Revista El Muro

 

Por: Alejo Serna

   Doña Lucía era una dama muy cordial. Era mi primera visita a la casa de mi  novia, me sentía un poco ansioso y nervioso. Siempre es importante causar una buena primera impresión, más cuando quería que fueran mis suegros para el resto de mi vida. 

   Doña Lucía era una dama muy cordial y una digna ama de casa. Me vestí de una manera elegante y cómoda, sin exagerar. Mi única arma era el silencio. Simplemente me limitaría a responder las preguntas que ellos me harían, porque mi novia sabía que yo hablaba de más y alcanzaba a dar opiniones que herían a las personas. Su advertencia fue precisa, así que  iba completamente preparado para parecer un joven callado, modesto y hasta tímido.

   Doña Lucía era una dama muy cordial, una digna ama de casa y  cocinaba muy bien. Los macarrones estaban exquisitos, los mejores que había probado en mi vida; aunque dijo que debíamos apurarnos para alcanzar a llegar a misa de 8.

   Doña Lucía era una dama muy cordial, una digna ama de casa,  cocinaba muy bien y era una fiel feligrés. Le dije que con mucho gusto los acompañaría a la eucaristía, a pesar de no ser partidario del catolicismo ni ninguna otra religión. Me dijo que era un deber, casi una obligación, asistir a misa todos los domingos; sin falta, porque era parte de nuestro camino hacia la salvación.

   Doña Lucía era una dama muy cordial, una digna ama de casa,  cocinaba muy bien, era una fiel feligrés y un gran ejemplo para mi futura esposa. Pero surgió mi gran pregunta:

– ¿Salvación de qué?

– La salvación que nos llevará a la vida eterna –respondió muy seria –. Debemos aceptar a Jesús y seguir la palabra del Señor para estar con él después de nuestra muerte.     Doña Lucía era una dama muy cordial, una digna ama de casa,  cocinaba muy bien, era una fiel feligrés, un gran ejemplo para mi futura esposa y una respetada docente en su ciudad. Doña Lucía daba clases de religión y valores a alumnos de primaria en una escuela cerca a su casa.

Yo comencé a hablar. Para mi entonces novia ese día se convirtió en una fecha memorable, porque según ella, fue cuando metí las patas.

– Entonces… ¿Los que no conocen o no aceptan a Jesús como su salvador? – pregunté y pasé otro bocado de macarrones.

Nadie respondió.

– ¿Han escuchado hablar de Lao Tse, Gautama Buddha, Mahoma…?¿Y los seguidores de ellos a dónde irán? ¿No tendrán vida eterna? ¿No se salvarán?

– Buddha es un muñeco negro, gordito, que sirve como alcancía – dijo mi novia tratando de suavizar mi soliloquio.

 

   Yo sonreí y esperé un momento. Esperaba una respuesta que me atacara. Mi suegro me miraba a veces, se notaba también su disgusto con las religiones, aunque no dijo nada, tal vez por no contradecir a su esposa.

   Doña Lucía era una dama muy cordial, una digna ama de casa,  cocinaba muy bien, era una fiel feligrés, un gran ejemplo para mi futura esposa, una respetada docente en su ciudad y una señora influyente en su barrio.

Finalmente Doña Lucia habló:

– El catolicismo es la única religión verdadera.

– Yo pienso que pertenecer a una religión es un hecho egoísta y discriminatorio. Incluso me parece un acto de ignorancia.

   Para mi novia, esa fue la gota que derramó la copa. ¿Cómo se me ocurría decir eso delante de su mamá?

– No sé, es un tema muy complejo –  dijo, tratando nuevamente de desviar la conversación.

   Yo continué:

– Creo que pertenecer a una religión o seguir ciertas creencias hace a un lado a las demás personas. Cuando entramos a una iglesia vemos diferentes a los que están afuera.

 Todos guardaron silencio.

   No está de más decir que Doña Lucía era una dama muy cordial, una digna ama de casa, cocinaba muy bien, era una fiel feligrés, un gran ejemplo para mi esposa, una respetada docente en su ciudad, una señora influyente en su barrio y nunca apoyo nuestro matrimonio, a pesar de haberlo hecho en una iglesia católica. ¡Claro! Antes habíamos sido unidos eternamente en un ritual Cocamilla en Perú.

   Seguramente Doña Lucía está gozando de la vida eterna, aceptó a Jesús como su salvador y siguió siempre la palabra del Señor. Yo trataré de seguir siendo buen esposo y buena persona.

Ahora, vale la pena contar que mi esposa y yo en lugar de ir a misa todos los domingos, visitamos orfanatos o ancianatos. A veces es mejor regalar sonrisas que repetir oraciones.

Ilustración: Alejandro Henao (@mrvenao)

Sobre el autor Ver Más artículos de este autor Página del autor

mm

Revista El Muro

Deja un comentario