Revista El Muro

 

Por: David González

Twitter: @ekpirk21

Todos nos sentimos bien cuando nos dicen que somos especiales, diferentes de los demás, únicos. ¡En verdad le damos un valor increíble a eso de ser especiales! Es más, creemos que nuestro valor depende de qué tan especiales seamos. Si nada nos diferencia, si solo somos una persona más, sentimos que no somos nadie… y necesitamos desesperadamente ser alguien…

Si crees que esto no es verdad, imagina que tu pareja —si la tienes— te dice: “Amor, eres la más común de las personas, igual que todo el mundo, no tienes nada de particular”. Suena terrible, ¿no? Es como si nos estuviera diciendo que no merecemos su amor, pues ¿por qué nos iba a querer si no tenemos algo especial qué ofrecer?

Es por esto que buscamos diferenciarnos de los demás, como sea. Cualquier cosa sirve, lo importante es convencernos de que tenemos algo especial, algo que es solo nuestro y no compartimos con aquellos que nos rodean. Tal vez somos más bonitos, más rápidos, más inteligentes, más exitosos, más adinerados, más espirituales, más sensibles, más lo que sea.

Algunas personas lo hacen a través de la música. A mí, por ejemplo, me encantaba escuchar cosas “raras”, que los demás no, y me molestaba cuando todo el mundo empezaba a escuchar la misma música que yo. Me parecía terrible que lo que era solo mío se volviera “popular”. Entonces iba en busca de algo nuevo, que me pudiera diferenciar otra vez. Es solo un ejemplo, pero podemos usar cualquier cosa, podemos decir: “mira, yo veo el mundo de una manera que tú no entiendes” o “yo pertenezco a ese club, donde tú no podrías entrar”.

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“no hay nada tan agradable como disfrutar de ser comunes y corrientes”

Foto: Archivo

Cuando vivimos de esa manera, no podemos evitar compararnos con los demás, pues tenemos que asegurarnos de que somos especiales. Si alguien nos excede en aquello que creemos que nos diferencia, nos sentimos amenazados, nos sentimos menos. Entonces tal vez busquemos diferenciarnos cortando por lo bajo: “tú no sabes lo que yo he sufrido” o “nadie es tan de malas como yo, tan miserable” o “nadie me entiende, soy demasiado complejo, por eso estoy solo”. En esos momentos, pareciera como si fuera preferible ser el peor que simplemente ser uno más del montón. Finalmente, lo que importa es ser especiales, pues así sentimos que somos alguien, que tenemos una identidad. Porque ¿qué es la identidad sino aquello que nos diferencia de los demás?

Pues bueno, no hay nada tan agradable como disfrutar de ser comunes y corrientes. Tal vez te parezca que eso no tiene sentido, que es un despropósito. Pero realmente es un alivio. Se va la necesidad de destacarse, la necesidad de demostrarse a uno mismo y a los demás que uno vale. Porque entonces es suficiente con ser, sin importar si los demás son iguales o diferentes de nosotros. Y no se trata de no hacer las cosas lo mejor que podamos. Se trata de hacerlas por nosotros, sin importar cómo se vean al compararlas con las cosas que está haciendo la persona de al lado.

Solo por probar, busca a aquello que crees que te diferencia y te hace único. Y luego olvídate de eso. Convéncete, por un momento, de que ese rasgo es irrelevante, de que en realidad eres solo uno más. Después, trata de sentirte bien así, sin nada más, sin nada que te diferencie. Si lo logras, experimentarás un bienestar acompañado de paz, un bienestar que, además, es muy fácil de compartir, pues no te importa que todos lo tengan; de hecho, se hace más grande cuando los demás lo encuentran y refuerzan así su igualdad contigo.

Lo irónico de esto es que, en efecto, somos únicos, especiales, exactamente igual que todos los demás. Pero se trata de algo superficial, como las olas en el océano. La forma siempre va a ser diferente: nunca vas a encontrar dos olas iguales. Pero es una diferencia insignificante, en el fondo todas son lo mismo. Igual pasa con nosotros. En nuestro fondo siempre habrá lo mismo: la misma paz, el mismo silencio, el mismo amor.

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