Revista El Muro

 Por: Mauricio Moreno

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Con cariño, para los dos ángeles que inspiraron este texto

 En estas páginas hemos hablado muchísimo de la energía femenina, siempre valorándola y mostrando su importancia. En efecto, es muy importante ser sensible, vivir en comunión antes que en competencia, proteger la vida… Pero creo que es importante hablar sobre la energía masculina y mostrar sus ventajas, puesto que cada ser humano es una mezcla de ambas y es importante mantener el equilibrio para así llevar una vida armónica y sana.

Lo masculino, o mejor dicho, el hombre, no es lo mismo que la energía masculina. Incluso, un hombre puede tener mayormente energía femenina y no por eso van a mutar sus genitales. De la misma manera, una mujer puede estar invadida por la energía masculina, sin que por eso le salga barba. La energía masculina está relacionada con la fuerza vital, el poder, el movimiento, la fuerza, la racionalidad y la lógica. En ese sentido, es la energía del sol, de la luz, de la fuerza. Es el movimiento constante y permanente, que no disminuye su intensidad sino que aumenta si nada la detiene. Por eso es que es la energía competitiva, de la conquista y el dominio. Es, así mismo, la energía del dar, del entregar, del movimiento hacia afuera. Es constante, fuerte y valiente, una energía de individualidad y que en últimas nos sirve para identificarnos. Si alguien quiere sacar juicios sobre esto, adelante, pero el complemento que tiene las características opuestas (la energía femenina) también es importante y valioso.

La importancia de saber manejar la energía masculina radica en que no siempre podemos actuar de manera comunitaria y amorosa (lo cual no implica que siempre debamos dañar o que no podamos actuar amorosamente). En ocasiones es necesario ser valientes, ser fuetes y ser activos. Atreverse a seguir los sueños o simplemente a hablar con la persona que nos gusta, por ejemplo, requiere ese valor, y de eso nos la pasamos hablando acá. Así mismo, en el estudio o el trabajo, aunque deban estar guiados por la intuición al momento de escoger las metas, necesitan de la lógica y la razón para poder avanzar. La competencia también crea campeones deportivos y los más grandes actos de valentía y heroísmo se deben a esta energía (aunque en este caso en particular, pueda estar mezclada con la femenina).

 

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Los vicios de esta energía, sin embargo, son bien conocidos. El afán de demostrar poder, por ejemplo, puede llevar a la guerra. El exceso de fuerza, llevarnos a ocultar nuestras vulnerabilidades y así a enfermarnos de cuerpo y espíritu. El exceso de raciocinio y lógica puede, en últimas, llegar a paralizarnos o a enfrentarnos no al miedo beneficioso de la protección, sino al miedo nocivo de la inmovilidad que causa parálisis en el momento en el que deberíamos trabajar con más fuerza, es decir, puede llevarnos a llenarnos de excusas para hacer lo que sabemos que nos puede hacer felices.

Pero esta no es una defensa del macho, porque de hecho escribo pensando en dos mujeres que son increíblemente exitosas en su trabajo, pero tienen muy bien balanceada su vida emocional. No es cuestión de decir que los hombres debemos guardar nuestras emociones y ser pura energía activa y poderosa. Hay momentos para todo: para avanzar, arriesgar y conquistar, así como para retraerse, descansar y proteger.  En un mismo día tenemos que usar ambos tipos de energía, según lo requiera la situación, y esto es indistinto a si se es hombre o mujer, homosexual o heterosexual. No podemos reaccionar de la misma manera en toda situación: habrá situaciones que nos exijan ser tiernos y amorosos, mientras otras nos demandarán ser fuertes y valientes. En la vida misma, hay momentos de crisis que nos exigen movimiento y valentía, y otros que nos demandan tranquilidad y quietud.

Es, entonces, importante tener balance, porque ambas energías pueden estar presentes en la misma actividad. Pensemos, por ejemplo, en un equipo de fútbol. Entre los jugadores no pueden estar en competencia, sino que deben trabajar como comunidad (energía femenina-comunitaria-protectora), pero a la vez competir con el otro equipo (energía masculina-propositiva-competitiva). Si le quitamos lo masculino, sin el objetivo de ganar,  el deporte debería cambiar su concepto mismo. Si en cambio le quitamos lo femenino, la comunidad, tendríamos veintidós estrellitas jugando a lucirse sin mayor emoción para el público.

 

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O también piénsese en una banda durante un concierto: el objetivo es divertir y cautivar al público mostrando fuerza ya sea con estética, con virtuosismo, con poder en la música… es una actitud masculina (dar, conquistar), pero a la vez están trabajando comunitariamente y uno no ve al guitarrista compitiendo con el bajista a ver quién gana (¿qué podría ganar?) o al público apostando por el saxo tenor sobre el clarinete. Para poder dar, tienen que construir armónicamente, y esa es la naturaleza de la energía femenina. Por eso es importante que ambas estén presentes y equilibradas en la vida diaria. No es que seamos solo masculinidad o sólo feminidad, sino que a cada uno hay que darle lo suyo. Yin y Yang, de igual a igual, no en competencia sino en armonía.

Pero la energía masculina está sobre representada en el mundo (los hombres niegan su emocionalidad y algunas mujeres quieren triunfar en el mundo según las reglas masculinas). Por eso tanta lata en estas páginas con la importancia de la energía femenina, porque es necesario que cada una sea reconocida en su justo valor y no se llegue a los vicios de ninguna de las dos. La idea es sensibilizarnos sin dejar de actuar. Como dice Andrea Echeverry, “cambia de guerrero a bombero, cambia de guerrero a caballero, cambia de guerrero a cocinero”.

 

Imágenes centrales tomadas bajo licencia creative commons de http://www.freedigitalphotos.net/images/Family_g212-Father_Playing_With_Children_p63601.html

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