Revista El Muro

Reseña de: Thomas, Claude Anshin. At Hell’s Gate. A Soldier’s Journey from War to Peace (A las puertas del infierno. El trayecto de un soldado de la guerra a la paz). Boston: Shambhala, 2006

Claude Thomas era un muchacho estadounidense criado en un ambiente que ejercía la violencia y exhaltaba el heroísmo militar. Siguiendo los pasos de su padre, quien había servido como soldado en la segunda guerra mundial, se enlistó voluntariamente para luchar en la guerra de Vietnam. Después de encontrar todo menos gloria, regresó a su país forzado a vivir la doble condena de llevar consigo los traumas de la guerra y el rechazo de sus compatriotas (recordemos que la intervención militar en Vietnam recibió el rechazo general de los estadounidenses en los años sesenta). Hoy en día, Claude es Anshin, un monje budista que viaja por el mundo hablando de la no-violencia.

Claude Anshin Thomas nos cuenta la historia en su libro: su paso por Vietnam; los traumas resultantes de experimentar la violencia y ejercerla contra otros; su segundo infierno en las calles, rechazado por la sociedad y asfixiado por las drogas; su redención al conocer al maestro budista Thich Nhat Hanh; su ordenación como monje en Auschwitz y sus peregrinaciones por Asia y Estados Unidos. Pero no se trata de una autobiografía, ni de un canal para desfogar sus sentimientos. El libro es un esfuerzo por hablar honestamente de la violencia y, principalmente, de cómo superarla.

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Pues bien, ¿cuál es su propuesta y por qué era importante exponerla de un modo tan personal? Justamente porque, en línea con la tradición budista que heredó y representa, para él la violencia empieza en el corazón de cada persona y por ende es un asunto indesligable de la historia personal de cada uno. Para resolver el problema de la violencia es indispensable reconocer que la semilla del mal está en cada uno de nosotros: si por temor a herir nuestra estima no lo reconocemos, permitiremos que esa semilla crezca en nuestro corazón; si lo entendemos con un espíritu de autoaceptación, podremos estar alerta y evitar que dé frutos.

Ahora bien, estar alerta requiere practicar la atención al presente, a la manera como nuestros pensamientos se forman uno tras otro. Mediante esta práctica, es posible observar nuestras reacciones impulsivas en acción. Solo entonces tenemos la opción de actuar de un modo diferente, tenemos la opción de frenar la cadena de agresión que hemos heredado de todos nuestros antepasados. Aún más: cuando lo hacemos, sanamos, y sana el resto de la humanidad con nosotros.

En fin, no hay manera de poner fin a la violencia si creemos que no es nuestro asunto, que son otros los que deben cambiar y no nosotros. El fin de la violencia depende de nosotros mismos a cada momento: mientras hacemos fila en un banco, mientras subimos a un bus a reventar o intentamos salir de él, mientras el vecino nos molesta con su música a alto volumen o sus quejas… En todo caso, hay una manera, y la historia de Anshin sirve como testimonio de que todos podemos ponerla en práctica.

 

Imagen: http://www.shambhala.com/

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