Revista El Muro

Mauricio Moreno nos habla sobre la tendencia a inflingirnos daños a nosotros mismos, los placeres, el juicio, el amor propio, el desprecio y el merecimiento.

Por: Mauricio Moreno

Tal vez muchos de los lectores no lo sepan, pero entre todas mis curiosidades, también practico formas de sanación alternativas. Soy una especie de coach, pero no me gusta verme como tal, es que ya he visto tanto neurótico encorbatado jurándose salvador del prójimo… y bueno, tampoco sé qué es un gurú, pero me suena a salsa para ponerle al arroz o algo así. El caso es que de unas semanas para acá, estoy sorteando entre mis amigos y amigas del Facebook una sesión gratuita de lo que necesiten y yo pueda darles. La idea es dar a quien lo requiera un apoyo y guía, y la reciben independientemente de si tienen o no el dinero para pagarme. Pero he encontrado algo particular: muchas personas que tienen cómo pagarla, participan del juego, e incluso algunas han ganado. Pero lo que más me sorprende es que muchos que participan y no ganan, luego alardean de sus salidas nocturnas y los costosos tragos que se toman para nuevamente participar la siguiente semana mientras se quejan de lo difícil que es su vida. A veces veo que con dos de esas copas pagarían perfectamente mi tarifa, y no soy de los que regalo el trabajo.

No escribo en plan de juicio, por supuesto, es su vida y no la mía, ellos y ellas pueden elegir ahogarse en las penas en vez de salir de ellas. Pero eso me hace pensar: ¿por qué elegirlo? ¿por qué elegimos cosas que nos dañan y despreciamos las que nos podrían ayudar a estar bien? Y eso aplica a muchos niveles: elegimos políticos con reconocida carrera en la corrupción y despreciamos a los que trabajan por el cambio y la inclusión. Elegimos parejas que nos traten mal o sencillamente no sean apropiadas para hacernos felices. Elegimos comidas que nos intoxican y dañan al ambiente en vez de comer de manera natural. Todo por placeres momentáneos.

Recuerdo que en mis clases de filosofía antigua (o al menos en el pedacito que estuve despierto), a algo parecido lo llamaban incontinencia: sabes que hay algo que te daña, e igual lo haces. Sabes que el cigarrillo daña, pero fumas. Sabes que el trago daña al cuerpo, pero bebes. Y lo peor, sabes que el ejercicio te sana, pero no lo haces. Sabes que una terapia (de cualquier tipo) te ayuda a estar mejor, pero la evitas. Hoy en día llamamos incontinencia a algo distinto, pero  se puede ver de forma similar. Es como hacerte encima de tí mismo, con la diferencia de que el incontinente de hoy en día no puede evitarlo, mientras que el de antes lo hace a plena consciencia de que se hace daño… y eso es básicamente como hacerte encima y sabiendo muy bien lo que haces. ¿Por qué no da pereza salir a tomar trago y bailar, y sí da flojera ir a  sólo bailar sin licor o hacer ejercicio? No digo que un trago a veces esté mal, pero pocas personas se limitan a eso…

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Estas preguntas son menos obvias de lo que parecen, pero creo que la respuesta es muy sencilla. Elegimos estar mal porque creemos que no merecemos estar bien. El problema es de amor propio y no de elaboradas razones psicológicas.  La mente nos dice que es un placer rapidito y que no nos hace daño. Es tan descarada que nos dice que es “un gustico” y que “el que peca y reza empata”. Y sí, no está mal darnos un gustico dañoso de vez en cuando, pero sólo de manera ocasional: una cerveza alguna vez u otra no está mal, el problema es cuando esa cerveza se convierte en una adicción diaria, o cuando es el comienzo de varios litros de cerveza que claramente van a acabar mal. Pero detrás de todos estos daños al cuerpo hay un gran vacío, un juicio negativo hacia nosotros mismos que nos obliga a dañarnos.

Desde pequeños nos enseñan a subvalorarnos, a desconfiar, y sobre todo, a juzgarnos y pensar de manera negativa sobre nosotros mismos. Hay en nuestro inconsciente un desprecio por quienes somos, por lo que amamos y por lo que nos hace felices, pues la felicidad es para “bobos”, para “ciegos” o para “ególatras”. Se nos enseña a vivir en el miedo a la presión social y a rechazar todo lo que una norma basada en el miedo y la inseguridad construyen para que aprendamos a temer a esa persona que llevamos dentro, que tenemos atada de pies y manos y que implora por poder salir… sin entender que esa persona somos nosotros mismos, nuestra felicidad. Cuando elegimos  evitar algo que pueda darnos bienestar o hacer algo que nos perjudique, actuamos desde el miedo, buscando acabar con quienes somos porque va contra los prejuicios que nos inculcaron y nosotros decidimos creer.

Una vida antiséptica (o como la llaman los que saben del asunto, ascética) tampoco es sana, es el miedo irremediable al placer (una forma de decir “no merezco cosas buenas”). El placer es importantísimo, pero podemos elegir placeres más cercanos al amor por nuestro cuerpo, nuestro espíritu o nuestra mente, cosas que sin dañarnos nos llenan de adrenalina y alegría. El arte, la meditación, la sanación, el deporte… podemos llevar una vida sana sin negarnos a muchos placeres, y tal vez tomarnos un trago, comernos un buen pedazo de carne, salir con una persona neurótica o elegir cualquier otra forma de intoxicarnos alguna que otra vez esté bien, pero con la consciencia de que lo que hacemos es episódico, que lo hacemos por aceptar el placer banal de vez en cuando, darnos “el gustico”, pero amándonos, sin permitir que ese gustico nos ate.

 Y si en verdad nos amamos, no nos dan ganas de intoxicarnos. Y nos empiezan a dar ganas de cuidarnos y amarnos. De entender que la felicidad es para tí también.

Imagen reproducida bajo licencia creative commons desde http://newportnews.peninsulateaparty.org/2011_04_01_archive.html

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