Revista El Muro

 

Por Juan Ramón Vera R.

@JRverarodriguez

Los Propios Dioses, es una novela de ciencia ficción que data de los años setenta. Su autor, un doctor en química, desata en ella una cascada de creatividad pocas veces vista. Es de esas narraciones elegantes y pegajosas, cuya lectura deja cierto desconcierto cada vez que se debe interrumpir por el trabajo, la esposa, los hijos, y que hace parecer al lector como un perfecto autómata despistado, que debe ser aterrizado por las tareas domésticas de la realidad, para no correr el riesgo de perder el alma, que se quiere ir a recorrer universos poco pensados pero posibles.

También, es un ancla a la realidad. El lector puede llegar a soñar con un reducida y selecta humanidad futura, capaz de superar la maraña de comportamientos nocivos propios de la especie y definitivamente establecerse como habitante, no tanto dominante, sino capaz de vivir en la Tierra, esa piedra que gira y gira alrededor del Sol, en armonía con las otras y consigo misma, pero no. La novela es un augurio, muy probable, de que la estupidez seguirá estando presente como una huella monolítica en el comportamiento humano. Es entonces cuando la ilusión se derrumba y el lector simplemente piensa en la dedicatoria: A la humanidad, con la esperanza de que la guerra contra la estupidez pueda ganarse algún día.

 

Un científico, por accidente, descubre la manera de comunicarse con un universo paralelo. Descubre además, que sus leyes físicas son un tanto diferentes a las que rigen el nuestro. Esa diferencia, hace posible que se desarrolle el invento más útil para la humanidad, dese la invención del fuego: la bomba de electrones. Esta aprovecha el intercambio de materiales con el otro universo y la diferencia entra las leyes provoca un bombeo de electrones, los cuales al fluir, constituyen una fuente segura y limpia de energía para todo el planeta. Se pensó, hasta varios años después de este evento, que esta fuente de energía sería infinita. Sin embargo, otro científico, descubre que el bombeo produciría, en poco tiempo, un desequilibrio tal, que nuestro universo cambiaría sus leyes, haciéndolo mortal para nuestra forma de vida. Entonces la estupidez surge. El inventor de la bomba de electrones rechaza tales descubrimientos para proteger su prestigio, por encima de la posibilidad de la aniquilación total de la especie. Además aprovecha su fama para desprestigiar al portador de tan mala noticia.

Con todo esto y mucho más, la novela logra esbozar una impresionante visión del cosmos, la cual nos hace parecer aún más insignificantes  de lo que cualquier cristiano de andar a pie se podría imaginar.

Es una brillante apología de la complejidad, de la belleza de la intrincada existencia. Es una crítica sutil a la banalidad de nuestro orgullo, a la (como dice Kundera) la insoportable levedad del ser.

Imagen tomada de http://letance.blogspot.com/2011/04/los-propios-dioses-isaac-asimov.html

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