Revista El Muro

Hablamos con Catalina Villamizar, co-fundadora del colectivo Sembrando Barrio, quienes se dedican a la agricultura urbana, pero más que a eso, a construir comunidad por medio del arte de la siembra

Por: Mauricio Moreno

@mauromoreno83

La Permacultura es una tendencia nacida en la segunda mitad del siglo XX. El nombre es una contracción de Permanent culture, o cultura permanente, y  habla sobre la relación que debemos tener con los ecosistemas y cómo debemos trabajar con y no contra la tierra. Parte de este movimiento busca la sostenibilidad agrícola en simbiosis y no contraposición con las ciudades, lo que se conoce como “Agricultura Urbana”, que básicamente es cultivar alimentos en pequeñas huertas públicas o privadas dentro de la ciudad, que idealmente se cultiva de manera orgánica y con semillas nativas, no transgénicas. Esto, por supuesto, dentro de ideas más amplias sobre nuestra relación con la naturaleza y cómo afecta la economía y la tecnología al ecosistema y a nuestra salud humana.

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Huerta en Nicolás de Federman. Imagen: Catalina Villamizar

 

En Bogotá hay varios grupos de agricultura urbana. Un grupo de artistas llamó a Catalina Villamizar, artista también y que vivía en el campo,  para que se plantearan cómo ayudar a construir un tejido social más estable en la ciudad ante la falta de comunidad. Así nació Sembrando Barrio, una iniciativa que desde 2012 está sembrando en los espacios públicos. En aquella primera ocasión llevaron al parque de la calle 34 con 17 un 17 de mayo. Hubo música, gratiferias, trueque y siembra. Ese grupo derivó en varios otros, y hoy Sembrando Barrio es co-dirigido por Catalina Villamizar y Daianna Mutis, encargada de los aspectos empresariales y legales de la organización. La organización se dedica a promover la agricultura comunal urbana, esperando que los proyectos sean autosostenidos y no dependan de la organización para crecer.

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Huerta en Yoga Studio. Imagen: Catalina Villamizar

La idea de la huerta va mucho más allá de las plantas. En el fondo, lo que hace Sembrando Barrio es hacer que la gente asuma su responsabilidad en la construcción de tejido social y redes comunitarias, además de la protección del medio ambiente, o más sencillo: que los vecinos  se conozcan y hagan amigos alrededor de las plantitas. Por eso no le han apostado a la comercialización, sino que los han repartido entre  los vecinos que trabajan en la huerta. Pero la idea es llegar a la auto, que los vecinos puedan vender y alimentarse de sus huertas y… ¿por qué no? Comercializar…

Así mismo, procuran usar semilla orgánica, pues los transgénicos afectan la salud humana y de la tierra de forma muy negativa. Catalina cita comunidades en Argentina y Estados Unidos que han ganado casos contra los transgénicos por causar cáncer. Así mismo, los pesticidas requeridos y los procesos productivos son mucho más sucios, contaminando el ambiente.  Los transgénicos dañan las economías locales, pues la semilla nativa de un pequeño productor no puede competir en costos de producción con el costo que tiene un transgénico para una compañía grande. Además, destruye la diversidad: hay una semilla de maíz transgénico y más de cinco mil nativos, pero entre empresas y gobiernos quieren imponer esa única semilla. Así, por razones éticas, Sembrando Barrio no apoya ni puede apoyar las semillas genéticamente modificadas.

Aunque la recepción de la propuesta es buena, hay situaciones donde ha sido complicada porque aún hay muchas nociones erróneas sobre este tipo de trabajo. Por ejemplo, en el Barrio Nicolás de Federmán, en Bogotá hubo situaciones complicadas con la comunidad. En marzo de 2014 recuperaron la huerta de un vigilante en asociación con dos colegios tras la acción de la comunidad que la destruyó. Las plantas crecieron tanto que los vecinos, en su obsesión con la limpieza (que cree que una hoja caída es basura o que el supuesto desorden de la naturaleza está mal) decidieron podar las plantas en Diciembre. Al no involucrar a los vecinos mayores, hubo que cerrar la huerta. Así mismo, una gran dificultad para Sembrando Barrio es que las Leyes de la República impiden sembrar en espacio público, aunque la actual administración se ha mostrado favorable a estas prácticas, que por demás ayudan a mejorar la economía de los más desfavorecidos, como se demostró en caso como el de Brasil, Uruguay, México o Cuba. Pero de todas maneras es difícil conseguir los permisos para sembrar.

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La huerta de Nicolás de Federman, con el activo apoyo de la comunidad.

Pero ese trabajo les ha permitido llegar incluso a las universidades para trabajar en cátedras dentro de esas instituciones, logrando llamar la atención sobre la importancia del Agro y la ruralidad para sus estudiantes. Así, la Universidad del Rosario hará en octubre el Primer foro de Agricultura Urbana y Semilla Nativa, y la  Universidad Minuto de Dios ya tiene asignaturas de soberanía y seguridad alimentaria. Aunque a nivel político y legal las cosas avancen lentamente, la agricultura urbana se impone lentamente en Bogotá y cada día son más y más las personas que tienen huertos en casa, y sobre todo, que aceptan y respetan este tipo de trabajo.

Y más allá de eso, para Catalina ha sido también un viaje espiritual que le ha ayudado a, primero, desapegarse, pues no siempre las siembras se convierten en cosechas. Por otro lado, a encontrarse y conectarse con la tierra. Su ser, así como el de quienes inician huertas, se reverdeció gracias a que escuchó los secretos de su corazón. No ha dudado, sigue su espíritu y por eso ahora se dedica a la agricultura y el trabajo con la comunidad. Las dificultades son las mismas que tiene cualquiera en su vida diaria, la diferencia es la felicidad en su corazón.

Pueden encontrarlos en:

Facebook: Sembrando Barrio

Blog: https://sembrandobarrio.wordpress.com

Imágenes: Catalina Villamizar. Reproducidas bajo autorización.

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