Revista El Muro

Nada haremos, nada haremos…

Por: Mauricio Moreno

@mauromoreno83

Hay un mito urbano. Bueno, un mito Refousiano (es decir, del colegio de dónde yo me gradué y que tengo entendido que Quique Peñalosa no). Dicen por ahí que en las planicies en las que se localizan el valle, la colina y el supermercado de frutas y verduras del Refous, en aquellos terrenos allende Fiesta Suba donde otrora quedara localizada esa institución, las plantas crecen gracias a un inusual abono: los almuerzos de Quique, un larguirucho muchacho que creció para convertirse en Alcalde mayor de una ciudad llamada Bogotá.

No doy fe de esto, recuerdo haber leído una entrevista hecha en un gacetín del colegio hecha por algún estudiante a Peñalosa en la que contaba que era costumbre enterrar los almuerzos del colegio, en tanto, reconozcámoslo, jamás han tenido buen sabor. Eso me lo han confirmado varios exalumnos que vieron cómo se enterraban los almuerzos e incluso los enterraron ellos mismos. Pero no digo más, porque mucho, pero mucho apellido de la rancia ralea elitista esperó la misma campana que yo para que se acabara la clase, y tampoco quiero hacer quedar mal a gente tan dinais. Y aclaro, yo si me comía el almuerzo. Y hasta tres. Digamos que mis compañeros no lo enterraban, nos lo daban a mí y a mi combo, a quienes nos ganaba el hambre de “estar en crecimiento” y el juvenil, inocente y sobre todo ya proscrito consumo de la mata que mata (y que me dio fue risa).

Lo cierto de todo esto es que, si los mitos dicen la verdad, Quiquín tiene una fea costumbre: enterrar lo que no le gusta. Así pasó con el Bronx, así va a para con la Van der Hammen, así pasó con el Cartucho, así pasó con la ensalada de papa, mayonesa y huevo. Creo que en su mente el problema no es urbanístico, sino estético: lo que no le gusta, lo espontáneo, lo humano, lo natural… hay que esconderlo. La reserva son potreros no por su contenido, sino por su caos, porque no está ordenado, una vaina meramente estética que se reviste de argumentos, una limitación mental que le impide aceptar la diferencia y prefiere simplemente enterrarla. Obvio, hay toda clase de desvríos y triquiñuelas torcidas que recubren eso, pero creo que eso es lo que está al fondo. El Caos dador de vida y creador del orden debe desaparecer. Y así, todo lo que represente un riesgo, lo que sea un problema, lo que no sirva, se elimina sin pensar en las consecuencias. Como los estudios del Metro o el arroz masacotudo con gusanitos (cabellos de ángel), eliminados porque sí.

Particularmente, en temáticas de medio ambiente, Peñalosa muestra una inconsecuencia maravillosa: Quiere hacer un metro para que sirva de alimentador de Transmilenio (Así qué chiste) y llenar la ciudad de más buses horriblemente contaminantes (recordemos que los eléctricos chiquitos los puso otra administración), mientras defiende y promueve el uso de la bicicleta. Quiere acabar con una reserva natural en recuperación para proteger el ambiente. Y estoy seguro que los puentes que quería pasar por encima de los humedales iban a tener semáforos para que las aves migratorias cruzaran con seguridad (¿se acuerdan que quería, o quiere, pasar puentes por los humedales?).

Pero el sabor del día es el sabor a pez, o mejor, pescado. Seguramente en Liévano almorzaron Nemo Sudado y Dori Frita para pasar el mal sabor de boca que les dejó el despeluque de todo el mundo con los peces “Salvados” de Atlantis. La Secretaría de Ambiente obró correctamente al incautar los peces. Atlantis Plaza obró incorrectamente al tenerlos en cautiverio. Además de ser una lobada completa, en efecto significa poner en peligro tanto a la especie invasora (es maltrato animal dejar a los pececitos al lado de tanto arribista que se siente en Miami merodeando por Atlantis), como a las especies locales… si es que soltamos a los invasores. No creo, sinceramente, que los pececitos supieran cómo volarse de los acuarios (que no vi) o que hubiese algún chance de que atacaran a las especies nativas. Pero igual, es posesión ilegal de especies exóticas, y punto.

Pero en lo que la embarró la secretaría fue en la decisión de, por ahora digamos matar a los animales. Lo correcto hubiese sido exigir al centro comercial las condiciones de seguridad óptimas para evitar la fuga de los peces (¿En serio?), o lo que sea que permitiera su tenencia. Si eso no era posible, donarlos a algún espacio que permita su tenencia en las condiciones, como un acuario o algo así. Y no pueden salirme con que la ley no permite ninguna excepción y no pueden donarlos a nadie, porque según eso, tendrían que cerrar todos los zoológicos. Y ojalá pasara, qué bonito sería eso, pero a lo que importa ahorita es el bienestar de los pececitos.

Imagen: Disney Pixar

Y la otra embarrada fue llamar al acto “eutanasia”. Ya que hablar como narrador de fútbol es más barato y sirve para lo mismo que comunicarse con un mínimo de decencia, digamos que decidieron “eutanasiar” a los pecesitos. Usaron la palabra con E. Realmente, era mejor que dijeran que los funcionarios tenían hambre y habían hecho sancocho de Nemo a usar la palabra con E. La palabra con E es el punto débil, el meollo del asunto.

Hablar de sacrificio es negativo, pero un sacrificio se hace por un bien mayor. En cambio, ellos decidieron decir que iban a eutanasiar a los pecesitos. Y si hay semejante merengue social y filosófico por la eutanasia no es porque sencillamente sea malo a los ojos de Dios. Esos debates dejémoselos a Pirry. Resulta que eso no es lo verdaderamente importante de la eutanasia, por aquello del derecho a hacer con las posaderas un florero y la discusión si debemos usar camándula en el congreso es francamente absurda e irrelevante, sencillamente saquemos a Gerlein y su combo del congreso a ver si tenemos una política no medieval de vez en cuando. El merengue real, más allá de sotanas, es cuando la eutanasia debe aplicarse a una persona sin consciencia. Resumiendo: ¿Cuándo es Eutanasia y cuando es asesinato? Si no hay acuerdo explícito, ¿hay derecho a terminar una vida?

La eutanasia, hasta donde entiendo, exige que haya una consciencia que apruebe el procedimiento médico. Ya sea como un suicidio asistido (paciente consciente pide que lo ayuden a terminar con su sufrimiento) o eutanasia (el paciente sin consciencia había expresado su deseo de ser desconectado previamente), se presupone una consciencia, la capacidad de decir “acaben con mi vida o no”. Tengan o no consciencia, los peces no le dijeron a nadie que querían que los mataran… a menos que Acuamán trabaje con la alcaldía.

Por supuesto, soy consciente de que hay ciertos criterios médicos que llevan a la decisión de la desconexión, pero la situación filosóficamente interesante se da es cuando esos criterios no se satisfacen. A propósito: A mí no me desconecten, saquen sus leyes de mis cobijas que yo veré cuando me muero o con quién me caso (dos minutos de reflexión les dirá por qué todo está en el mismo paquete). Pero en resumen, lo de estos animalitos no es ningún “noble sacrificio”, es puro asesinato. Las meras ganas de la Secretaría de almorzar Dory a la Plancha.

Creo que el único logro de la Alcaldía de Quique ha sido encontrar a Nemo y  Dory (Gracias, Internet). Pudo aprovecharlo pero siguió con su slogan “Nada Haremos, Nada Haremos” (Gracias, Internet). El resto ha sido más la búsqueda de hacer quedar mal a la anterior administración que gobernar de a deveritas. Un burgomaestre de verdad retoma lo que está, y lo vira hacia donde quiere llevar la ciudad y no se tira las cosas buenas, pocas o muchas, que dejó Gusi Petro. No se dedica a decir “es que el anterior fue muy malo y por eso yo también”. Tiene el coraje de mejorar lo que está, no de dedicarse a pasear y ver cómo hace para vender más buses.

No voy a decir que Quiquín Peñalosa es responsable directo de lo que le pasó a los peces. Pero es en definitiva algo que va en comunión con su filosofía de vida: si algo no me gusta, lo elimino porque sí. Si me encarté con unos peces exóticos, los eutanasio porque es más barato y sirve para lo mismo. La anécdota del almuerzo enterrado, de la que insisto, no sé si sea del todo cierta o no (a pesar de la altísima posibilidad) ilustra eso: cómo se elimina lo que no está organizado, lo que no gusta, lo diferente, lo vivo, la ensalada de remolacha y papa. Una visión bien peligrosa, después de todo… y que ya se ha puesto en práctica en sus dos desastrosas administraciones.

Pobrecito Quique. Es un incomprendido, pero yo lo entiendo bien… es “ese” tipo de persona. T’Sitico, nadie lo entiende salvo la revista… la única  “revista de opinión” del país. E insisto, no tengo pruebas de lo del almuerzo. Pero tiene muchísimo sentido.

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Mauricio Moreno

Periodista por vocación, artista por devoción, escritor por pulsión y humano por diversión. Durante unos años, tuvo el orgullo de compartir planeta con John Lennon, Freddie Mercury, Gustavo Cerati y David Bowie. Estudió filosofía, pero la abandonó en busca de aventuras con amantes más fogosas que la fría razón. Pasó muchos años como profesor, pero se aburrió de tanto ego y se embarcó en la aventura sin retorno de vivir siguiendo su ser. Ama el café, la música y los animales.
Es creador, director y activo escritor de la Revista El Muro. Actualmente, prepara diversos proyectos literarios, periodísticos y audiovisuales enfocados en el apoyo a las diferentes escenas artísticas del país y el continente.

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