Revista El Muro

Por: David González

En el primer libro de El Señor de los Anillos, tras la caída de Gandalf en las sombras de Moria, la Comunidad del Anillo se dirige al reino de Lothlórien, regido por los elfos. Allí, la hermosa Galadriel, señora del reino, invita a Frodo a mirar en una pila mágica, cuya agua constituye un espejo en el que el hobbit puede ver aquello que sucederá si falla en la misión que se le ha encomendado. Sin embargo, tanto si Frodo tiene éxito como si no, la situación del pueblo de Galadriel será penosa, como ella misma le explica:

Si fracasas, caeremos indefensos en manos del enemigo. Pero si triunfas, nuestro poder decrecerá y Lothlórien se debilitará, y las marcas del Tiempo la borrarán de la faz de la tierra. Tenemos que partir hacia el oeste, o transformarnos en un pueblo rústico que vive en cañadas y cuevas, condenados lentamente a olvidar y ser olvidados.*

Angustiado por la visión en el espejo y por las palabras de Galadriel, Frodo le ofrece el Anillo Único, que es una gran carga para él, ante lo cual ella responde:

No niego que mi corazón ha deseado pedirte lo que ahora me ofreces […]. Y ahora al fin llega. ¡Me das libremente el anillo! En el sitio del Señor Oscuro instalarás una Reina. ¡Y yo no seré oscura sino hermosa y terrible como la Mañana y la Noche! ¡Hermosa como el Mar y el Sol y la Nieve en la Montaña! ¡Terrible como la Tempestad y el Relámpago! Más fuerte que los cimientos de la Tierra. ¡Todos me amarán y desesperarán!*

No obstante, Galadriel rechaza el Anillo. “He pasado la prueba. Me iré empequeñeciendo, marcharé al oeste y continuaré siendo Galadriel”.


Pero si el Anillo representa la única manera de mantener el poder de su reino, ¿por qué es correcto para Galadriel rechazarlo, dirigirse hacia el oeste y ver cómo su pueblo se desvanece? No cabe duda de que obtener lo que desea le permitiría disfrutar de la adrenalina que acompaña al poder y la gloria, así como de la sensación pasajera de completud que se experimenta cuando nos sentimos amados por los demás. No obstante, también es claro que este camino la llevaría a una miseria interior semejante a la de los portadores de los nueve anillos, los Nazgûl, esos espectros que una vez fueron grandes señores pero ahora buscan con desesperación el Anillo Único, del cual son esclavos.

La elección correcta es aquella que nos lleva a estar en paz, en tanto que los deseos del ego suelen llevar al sufrimiento, pues este no puede sentirse completamente satisfecho, ya que la necesidad de estar buscando algo más es parte de su naturaleza. Y esta necesidad puede convertirnos en seres siempre ávidos, en barriles sin fondo, en esclavos de logros externos.

Pero ¿cómo saber cuál es la decisión que nos lleva a la paz? Muchos de nosotros tendremos que experimentar y aprender mediante los errores, como los niños que descubren la naturaleza del fuego al quemarse. No obstante, puede ser útil reconocer por completo los deseos del ego, tener la humildad de Galadriel, que a pesar de su sabiduría, permite que salgan a flote sus fantasías más viscerales. Si no tenemos conciencia de esos deseos, si los negamos por tratar de ser mejores, no podremos trascenderlos.

 

 

Luego hay que aprender a escuchar al corazón, que es la mejor brújula que tenemos. Pero el corazón no habla con palabras, sino con silencio. La claridad sobre lo que debemos hacer para estar en paz surge cuando ya estamos en paz. Por lo tanto, si tienes que tomar una decisión difícil, busca primero estar en paz y en silencio. Da un paseo por el campo, ve una película cómica, duerme bien.

Y si tienes esa sensación de claridad que proviene de la paz, disfrútala, siéntela en lo más profundo, para que te des cuenta de que es real y después puedas confiar en tu decisión incluso si la sensación se desvanece. Es normal que el parloteo del ego dibuje un panorama de miedo en el horizonte y dé razones que pueden hacerte dudar de las decisiones que tomas con tu corazón, pues el ego está aterrado de que dejes de buscar la felicidad en sus cuentos de hadas y comiences a mirar dentro de ti. Se trata de aprender a observar la mente y saber que lo que dice no siempre es real, y de ser capaces de conectarnos con esa energía suave en el corazón, con esa quietud interna de la que surge la sabiduría. Así tal vez podamos hacer como Galadriel, que decide marchar en paz hacia el oeste, en lugar de convertirse en una reina que, a pesar de ser hermosa y terrible y amada por todos, está destinada a la miseria de volverse esclava de su propio poder.

*Los textos corresponden a la versión impresa, traducción de José Tarragó.

Imagen de introducción tomada bajo licencia creative commons de http://drnorth.wordpress.com/tag/galadriel/

Imagen central tomada bajo licencia creative commons  de  http://gwillieth.deviantart.com/art/Galadriel-s-mirror-352447296

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