Revista El Muro

 

Por: David González

@Ekpirk21

Había una vez un reino que estaba en guerra. La confrontación llevaba tantos años que ya muchos no sabían por qué había comenzado. La mayoría de los recursos habían sido invertidos para sostener al ejército, y muchas de las ciudades y los campos del reino no eran más que un montón de ruinas. Desesperado, el monarca mandó llamar a un viejo con fama de sabio que vivía en una montaña cercana a su castillo. Cuando el viejo hubo llegado, el rey se apresuró a preguntarle:

—¿Cómo puedo acabar con esta guerra? Si me lo dices, te daré lo que quieras.

—Eso depende… ¿cuándo quieres que acabe? —respondió el viejo sabio.

—Ya —dijo el soberano sin vacilar.

—Entonces la respuesta es simple —contestó el sabio mientras posaba su penetrante mirada sobre el rey—: ríndete.

Seguramente no era la respuesta que el monarca esperaba, pero no por eso era menos acertada. La manera más fácil de terminar una guerra es rendirse. Por supuesto, de las primeras cosas que se le habrán venido a la cabeza al rey es que esa solución es absurda, pues muy probablemente él suponía que la única manera aceptable de terminar una guerra es ganándola, esto es, venciendo al enemigo, derrotándolo, pasando por encima de él. Pero, ¿es eso cierto?, ¿es siempre vencer la única opción válida para terminar una guerra?

Hay casos en los que la alternativa de perder es inadmisible. Por ejemplo, si el rey sabe que, en caso de que se rinda, sus enemigos no dudarán en asesinar a toda la población de su reino. Pero este es un caso extremo, pues la mayoría de las veces las consecuencias de rendirse son mucho mejores que las consecuencias de continuar la guerra. El problema es que el ego casi nunca soporta la idea de perder, pues esto equivaldría a empequeñecerse a sí mismo, y esto es algo que resulta intolerable para este, sobre todo si se trata de un ego grande. ¿No es esta una paradoja, que entre más grande es un ego, más tiene miedo de ser pequeño?

¿Cuántas veces no nos ha pasado que comenzamos una pelea por aferrarnos a una posición que, en últimas, no es tan importante? Preferimos batallar y sufrir antes que perder, antes que dejar que el otro tenga la razón, antes que permitir que nuestro contrincante se sienta superior a nosotros. A veces incluso estamos dispuestos a arruinar nuestras relaciones más preciadas con tal de que nuestro ego crezca o al menos permanezca intacto.

Es claro que muchas veces las confrontaciones que tenemos con las demás personas son absurdas y nada se perdería realmente si nos rendimos. Hay casos, sin embargo, en los que la situación es aún más descabellada: cuando nuestro enemigo es la vida misma. Esto es lo que sucede cuando nos resistimos a aceptar la manera como son las cosas, incluso si no es posible cambiarlas. Es por esto que muchos maestros espirituales predican el arte de la rendición: el acto de dejar de oponer resistencia y permitir que el curso de la vida fluya exactamente como es.

Es importante aclarar la diferencia entre resignación y rendición. La primera es amarga; se da cuando alguien deja de pelear externamente, pero en su interior continua batallando. La segunda se da en dicha: tanto adentro como afuera hay paz. Un ejemplo puede servir.

Las congestiones de tránsito son un elemento común de la vida en las grandes ciudades. Muchas veces no podremos evitarlos, pero podemos elegir si nos rendirnos a ellos o si peleamos contra lo que nos está sucediendo. Muchos conductores descargan su frustración mediante las bocinas de sus carros, pitando todo el tiempo aunque en el fondo sepan que no sirve de nada. Es una forma de demostrar su inconformidad con lo que está sucediendo, en una manera sutil de declararle la guerra a la vida. Rendirse a ese tipo de eventos en los que sabemos que no podemos cambiar la situación es una práctica grandiosa.

No se trata, sin embargo, de negar lo que estamos sintiendo y pretender que estamos felices cuando en realidad la furia crece en nuestro interior. Mediante la práctica llegará un momento en el que con facilidad podamos encontrar dicha en muchas situaciones en las que ahora eso parece inconcebible. Al comienzo, no obstante, lo importante es tener la intención de rendirse y sentir las emociones a profundidad. ¿Hay tristeza? La dejamos estar, lloramos. ¿Hay rabia? La sentimos, nos entregamos a ella, no la vaciamos de forma violenta sobre el conductor de al lado, sino que tomamos conciencia y, si es posible, la movemos de manera sana. Gritar en una almohada o un pedazo de ropa es un método que puede resultar de gran utilidad en esos momentos.

Hay muchas situaciones extremas en las que no nos es posible rendirnos, al menos no en este momento. Pero tener la intención de comenzar, así sea con las pequeñas cosas, es un gran avance hacia la paz. Y no se trata solo de nuestra paz, sino de la paz de todo el planeta; pues atacar o rendirse es una cuestión de hábito, y son los hábitos de cada uno de nosotros los que, sumados, construyen la realidad colectiva. La paz será el fruto de nuestros corazones cuando sembremos en ellos la semilla de la rendición y la nutramos mediante la práctica y la observación interior.

Ilustraciones: Alejandro Henao ( @mrvenao )

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