Revista El Muro

Sigues ahí, sentado frente al computador pensando en cómo terminar esa novela que pareció fluir tan fácilmente durante casi 200 páginas, y entonces, desconcertado ante tu propia tendencia a hacer una tormenta en un vaso de agua, sientes cómo el miedo te invade. De hecho, cada vez es más difícil superar estas crisis, que, a veces, duran días, aunque tu habilidad para mantener un exterior sereno es digna de admirar. No es un miedo grande ni pequeño, fuerte o débil, tangible o etéreo. Es un miedo indefinible que sencillamente está ahí, presente siempre, como una muela a la que le pasas la lengua y la sientes intacta, pero, por alguna razón, duele.

Así que tratas de racionalizar tu estado, eres un tipo inteligente, ¿o no? Siempre supiste que eres más bien feo, así que no te quedó de otra que tratar de, por lo menos, ser interesante, tener de qué hablar, leer muchos libros y ver muchas películas, ser alguien con quien valga la pena sostener una conversación. El problema es que cuando lo piensas con detenimiento, de todo eso que te gusta pensar que tienes, no hay tanto como quisieras y entonces viene la autoflagelación y el miedo que ataca con más fuerza esta vez.

Tratas de respirar con tranquilidad, consciente de cada onza de aire que entra a tu cuerpo; en alguna parte escuchaste que las respuestas están en el aire, suena a ciencia ficción pero te ha funcionado.  Vuelves a respirar y, tal vez por pura sugestión, te llega una respuesta: Lo primero es entender a qué es que le tienes miedo. Bueno, te dices, vamos a tratar de repasar, y es que, de repente, te das cuenta de que la lista es larga.

Tienes miedo de que te amen porque te sientes asfixiado y de que no te amen porque te sientes vulnerable y poco valioso. Miedo de subirte al bus porque qué mamera, y miedo de andar en cicla porque te la roban; miedo de tener un trabajo estable porque tienes que madrugar, tragarte las ganas de insultar a tu jefe y cumplir un horario de mierda, pero también te da miedo perder ese trabajo porque y entonces, ¿qué vas a comer? Miedo de no ser tan bueno como te gusta creer, y miedo de ser tan bueno que tu destino sea ser incomprendido. Miedo de no cumplir con las gigantescas expectativas de tus pocos amigos y tu familia y miedo de cumplir al pie de la letra con todo, porque finalmente, después de que se cumplan tus sueños, ¿qué sigue?, ¿soñar de nuevo? En ese orden de ideas, ¿para qué esforzarse?

Imagen tomada de https://arescronida.wordpress.com

Miedo a las arañas, a la oscuridad y, esto es increíble, a que cualquier objeto filoso se clave en uno de tus ojos. ¿Quién piensa en esas cosas? ¿Qué clase de porquerías tienes en la cabeza?

Miedo a que todo se te venga encima sin aviso y te sorprendan unas taimadas ganas de llorar en plena oficina, pero también está el miedo a que, de tanto contenerte, te vuelvas igual que cualquiera de esos desgraciados que no conocen el placer de llorar de vez en cuando, llorar como si no hubiera un mañana, hasta que los ojos ardan y te sientas ridículo.

Miedo de que aquella mujer se dé cuenta de lo mucho que te gusta, y miedo a que nunca se entere, porque ¿y qué tal si?

Miedo a engordar y miedo a dejar de comer dulce porque, se supone, eso te pone irritable, y lo que menos quieres es estar irritable, bastante tienes con todas tus taras como para convertirte en alguien que nadie quiera tratar.

Miedo a terminar en una pelea a golpes con el imbécil que no respeta la fila, y miedo a ser pisoteado por aquellos que viven su vida en función de pisotear. Miedo a reclamar por que ese caldo en el Éxito sabe inmundo, porque la película empezó tarde, porque la camiseta que compraste se dañó con una lavada.

Miedo a creer en Dios porque, ¿y si no existe? Miedo a no creer en él porque, ¿entonces a quién vas a culpar?

Miedo a que acostumbrarte tanto la soledad que termines muriendo solo, y miedo a depender siempre de la compañía de una mujer. Miedo a tener hijos porque es demasiada responsabilidad y miedo a no tenerlos porque entonces a quién le vas a transmitir todos tus traumas. Miedo a quedarte sin motivaciones de ninguna clase, o a tener tantas razones que sencillamente estalles. Miedo a no despertar porque no se sabe qué viene después de la muerte y miedo a despertar porque, lo quieras o no, te tienes que levantar y enfrentar lo que sea que venga.

Miedo a que la gente que lea esto lo tome a chiste, miedo, por supuesto, a que lo tomen demasiado en serio y el miedo, enorme, a que nadie lo lea.

¿Y entonces qué queda? Te preguntas. La respuesta es sencilla: seguir, dejar de quejarte, aceptar que puedes ser un perfecto imbécil a veces y gozarte esta macabra puesta en escena. Al fin y al cabo no depende de nadie más.

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