Revista El Muro

 

Por: David González

@ekpirk21

Cuando era adolescente teníamos dos hermosas perras. La casa de mis padres queda en el campo, por lo que usualmente los animales tienen mucho espacio. Sin embargo, cuando estas perras entraban en celo, las cosas se complicaban. Las encerrábamos dentro de un pequeño cuarto para que los perros de los vecinos no las montaran. Poníamos papel periódico en el piso y allí hacían sus “necesidades”, casi en el mismo lugar donde comían. Solo había una pequeña ventana. Con todo, me encantaba pasar tiempo con ellas, incluso cuando estaban encerradas.

 

Una tarde entré a ese cuarto y en un descuido cerré la puerta. Maldije. No se podía abrir desde adentro. No había nadie en la casa, y mis padres aún se demorarían varias en llegar del trabajo. Jugué con mis compañeras de encierro por unos minutos, pero el olor era nauseabundo y la idea de pasar allí toda la tarde comenzó a molestarme. No podía identificar una emoción con claridad, pero sentía una opresión desagradable en el pecho. No entendía por qué experimentaba tanto malestar, pues no soy claustrofóbico. Las ganas de salir eran cada vez más intensas. Estaba llegando a un punto en el que todo lo que sentía me parecía insoportable. Entonces paré. Me quedé mirando la pared y comencé a repetir para mis adentros: “¿Qué es lo que me molesta de mí?”. Pronto fui consciente de que la razón de mi molestia, más allá del encierro, es que había ciertas situaciones en mi vida que no me gustaban y no quería pensar en ellas; no quería verlas de cerca. Pero de alguna forma sentía que no tenía opción, por lo que fui nombrando en voz alta cada una de las cosas que me perturbaban: mis miedos, mis inseguridades, aquellas cosas de mí que juzgaba como indeseables.

 

Al comienzo, nombrar las cosas que me molestaban incrementó el malestar. La sensación en el pecho se hizo más fuerte y me hice consciente de que estaba muerto de miedo, y de que debajo había ira y tristeza. Grité un par de veces. Finalmente me rendí. Decidí mirar de frente todo lo me que molestaba, todo lo que me daba miedo. Fui completamente honesto conmigo. Vi esas partes que nunca quería ver, esas partes que siempre escondía con la comida, con el cigarrillo, con la televisión. Pero en ese cuarto no tenía nada con qué escaparme, así que cumplí una cita que tenía conmigo mismo hace mucho tiempo.

 

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No sé en qué momento cambió todo; cuando me di cuenta estaba riendo. Una sensación de paz y dicha como nunca antes había experimentado se apoderó de mí. Por una parte, nada había cambiado: todas las cosas que no me gustaban de mí mismo seguían igual. Por otra parte, todo era diferente: era como si de repente ninguna de esas cosas tuviera la más mínima importancia. El olor seguía siendo fétido, pero ya no era un obstáculo para la felicidad. Me tiré en el suelo junto con mis dos perras y disfruté. Había una radio vieja. La encendí y gocé de la música. No importaba qué emisora escogiera, ya fueran rancheras o música clásica, todo era increíblemente hermoso.

 

Después de un rato de gozo me levanté instintivamente y caminé hacia la puerta. Estaba abierta. Había estado abierta todo el tiempo. Como yo estaba acostumbrado a que no se podía abrir desde adentro, no lo había intentado antes. Qué regalo me había dado el destino.

 

Esa experiencia se disolvió rápidamente ese día. Olvidé lo que había pasado y volví a mi rutina de adolescente. Pero ahora, quince años después, lo que aprendí esa tarde refulge nuevamente. Lo más valioso es la conciencia de que puedo elegir. Mis prácticas de meditación con el sistema Isha me han llevado a esa misma comprensión, pero el recuerdo de ese día aún me sirve de guía. Es el recuerdo de que el desastre interno que a veces tanto temo es una ilusión, es el recuerdo de que la paz no tiene nada que ver con cambiar mi situación externa.

 

Ahora creo que la mejor fórmula para acabar con la ansiedad es mirar adentro, completamente, a fondo. Muchas veces parece como si lo que estuviera en el interior fuera demasiado grande. Pero cuando voy allí completamente, cuando miro de frente, cuando siento todo, sin tratar de cambiarlo, o más bien, con plena conciencia de que no puedo cambiarlo, aparece ese espacio de paz. Es una paz que está en la profundidad. En la superficie las cosas pueden seguir igual, incluso pueden empeorar, pero en la lo profundo siempre está ese silencio, esperando allí a que me rinda. Gracias a Jackie y Luna, mis queridas compañeras. Las quise mucho, y quizás por eso ellas me dieron ese regalo, esa hermosa tarde de perras.

 

Ilustración: Alejandro Henao (@MrVenao)

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