Revista El Muro

Por: Sorelestat Serna

 

 

“Odio a la mitad del mundo, a la otra mitad le tengo rabia”

 

¿Por qué escribo? Para no convertirme en un asesino.

Sabía que así debería en empezar este texto con el cual doy inicio a este diario de ira, para ser el primero no está cargado de toda esa rabia que siento contra todo. Tal vez solo por un segundo quería detenerme a pensar en lo que me llevo a meterme en la loca empresa de ser un cuenta-historias.

Sueños de fama, fortuna y mujeres. Puede que sea cierto, por muy romántica que sea la idea de escribir, se tiene la esperanza de que lo que haces tenga alguna retribución económica. Pensando en las palabras de Chandler en las cuales dice que el ama escribir, pero que no le enoja el hecho de ganar algunos dólares con ello. Pienso que debe ser así, las personas se matan estudiando una profesión o un arte, para vivir (supuestamente) haciendo lo que les gusta hacer. Charles Bukowski en su último diario dice que él vivía conforme con su fama porque esta le daba para tener una casa, comer, tomar Whisky y apostar a los caballos. También dice que esa idea de que un escritor debe aguantar hambre y dormir en la calle, es solo un sueño de escritores jóvenes. Entonces para que negar, todo escritor novato con una maleta cargado de errores de estilo y las ganas de escuchar su nombre haciéndole compañía a la palabra escritor, anhela vivir de a literatura. Sueño con que el oficio de cuenta-historias me dé para vivir tranquilamente, para seguir haciendo lo que más me gusta leer, escribir y ver anime. No voy a mentir que he utilizado la palabra escritor para descrestar alguna chica. El problema es que algunas veces funciona y otras no.

Tal vez sea esa necesidad que siento de plasmar todo lo que hay en mi cabeza, que vive saturada de sueños, derrotas, locuras, deseos anhelos, esperanzas. Es una necesidad de retribuir a la literatura todo lo que de ella he tomado, antes de ser un cuenta-historias, soy un lector desesperado. El primer texto que escribí —Era una vil copia de mi libro de fantasía preferido, Las Crónicas de la Dragonlance, de Margaret Weis y Tracy Hackman—, lo hice para tener algún recuerdo de mis compañeros de colegio, uno a uno fueron atrapados por las palabras y detenidos en el papel. Esa sea mi excusa para hacerlo, como una esponja absorbo todo lo que veo y escucho, y se va almacenando en mi cabeza, hasta convertirse en una historia, en la cual me sumerjo muchas veces para escapar de mi propia realidad y vivir la de mis personajes. Cuando pongo punto final descubro que en el papel he dejado mis miedos, mis tristezas, mis angustias, mis frustraciones, hasta ese deseo agónico de vivir. Como dije al principio para no convertirme en un asesino, “El doc” dijo que mi prontuario de asesinatos era extenso, tal vez sea cierto, muchos han muerto bajo el poder de mis palabras, hasta un pobre hombre debió entregar su vida, para que yo pudiera describir el interior de una cocina.

Dejando a un lado los sueños de fama, la necesidad de contar historias existe un motivo real y único por la cual me hice escritor y es por mis dos ángeles, que son el motor que tengo para seguir adelante. Como muchos escritores han dicho que escriben para dejar su huella en la humanidad, para ser recordados en el largo pasar del tiempo. Yo lo hago para dejar algo para ellas, no sé si será como la herencia de Bolaños para sus hijos cuando escribió 2666, es una forma de acercarme a ellas, de que las palabras me unan a esos dos pedacitos de mí, que mis acciones y mis decisiones en la vida me han llevado a estar alejado de ellas. Por esas dos almas lo hago, por ellas me levanto día tras días a devorar a King, a Llosa, a Joyce, a Tolstoi, a Tolkien, a Stoker, hasta la tonta y rica Stephenie Meyer. Para después pasar horas y horas frente al papel, convirtiéndome en detective, en vampiro, en ángel, hasta en un asesino en pos de esa historia que aún no escrito. A pesar de tener dos premios sobre mí espalda y algunos cuentos publicados, los reconocimientos más importantes los he recibido de ellas, su orgullo al ver mis escritos hechos papel. Hasta la felicidad que despedían los ojos de mi padre al ver mi pequeño libro rojo entre sus manos.

 Por un instante y solo por instante puedo decir que no me equivocado al escoger este camino, aunque largo, duro y tortuoso, me hace sentir bien. Por eso creo que puedo decir soy escritor, aunque la palabra todavía me quede grande. Me pregunto  cuanto tuvo que esperar Stephen King (Mi ídolo, en toda la extensión de la palabra) para sentirse cómodo con el hecho de ser un cuenta-historias.

 

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