Revista El Muro

Por: Mauricio Moreno

En la película “The Matrix”™ el protagonista, debía elegir entre una píldora azul que lo mantendría en su realidad o una píldora roja que lo llevaría a la “realidad real”, en la que los seres humanos éramos la batería doble a de unas máquinas que habían tomado el control del mundo. No me interesa hoy hablar de la realidad, sino de la pildorita azul. Creo que Neo fue muy idiota o muy valiente, o tal vez ambas, al elegir la pildorita roja. O más simple: no tenía ni idea de en qué se metía. La realidad a la que llegó Neo era una llena de oscuridad y tristeza, donde era calvo y debilucho, vestía con harapos y se daba bala con las máquinas todos los días. Sinceramente, en su lugar, yo hubiese escogido la azulita si me hubiesen advertido: esa vida de la película no me interesa.

Con la libertad pasa más o menos lo mismo. La libertad y la búsqueda de la felicidad suelen exigir un acto de fe, un salto al vacío. Pensemos en Siddhartha Gautama, que nació en una familia de nobles y destinado a ser gobernante, pero eligió vivir en la pobreza y el ascetismo, empezando el camino que lo llevaría a convertirse en Buda. Y ejemplos como ese hay miles, no tan extremos, pero miles. Y en todos los casos pasa lo mismo. Una persona que no es feliz cambia radicalmente su vida y encuentra la felicidad en su nuevo camino. Pero eso da miedo, y mucho.

Todo el mundo, ante la píldora azul y la roja, dice que tomaría la roja e iría a darse bala con los robots. Pero la experiencia me ha enseñado que realmente son pocos los que tomarían la píldora roja si fueran conscientes. Y es entendible. No todo el mundo está listo para enfrentar la libertad. Tememos a la libertad porque es más cómodo estar quietos, sin riesgo, amarrados a lo que nos dicen, sin la obligación de ser responsables por las cosas que elegimos y con la ventaja de poder culpar a los demás por las cosas que suceden. Por muy valiente que uno sea, no es una decisión fácil de tomar.

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Ser libre exige dar un salto al vacío, un salto de fe. Arriesgarse.

Foto: Archivo.

¿A qué le tememos? Primero, a dejar nuestra comodidad, a perder un trabajo estable (aunque lo detestemos), una pareja constante (aunque no haya amor), y un hogar perfecto, (aunque queramos salir corriendo de él).  La segunda cosa que da miedo es perder la aprobación de los demás: Nos quedamos pensando en el qué dirán, en que van a hablar a nuestras espaldas, en que no nos van a querer. Y lo tercero que da miedo es perder nuestra identidad y ser una persona nueva. Esta es la famosa zona cómoda, en la que no está mal estar, siempre que uno esté feliz, pero realmente es difícil ser feliz cuando todo el tiempo se reprime lo que se quiere para hacer lo que es aceptado. Es justo al contrario de la película, donde es la píldora “de la verdad”, la roja, la que lo lleva a uno a estar feliz, mientras que la píldora azul, “de la mentira”, lo mantiene en una realidad de apariencias y sufrimiento. Y en nuestra realidad, el agujero del conejo no lleva al sufrimiento de la ciudad de Sion, sino al verdadero país de las maravillas.

Y así, le gana el miedo a la felicidad y la aventura. Y todo por cosas que realmente no son importantes, miedos que no tienen fundamento. Es imposible que no podamos hacer nuevos amigos o conseguir una nueva pareja. Digo yo, hay siete mil millones de personas en el planeta, ¿y uno se preocupa porque lo dejen de querer 10? Cuando se inician procesos de transformación, cuando se empieza a buscar la libertad y la felicidad, se pierden cosas: se van amigos, se acaban noviazgos… pero aparece gente nueva. Y chévere, que también te acepta como eres sin que tengas que fingir porque probablemente ellos anden en el mismo cuento. Así mismo, es muy probable que empieces a trabajar en lo que te gusta, esa cosa que haces mejor que cualquier otra, porque la haces con amor. Y la comodidad que se pierde es la misma que se tiene en una cama de puntillas. Cuando se toman riesgos, se puede ganar muchísimo: alegría, amistad, autoaceptación y armonía. Y si no, experiencia, que también sirve.

Esto es como hacer Rappel. Incluso un escalador experimentado puede llegar a sentir nervios cuando ve que está a punto de lanzarse por una pared de varios metros con una cuerda como única protección. Pero hay que hacerlo. Es cuestión de confiar en uno mismo. Tampoco estoy diciendo que mandes la familia y el trabajo al demonio y montes una banda de k-pop cuando ni siquiera sabes saludar en Coreano. Hay que tener los pies en la tierra y ser conscientes de que tenemos que comer y en muchos casos hay gente que depende de nosotros, como los hijos. Pero poco a poco, con esfuerzo, sin crearse falsas expectativas y sobre todo arriesgándose, se pueden lograr grandes cambios, grandes alegrías. Tal vez tu banda jamás llegue a llenar el Madison Square Garden,  tal vez ni siquiera lleguen a presentarse frente a un público, pero si te relaja y te hace feliz… ¿a quién le importa?

 

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