Revista El Muro

 

 

 Por: Javier Rodríguez

El desarrollo de las energías renovables juega un papel cada vez más importante en el panorama energético tanto de países desarrollados como de aquellos en vías de desarrollo, y por ello resulta interesante echar un vistazo a cómo se desempeña Colombia en este campo.

 

Según las cifras, la economía colombiana es hoy día la cuarta de Latinoamérica y puede convertirse en la tercera para el año 2014, después de las de Brasil y México, y superando la de Argentina. Suena bien, ¿cierto? Como es natural, la demanda energética de un país se incrementa conforme crece su economía y por lo tanto su capacidad de generación y suministro se ven obligadas a mantener un ritmo de desarrollo que pueda soportar o apalancar ese crecimiento. Al mismo tiempo, la solidez y la confiabilidad del esquema energético que se va consolidando en ese proceso juegan un papel básico en el éxito de esa economía en el largo plazo.

 

De ahí que en estos tiempos modernos de desafíos naturales, sociales y políticos, los planteamientos energéticos convencionales están sufriendo transformaciones fundamentadas en la evaluación de riesgos futuros y la búsqueda por asegurar la competitividad del país en nuevos escenarios.

 

Muchos asociamos el término de “energía” específicamente con electricidad, de pronto incluimos el gas natural que consumimos normalmente y los combustibles utilizados en el sector transporte. Pero si pensamos en la energía consumida indirectamente, contemplamos los recursos que mueven las industrias para procesar y fabricar todo tipo de productos que usamos y consumimos a diario, cubriendo desde vehículos y electrodomésticos hasta los mismos fertilizantes de los que depende hoy la cadena alimenticia que nos mantiene vivos. Mejor dicho, la energía de la que aquí hablamos es utilizada prácticamente en todo.  

 

Pues bien, toda esa energía que consumimos actualmente proviene aproximadamente en un 80% del carbón, el petróleo y el gas, tres recursos de origen fósil cuya explotación hemos venido desarrollando de manera acelerada durante los últimos dos siglos y medio, y que han hecho posibles los cambios y transformaciones trascendentales ocurridas en dicho lapso de tiempo. Como estos recursos se encuentran solo en cantidades finitas en el planeta y sabemos han tomado millones de años en formarse, hace ya un par de décadas que nos hemos empezado a preguntar cómo podemos continuar satisfaciendo nuestra demanda energética a medida que estos recursos se van agotando cada vez más rápidamente conforme nuestro consumo y número crecen.

 

El 20% restante de la energía que consumimos hoy en el mundo viene principalmente de tres fuentes que son la biomasa (leña, biogás, biocombustibles, etc.), las fuentes nucleares (uranio, plutonio, etc.) y los recursos hídricos (ríos y represas), además de un cuarto grupo de fuentes que representan una porción pequeña pero rápidamente creciente, y en el que están incluidas las energías eólica, solar, geotérmica, y aquellas poco menos mencionadas provenientes del mar (de los movimientos de las mareas o del oleaje). A todas estas fuentes de energía las conocemos popularmente con el nombre de energías alternativas, por representar precisamente eso mismo (alternativas) ante las energías de origen fósil. En el caso colombiano también se les conoce como Fuentes No Convencionales de Energía, esta vez excluyendo la energía hidráulica proveniente de grandes represas, que ha sido convencional en el mundo por cerca ya de un siglo. Removiendo también la energía nuclear, que depende de elementos disponibles solo en cantidades finitas, tenemos entonces las energías renovables que se derivan de recursos que se regeneran según ciclos de la naturaleza y que por consiguiente resultan inagotables en principio.

 

Pensar que todo aquello en lo que dependemos para sobrevivir y vivir de la manera en la que estamos acostumbrados depende en un 80% de recursos finitos y cada vez más escasos (sin mencionar que son la causa de grandes emisiones de carbón a la atmósfera que están cambiando los patrones climáticos, trayendo efectos que nos están empezado a golpear fuertemente) nos lleva a pensar que estamos obligados a migrar de nuestras fuentes fósiles de energía hacia las renovables.

 

 

energías renovables

 

 “Países que dependen grandemente de fuentes específicas de energía debendiversificar el uso de sus recursos”. Imágen proveida por el autor

Colombia le ha apostado a los biocombustibles en el campo de la energía renovable, lo cual no está del todo mal si partimos del hecho que el potencial actual de los biocombustibles limpios y sostenibles es muy limitado en comparación a la demanda de combustibles en el sector transporte. Esta alternativa debe contemplar además la separación de tierras necesarias para el cultivo de alimentos, la preservación de zonas ricas en biodiversidad, bosques, humedales y otras áreas que absorben y mantienen carbón de la atmosfera, el cuidado de las aguas y los suelos por el uso de fertilizantes y pesticidas, al igual que otros importantes principios sociales, ecológicos y económicos que aseguren su sostenibilidad.  

 

Por otra parte, Colombia, al igual que otros países ricos en recursos hídricos, ha basado su generación eléctrica en la energía hidráulica por ser la más económica y confiable desde tiempo muy anterior a que las energías renovables entraran a ser un tema de consideración. Sin embargo, los impactos que los grandes proyectos hidroeléctricos ocasionan en términos ambientales son ahora conocidos por la destrucción y transformación de grandes y pequeños ecosistemas, la alteración de flujos hídricos en zonas aledañas y distantes, las emisiones de metano (poderoso gas de efecto invernadero) por la lenta degradación de la capa vegetal inundada, sin contar los riesgos de tragedias que se pueden llegar a presentar en el caso de desastres naturales o factores humanamente inducidos que atenten contra su infraestructura. Estos efectos hacen que hoy en día los grandes proyectos hidroeléctricos merezcan no ser catalogadas bajo el calificativo de energías limpias o sostenibles y que por consiguiente deban ser desarrolladas con especial cuidado.

 

La generación hidroeléctrica depende de niveles de precipitación y regímenes de lluvia que pueden variar de año en año. En el caso de Colombia, experiencias como la del fenómeno del Niño de principios de la década de los noventa, cuando el país se vio forzado a implementar el racionamiento eléctrico ante la falta de aguas lluvias, o la situación vivida en este último año con el fenómeno de la Niña que se ha manifestado con niveles de lluvia nunca antes vistos e inundaciones nunca anticipadas, son muestra de lo variables que pueden ser estos patrones y sugieren ser cada vez mas impredecibles conforme desastres por inundaciones y sequias se van sumando a lo largo y ancho del globo como evidencia del cambio climático y el calentamiento global.

 

Países que dependen grandemente de fuentes específicas de energía deben diversificar el uso de sus recursos, desarrollando opciones que eviten su colapso ante este tipo de circunstancias difícilmente predecibles pero factibles. Desde los inicios de la década de los noventa hasta el día de hoy, la dependencia del suministro eléctrico en grandes hidroeléctricas se redujo de un 80% a un 67%, lo cual representa un avance. Sin embargo, en lugar de desarrollar otras fuentes de energía renovable, la modificación del portafolio eléctrico colombiano se basó en el incremento del uso de gas, justificado por su relativa “abundancia” domestica y bajo costo, teniendo en cuenta los altos costos de tecnologías renovables tales como la eólica y la solar.

 

En las últimas dos décadas los costos de estas energías renovables (que aunque no son perfectas son más limpias y sostenibles que las energías convencionales) se han reducido considerablemente pasando de ser nichos de exploración a tecnologías comercialmente viables que, aunque aun más costosas, han entrado a compartir mercado con las energías convencionales en un gran número de países. Es así como mientras que aquellos han decidido proyectar las energías renovables como herramienta de construcción de su seguridad energética y mitigación de riesgos cada vez más plausibles que justifican las mayores inversiones, en Colombia hoy en día no se cuenta con la iniciativa de desarrollar estas tecnologías a causa de su costo actual.

 

Al tiempo que Colombia trabaja entonces por crecer para ser la tercera economía de Latinoamérica, la implementación de la energía eólica como la fuente de energía sostenible más desarrollada mundialmente nos indica capacidades instaladas del orden de 1400 MW, 520 MW y 140 MW en Brasil, México y Argentina con proyectos en marcha por ordenes de 6000 MW, 2560 MW y 910 MW, respectivamente, mientras que Colombia cuenta con 19.5 MW instalados desde el año 2004, algunos proyectos que a pesar de llevar años sobre la mesa no se han concretado, y estudios que hablan de instalar capacidades del orden de 100 MW por año empezando en 2015. Luego, si en el 2014 llegamos a ser la tercera economía de Latinoamérica y queremos mantenernos, ¿valdrá la pena reconsiderar la lógica que está determinando nuestro progreso energético? 

Javier Rodríguez es un escritor invitado a la Revista

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