirve para conseguir cosas que nos pueden ayudar no sólo a subsistir, sino a tener lujos y placer, lo catalogamos de malo y vemos así a quienes lo obtienen porque juzgamos como negativo el placer y todo lo que nos permita llegar a él. Y eso parte de la creencia de que no merecemos: aunque digamos que algo no es para nosotros, lo deseamos inconscientemente y nos llenamos de envidia. Lo vemos como algo malo y lo deseamos, lo cual sólo nos lleva a juzgarnos por desear.

Nuestra relación con el dinero es tan enferma que preferimos trabajar en algo que no nos gusta y que en muchas ocasiones destruye la tierra y la sociedad, antes que arriesgarnos a crear armonía con nuestro trabajo personal. Y cuando alguien crea armonía trabajando a favor de la sociedad o de la tierra o simplemente se goza su trabajo, suponemos que no debería cobrar por su labor, asumiendo que es su deber. Deber que, tristemente, la mayoría no cumple porque concebimos el trabajo como el medio para conseguir dinero, y no para construir sociedad. Mientras se trabaje honestamente se tiene derecho a una recompensa, y si es alta en reconocimiento a un arduo trabajo, ¿cuál es el problema?

Este, creo yo, es todo el merengue que tenemos en la cabeza acerca del dinero. Creo que si dejásemos de concebirlo como un fin, sino como un medio para conseguir otras cosas que son necesarias para vivir, dejaríamos de buscarlo frenéticamente y lo encontraríamos estando en línea con lo que deseamos para la vida. Y si dejásemos de juzgarlo, podríamos mantenerlo y gozar de eso que no es en sí mismo malo o bueno, sino que es una recompensa por el trabajo que hacemos para que los demás también puedan disfrutar, creando en armonía con nosotros mismos, el mundo y la sociedad.

Eso no quiere decir que uno sólo deba cobrar dinero, porque hay muchas formas de recibir. Estas líneas las escribo sin pago monetario, por ejemplo, porque aunque el muro se gratis y siempre vaya a serlo para los lectores, a cambio recibo amigos, buenos ratos y sobre todo la satisfacción de creer que hago la diferencia en la vida de alguien más. Así mismo, un voluntario de, digamos, Greenpeace, recibe a cambio un planeta mejor. Lo importante es ser conscientes de lo que recibimos a cambio y sobre todo, recibirlo. Es un aportar para construir, es la magia del dar, y de dar sin esperar, pero sin cerrar la puerta al recibir.

Esto no quiere decir, de todas maneras, que en lo personal no crea que podemos pensar en una distribución más justa, en la que el trabajo sea realmente reconocido en los bienes que podemos obtener: es absurdo pensar que una persona que trabaja todo el día, se esfuerza y es juiciosa, no pueda siquiera llegar a aspirar a tener los bienes de otro que no los trabaja, o que trabaja buscando dañar al otro, y no por falta de esfuerzo o talento, sino por un sistema económico diseñado para que unos pocos ganen todo, mientras los que trabajan tienen que negarse y privarse de todo bien. Un sistema donde los que tienen inhabilidades deban resignarse a la pobreza o tengan que esforzarse más que el resto para conseguir niveles mínimos de vida. Un sistema donde el salario mínimo sea tan mínimo, que no sirva para lograr condiciones mínimas de supervivencia. Y no estoy pensando en el capitalismo, porque el comunismo y el socialismo son iguales.

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