Revista El Muro

 

Por: David González

dgonzalez@elmuro.net.co

En 1972, un avión que viajaba de Uruguay a Chile entró en una tormenta y se estrelló en medio de los Andes. Los restos de la aeronave se incrustaron en un valle cubierto de nieve. La mayoría de los sobrevivientes fueron universitarios y deportistas de familias acomodadas. Tras abrir los ojos después del impacto, lo primero que vieron algunos fueron los cadáveres de sus seres queridos. Otros creyeron que soñaban y se demoraron un rato en aceptar la realidad de la tragedia. Así nació La Sociedad de la Nieve, cuyos escasos miembros tuvieron que aguantar más de dos meses rodeados de picos y precipicios y se vieron obligados a consumir la carne de los que habían muerto en el accidente.

Esta terrible experiencia, que en su momento fue un infierno para los protagonistas, les dejó valiosas enseñanzas a muchos de ellos, algunos de los cuales ahora dedican su vida a compartir lo que aprendieron. Al recordar cómo se sintió cuando finalmente los fueron a rescatar, uno de los sobrevivientes dijo: “Estábamos dejando una especie de aprendizaje, una semilla de algo que nos quedó. Un nuevo mundo, una nueva comprensión de las cosas que no habíamos alcanzado a decantar todavía”. En 1993 salió la película Viven, una versión de lo sucedido un poco al estilo de Hollywood. Este escrito, sin embargo, está inspirado en un hermoso documental de 2008 llamado Náufragos. Vengo de un avión que cayó en las montañas (escrito de manera paralela al documental, ese mismo año salió un libro llamado La Sociedad de la Nieve).

Una alegría brutal

Cuando parece que vamos a perder algo, o nos salvamos de perderlo por poco, de repente recordamos lo mucho que lo queremos, lo mucho que nos llena de alegría su presencia. A veces somos como peces que solo pueden apreciar el agua cuando están fuera de ella. Algo parecido les sucedió a algunos de los sobrevivientes. José Luis Inciarte recuerda así la primera mañana después del accidente: “En la noche yo pensé que no iba a amanecer, que me moría de frío, y amanecer fue una alegría brutal […] la alegría de estar vivo puede por encima de cualquier sufrimiento”.

Estas palabras nos muestran que a veces, en medio de las distracciones y las preocupaciones de la vida cotidiana, nos olvidamos de lo básico, de lo que siempre está ahí. Nos olvidamos del milagro y de lo maravilloso de estar vivos, nos olvidamos de que en el fondo de cada momento, si se mira con cuidado, está disponible una fuente de gran alegría. Y a veces la vida tiene formas extremas de recordarnos eso que hemos olvidado a pesar de que está siempre presente. Pero no es necesaria una nueva tragedia para que nos volvamos a poner en contacto con esa fuente de alegría que está dentro de nosotros. Basta con mirar allí, en este momento, despacio, sin afán, con consciencia, con la mente despejada para que pueda volver a sorprenderse y a disfrutar con lo básico. Ahora, en este mismo instante, puedes parar de leer por un instante, cerrar los ojos y ponerte en contacto contigo mismo, con esa maravilla que es tu existencia.

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El arte del momento presente

De los cuarenta y cinco pasajeros que llevaba el avión, dieciséis murieron en el momento del accidente. Otros trece fallecieron en los dos meses siguientes. Cuando solo quedaban dieciséis sobrevivientes y ya habían perdido toda esperanza de ser rescatados, decidieron que la única oportunidad que tenían era mandar un pequeño grupo expedicionario a buscar la civilización. Por su fortaleza y determinación, fueron elegidos para esta tarea Fernando Parrado (“Nando”) y Roberto Canessa.

Era arriesgado. No sabían qué tanto tendrían que caminar ni con qué peligros se encontrarían. Habían perdido mucho peso y llevaban pocas provisiones. Si no encontraban ayuda pronto, morirían entre la nieve. Ciertamente tenían muchos motivos para preocuparse. Sin embargo, como si se tratara de un mecanismo instintivo de defensa, en los momentos más álgidos de la travesía las mentes de los expedicionarios se vaciaron y les permitieron estar en el presente. Refiriéndose a los primeros días de la expedición, Nando dice: “Yo creo que el miedo se va porque no tenés tiempo de tener miedo en ese momento. Tu mundo se circunscribe solamente a los diez, quince metros que están adelante. Yo miraba las piedras y me decía ‘¿por dónde puedo pasar? Por allí. Si llego a esa piedra, me puedo agarrar. Si me agarro de esa piedra, puedo cruzar al otro lado’. O sea: ese era mi mundo”.

Esta experiencia nos muestra que muchas veces la causa del miedo no son las circunstancias externas, sino la forma en que funciona nuestra mente. Todo puede ser adverso, pero si estamos en el momento presente, el miedo se va. El miedo solo aparece cuando nuestra mente crea escenarios posibles que no existen ahora. De nuevo, no es necesario que nos sometamos a situaciones extremas para tener esta experiencia. Podemos elegirla en cada momento. Puede requerir de práctica, pero podemos aprender a dejar ir los pensamientos sobre el futuro y el pasado, sobre cosas que no existen, y llevar toda la atención al ahora, el único momento en el que es posible lidiar con lo que pasa.

Lo que estos jóvenes vivieron hace más de treinta años les dejó profundas enseñanzas de vida, las cuales ellos aprendieron por nosotros, de manera que ahora podemos acceder a ellas sin tener que pasar por lo mismo. Por eso cuando veo el documental siento un gran agradecimiento por estos guerreros de la nieve, a quienes la vida les enseñó a la fuerza lo que ahora nosotros podemos aprender suavemente.

Imagen de introducción tomada bajo licencia creative commons de http://www.fotosimagenes.org/cordillera-de-los-andes

Imagen central tomada bajo licencia abierta de http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Cerro_Mercedario,_Cord.de_los_Andes,_provincia_de_San_Juan.jpg

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