Revista El Muro

 

Por: Alejo Serna

 

 

Todo estaba planeado.

Había rentado una Chrysler 300C, vendría directamente desde la capital para recogerla y llevarla al mejor restaurante de la ciudad que dos meses antes había reservado completamente para la ocasión. La recibiría una muestra de música a base de violín, luego algo de ópera, poco habitual en un restaurante; sin embargo, eran sus gustos y era su noche.

 

Pasados quince minutos de conversación y risas comenzarían a llegar algunos amigos y familiares, todos estaban invitados, todos sabían del plan. Son muchas personas en común las que se juntan en una relación de seis años, por eso todo el restaurante estaba reservado para nosotros.

 

Sería un cumpleaños maravilloso para ella y para mí una excitante manera de pedirle matrimonio. Al principio parecería coincidencia que nuestros amigos llegaran al mismo sitio, más siendo tan costoso; luego, cuando las mesas estuvieran copadas, ya no habría nada que ocultar. Estallaría el festejo y la celebración se extendería hasta la medianoche, cuando llegaría el grupo de mariachis. Ahí, en medio de la cuarta canción, todo quedaría congelado. Los invitados, los músicos, los meseros, incluso en la calle, los vehículos y transeúntes, todo se quedaría quieto. Me atrevería a decir que buscamos más extras y tuvimos una producción más elaborada que muchas de las películas de Hollywood.

 

Para ella era el momento de sorprenderse, para nosotros, el de actuar. 

 

El anillo aparecería rápidamente en mi mano gracias a un acto de magia que un amigo me enseñó. Ese anillo había sido fabricado en Perú, con un lindo diamante en oro blanco, preciso para ella. La típica frase: “¿Quieres casarte conmigo?”, la había cambiado por: “¿Quieres pasar el resto de tu vida junto a mí?”. Luego de ese momento de tensión y adrenalina vendría la respuesta, una respuesta que cambiaría nuestras vidas para bien o para mal.

 

Dudo mucho que se hubiera negado. No obstante, ese plan nunca funcionó.

 

El plan tenía unos toques diferentes.

 

matrimonio

 

Desde la semana anterior había guardado el carro en el garaje de un amigo, a ella le dije que estaba en reparación y que, como los arreglos en el motor son muy costosos, había gastado una inmensa suma de dinero para poner el auto en óptimas condiciones. Le dije que estaba muy endeudado, por eso durante toda la semana no salimos, no hicimos los planes acostumbrados como ir a comer, cine, conciertos, comprar, viajar… Me abstuve, le dije que estaba mal de dinero, ella aceptó y tampoco invitó a nada, y eso que su ingreso salarial era mayor que el mío. Toda la semana fue complicada porque no nos vimos, pero era una prueba que debíamos superar si queríamos pasar el resto de nuestras vidas juntos.

 

El día de su cumpleaños la llamé muy temprano en la mañana, obviamente le di mis felicitaciones y le pregunté si quería ir a caminar, pasar un rato agradable sin dinero, algo así. A ella no le gustó mucho la idea, dijo que ya tenía plan para irse a una finca con nuestros amigos, los mismos amigos que me ayudaron a crear el plan de esa noche. Ella se fue con ellos y yo me quedé ultimando los detalles para la noche; aunque en el fondo sabía que las cosas no serían del todo fantásticas, debía dar lo mejor de mí, al fin y al cabo era mi vida y debía disfrutarla.

 

Mantuve comunicación telefónica con algunos de mis amigos que estaban allí, con ella, haciéndole pasar un cumpleaños agradable, con buena comida, licor, ambiente mágico, piscina, música alegre, cosas que tal vez sin dinero no podríamos tener.

 

Esperé hasta la hora indicada y volví a llamar, le pregunté qué haría en la noche, a eso de las siete, hora en que la limosina estaría en la puerta de su casa. Su respuesta fue simple: “Estaré un poco cansada después de llegar de la finca, además sin dinero es poco lo que podemos hacer”. En parte tenía razón, pero ni siquiera me dejó abierta la posibilidad de darle una opción, no me preguntó qué podíamos hacer, e indudablemente yo no podía casarme con una mujer así. Está bien que haga falta dinero, que haga falta tiempo, pueden faltar muchas cosas en una casa y en una relación, sin embargo, nunca puede faltar el diálogo, eso que los expertos en relaciones interpersonales llaman “proactividad”, la capacidad de buscar alternativas, el don que nos permite descubrir los problemas, analizar las diferencias y encontrar nuevos caminos.

 

Pero el plan debía continuar.

 

Una de nuestras mejores amigas fue en la Chrysler 300C, esperó a que se vistiera para la ocasión y fueron al restaurante. Pasaron quince minutos de conversación y risas, con música sinfónica y ópera de fondo. Comenzaron a llegar nuestros amigos y familiares, la comida estuvo espectacular, el grupo de mariachis hizo una presentación impecable. La celebración era un hecho, todo de acuerdo al plan. De acuerdo al Plan B—porque el Plan A debía terminar con el “Sí” luego de pedirle matrimonio—, solo me alejaría de ella, me permitiría descubrir que llevaba una relación conformista, con una mujer que no me aportaba, y difícilmente podría construir un futuro feliz con ella.

 

Mientras todos celebraban su cumpleaños yo fui a caminar, fue necesario pensar y hacer el duelo, cerrar la puerta a una relación de seis años, una pausa para tomar nueva fuerza y mirar otros horizontes, relacionarme con personas diferentes y conocerme, conocerme más, conocerme en los momentos de crisis, conocerme en los momentos de éxito, conocerme para aprender a construir y a destruir planes.

 

El plan terminó, mis amigos le explicaron que yo había planeado y costeado todo, con el dinero que tal vez no tenía, pero con las ganas que me sobraron. Ella quiso buscarme y hablar, no obstante, yo estaba lejos, caminando, y para eso no se necesita dinero.

 

Muchas veces, despistados, nos aferramos a una relación que no va bien. Es fácil reconocerla: haga de cuenta que está arruinado, y si su pareja lo empuja a ser mejor, siga… Por lo contrario, le da la espalda, ya sabe cuál es su nuevo camino. 

 

Ilustraciones: Alejandro Henao

Twitter: @mrvenao

 

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