Revista El Muro

En esta, la primera de cuatro entregas que componen la última nota de opinión de esta publicación en un buen tiempo, Mauricio Moreno reflexiona sobre la industria cultural, el arte por el arte y la responsabilidad del creador en la venta y distribución de su producto.

Por: Mauricio Moreno

@mauromoreno83

Si soy sincero, esta es la cuarta o quinta vez que empiezo a escribir esta nota. He hablado con grandes, medianos y pequeños de la industria, me han insultado, hemos debatido, he cambiado de opinión, me he contradicho y  he convencido. Hace más de un año que empecé a escribir esto, y creo que por fin estoy listo para entregarlo. Básicamente, es una reflexión sobre las cosas que he aprendido durante 6 años en el mundo del arte ocupando muchas posiciones, dentro y fuera del escenario, tras bambalinas, en los escritorios y sosteniendo micrófonos, experiencias y vivencias que me dan, si no autoridad, al menos coherencia para opinar.

 Dije con sarcasmo en la primera versión que quien estas líneas lea debía ir por una leche porque va a ser largo… y sí, vaya por una leche, que está muy largo… y póngase las gafas, que no hay ni una fotico para descansar la vista. Advierto que el mundo que mejor conocí es el de la música, pero habrá cosas que le sirvan a otras formas de arte. Ojalá les caiga el guante y se lo chanten, mi intención es servir, no crear controversia ni hacer daño sino contribuir a la reflexión y ojalá a la industria. Lo cierto es que cuando superé los 1600 caracteres estando aún en la primera sección, decidí dividirlo en tentativamente 4 entregas diferentes que se dividirán en:

  1. el arte como empresa
  2. el equipo de trabajo
  3. medios, escenarios y festivales
  4. Conclusiones.

En cada una de estas secciones hablaré sobre las cosas que he visto, honestas y deshonestas, acertadas y erróneas, que hace la gente. La idea es llegar particularmente a las agrupaciones más jóvenes para prevenirlas, y a las intermedias para guiarlas. Entre todos tienen que superar esa idea de “escena musical”, para convertirla en industria y que sea, en efecto, el sector productivo que el gobierno cree que es. Y a todas estas, soy de los que cree que al amigo se le reprende en privado y se le alaba en público, así que  los aciertos van con nombre propio, pero los santos que  cometen los pecados se los dejo de tarea.

Ahora que esta revista se acaba, o mejor, entra en una hibernación de término indefinido, quiero contar por qué  decidí escribir esto y en cierta medida acabar con buena parte de lo que se logró en esta página, conocida por pocos, pero sólo por los indicados. Hace un tiempo, un “gestor cultural” me insultó por tener contenidos pagos. “ea, que debéis ayudar al que está empezando, que sois un gandalla completo, que abusáis del oprimido por hacerle creer que esto es un negocio”, me dijo, pero debatiendo en muisca sobre la profesión de mi santa madre. Y bueno, en tanto él no me paga el hosting (más caro que el promedio porque es ecoamigable) o la papa del almuerzo, poco me importaron los casi 30 minutos que duró insultándome por twitter.

Pero, ¿Qué se puede esperar de una escena donde se critica a una banda por ser un producto? ¿Una escena qué se indigna porque haya espacios, medios o festivales que cobren inscripción? ¿de un mercado donde los gestores culturales le dicen al músico que chambonee?¿De una escena musical que quiere que le paguen por todo, pero se indigna si alguien ofrece un servicio pago? ¿Dónde un estado de Facebook cuenta como reseña y una galería de fotos en Instagram como cubrimiento? Pues sencillamente, se espera que sea lo que tenemos: una escena… pero de telenovela de bajo presupuesto para poner en los horarios muertos de la televisión, no una escena ni mucho menos un mercado o industria cultural.

Pero bueno, no escribo esto para generar controversias. Cuando empecé, por estos días hará 6 años, no tenía idea de todo lo que pasaba culturalmente en Colombia. Un mundo maravilloso que vine a conocer gracias a managers, músicos, actores, actrices, directores, pintores, escritores, fotógrafos, bailarines…  Así que antes de casi irme quiero compartir con ustedes esos aprendizajes y cosas que vi durante este tiempo y que espero que sirvan para el crecimiento de sus proyectos artísticos. Mejor dicho, explicarles por qué hay que pagar por tocar. Porque si, es fácil echarle la culpa a todo y a todos, decir que el público, que la escena, que la payola… pero es importante entender nuestra cuota de responsabilidad en el fracaso o éxito de nuestros propios proyectos. Sin decir que todo es bueno, no estoy cuestionando la calidad de los productos: se presupone que usted se esfuerza por hacer las cosas bien y que le queden bonitas.

El pecaminoso deber de ser un producto

Alguna vez, una página que no sé si es porno o pretende ser cultura camuflada en porno o qué es lo que hacen objetivando el cuerpo femenino sin siquiera pagarles, dijo que Diamante Eléctrico se había vendido y era un producto. Acto seguido, una banda de esas chocoguay reloquitas compartió el artículo de opinión –entere otras tan mal hecho que recuerda por qué Sócrates le peleaba a los sofistas y se meaba en la doxa- y dijo “nosotros no somos producto”. Por supuesto, dejé de seguir a la banda, porque sencillamente perdí todo interés en agrupaciones que no se quieren ver como producto, que no quieren vender discos y entradas, que no quieren hacer crecer la escena. Se vale tener una banda por parche, por supuesto, ser un guerrerito de fin de semana y mamar gallo rascando la guitarrita, jugar al rockstar, fumarse hasta el tapete y conseguir a quién tirarse cada viernes, pero a esas bandas les pido que dejen los escenarios a las bandas que sí quieren progresar, crecer, manejarse y vivir de la música. Hay mucha fiesta en la casa de la tia en la que pueden tocar, estas líneas las escribo para quienes la música es un negocio serio, algo de lo cual se puede intentar vivir.

Una banda es y tiene un producto. Ser un producto quiere decir que en el mercado musical nos exponemos de cierta manera, con cierta imagen, con ciertas propiedades y cierta calidad. Pero cuando uno le dice a las bandas que deben ser un producto y buscar cómo vender, por lo general creen que uno les está diciendo que hagan el ritmo de moda, llámese trap, reggaetón o lo que sea. Les cuento que Louis Vuitton no hace talegos y no es precisamente un señor que deba decirle al de la tienda que si le fia la gaseosa hasta el viernes que le entra una platica. La cuestión no está en venderse para vender, sino saber venderse como producto.

Una banda -por supuesto bajo ciertos estándares de calidad, eso es diferente- no tiene que hacer música mainstream para triunfar. Megadeth o Iron Maiden son ejemplos tomados al azar de música que no es Kinito Mendez, pero vende bastante bien. No al nivel de Justin Bieber o Britney Spears, pero no creo que anden juntando monedas para la de chinchin después de los toques. La cuestión es entender el público al que ese producto se dirige. Si usted hace Death metal, no espere que lo contraten para tocar en ancianatos. Claro que su producto, algo de nicho, no va a vender lo que el mainstream, pero no por eso está condenado al fracaso. La magia es encontrar su público y llegarle para ir creciendo como banda. Y entiéndase esto, porque es clave. Vender no significa hacer lo que sea moda, sino entender cómo llegarle a un púbico, sea o no de masas, porque los reguetoneros también fracasan y se la sudan para salir adelante.

En ese sentido, concebir la música como un producto puede resultar muy beneficioso: se invierte en calidad, en la búsqueda de un público, en la promoción del mismo, en el mejoramiento de los canales, se planifica… se deja de hacer arte por pasarlo bien para empezar a concebirlo como un trabajo de verdad, del que puede haber ganancias. Ver su trabajo como eso, un trabajo, y dejar ese discurso del “arte por el arte” que implica, entre otras cosas, que el trabajo del artista no debe venderse, que no necesita remunerarse. Ver su trabajo como un producto artístico implica hacer el mejor trabajo esperando una recompensa. O como me dijo la actriz Paula Beltrán en una conversación personal, es aceptar todas las cosas implicadas, todas las responsabilidades que conlleva ser un artista.

Hay gente que dice que no es cierto, que no hay que tener estándares de calidad, que el artista no necesita hacer bien las cosas. Que tiene derecho a hacer discos malos. Extrapolemos esa afirmación a toda forma de arte: el actor tiene derecho a hacer obras malas, el escritor, libros malos. La afirmación no es tan naif (léase: pendeja) como la hago ver, lo que esos gestores dicen es que es el derecho a hacer “el arte por el arte”. El argumento dice que el arte, para ser arte, debe ignorar lo que diga el mercado y permitirse crear libremente. Es la vieja idea de que el artista debe ser un chirrete que no piensa en dinero. Y aunque convengo en que no hay que pensar en dinero para crear, lo creado puede venderse.

Esa idea se cae sola. Y con el perdón de los doctísimos que  creen eso, Stephen King se levanta por la mañana, se hace un buen desayuno, se baña, se perfuma, escribe 4 horas y no hace más ná. Y sus fans lo aman profundamente por todo lo que hace. El arte puede venderse y son cientos los ejemplos que se pueden poner de cosas con gran técnica, originalidad y espíritu que se venden caras. La cuestión, insisto, no es venderse al mercado, sino encontrar un mercado para su producto, porque a usted no es al único que no le gusta lo de masas. Y por lo mismo, hay que trabajar pensando en vender, en salir adelante, en dar lo mejor de usted y hacer su producto lo mejor posible, es decir, no hacer discos malos. Hacer arte no tiene nada que ver con no vender, y autogestionarse y trabajar con las uñas tampoco tiene que ver con hacer discos malos.

No sé, al menos yo creo que si uno hace las cosas, las hace bien. El peor artículo de este portal tiene un montón de trabajo detrás: investigación, redacción, preparación… acá no se chambonea. Aún así, no todos los días caza el tigre. Lo mismo puede pasar con un disco: esfuércese, haga lo mejor posible, incluso si hace una parodia (estoy pensando en del crepúsculo al amanecer, por ejemplo), que tenga la mejor calidad que pueda darle. Sencillamente, crea en lo que hace, que  para usted sea excelente, que si no le gusta al público, es otro cuento. Y si no quiere pensar en el mercado al momento de crear, no lo haga, pero piense en ese mercado al que tanto le huye al momento de vender. Y si no quiere pensar en el mercado al momento de vender… ¿para qué  hace lo que hace?

Yo entiendo que las cosas no son gratis. Pero se puede ser recursivo, así como hay estudios y productores que cobran millonadas, hay unos económicos y accesibles y productores que trabajarían por ser parte de un proyecto más que por el dinero, si es que los logra convencer. Hay incluso estudios caseros de gran calidad (Mi kasa no es tu kasa records era, o es, genial, por ejemplo) y trabajos sacados literalmente con las uñas, con préstamo del banco y todo, que dan pérdida, que acaban regalándose… pero como alguna vez me dijeron los muchachos de Fónika, un buen disco es la mejor hoja de vida. Haga lo mejor que pueda, que si chambonea, va a tener una mancha de caca en su historial artístico que difícilmente se va a poder borrar. Y la verdad es que si uno realmente cree en lo que hace, hace lo mejor que puede: Los Compadres Recerdos son groseros, locos, una mamadera de gallo… lo que quiera, pero no son unos chambones.

Y eso aplica al show, al disco, a las comunicaciones y a todo lo demás, incluso a la presentación personal. Sea pulido con todo, haga lo mejor que pueda siempre, que la cosa no es de competir con nadie, sino de hacer lo mejor que buenamente pueda hacer con su talento y recursos. Si no funciona, fresco que Baggio se comió un penalti en una final de mundial y no por eso dejó de jugar. Diga lo que quiera sobre Maluma, que ñero, que tontohermoso, que machista… pero si el man tiene que dedicarse como 5 horas diarias al gimnasio, no es simplemente por querer ser bonito, sino porque eso vende. Haga la prueba, véase bien y verá que gana más seguidores en las redes a los que hasta de pronto les guste su música. Y no digo que se meta ya al gimnasio (aunque seguro no le sobra bajar esa panza, es por usted) y vaya a hacerse el chuler al salón, sino que tenga una imagen, que sea impecable con ella y que la use como motor de venta… y bueno, que baje esa panza pocholera, si es que conviene. Porque siendo coherente hasta el despeluque es imagen, sólo que hay que ser consciente de eso y saberlo usar si es coherente y conveniente con un concepto preconcebido para la agrupación.

En resumen, si hace algo, hágalo bien, pero no espere que automáticamente se venda por eso. Si se elige un nicho pequeño, no se queje de que el mainstream no compra, pero aprenda a expandir el público de ese nicho, que la gente lo vea y a que le compre. Mi papá, quien conoce la escena tan bien como yo conozco la física cuántica aplicada a la maternidad de las gallinas, tiene un disco del Terrible Tarantismo porque los vio por la séptima y le gustaron: esas vainas si pasan. Piense en mercadear, vender y mostrarse.

Y bueno, se vale hace las vainas por plata también. Se vale encontrar la minita de oro y abusar de ella. Botero la encontró, Iron Maiden También, y nadie los critica por estar haciendo la misma joda desde hace 400 años.

La imagen no lo es todo, pero suma

Una agrupación musical es una organización  dedicada a actividades de prestación de servicios, artísticos en este caso, con fines lucrativos. O al menos yo no he visto hermanitas de la caridad rockandrolleras. Todos queremos ganar la papita de lo que hacemos. Lo que importa de todo esto es que esa es, palabras más o menos, la definición de empresa. En ese sentido, implica que hay que guardar ciertos comportamientos básicos dentro y fuera del escenario, además de reconocer que hay ciertos manejos y elementos que deben tenerse de manera completamente empresarial y sin rockstarismos de por medio.

Una noche fui a un bar. Había concierto de una banda de chisga (perdón, covers) con una que otra canción original. No eran malos, tampoco buenos, los estaba disfrutando con un pintor amigo… todo muy normal y bonito. Cuando de pronto el vocalista dijo alguna babosada sobre el rock, que era inglés y no de acá, alguna tontera así. El problema no fue eso, sino que alguno de sus fans/amigos dijo algo al respecto y el cantante respondió algo como “tú te callas que eres negro y no sabes ni mierda”. Al rato trató de arreglarlo diciendo “no, nosotros queremos a la gente de color, son buenos para trabajar”. Por supuesto, me fui por eso y por alguna salida en falso tremendamente machista del vocalista. Algo escribí al respecto en mis redes sociales personales, y ellos alegaron que había sido una cosa de amigos. Pues resulta que no soy su amigo, y que al menos conmigo se cerraron las puertas, al igual que esos tres o cuatro miembros del público que podría haber consquistado para hacer crecer su audiencia. La cosa es tal punto que rechazo solicitudes de publicidad porque ellos tocaban: sencillamente, acá no se apoyan ese tipo de discursos. Hay gente que sí los apoya, y que cree que el color de la piel, el sexo o el género son motivos para objetivar o descalificar a alguien, pero acá en El Muro no creemos eso.

Hay bandas que se han cerrado esta y otras puertas, algunas muy grandes, por la imprudencia de sus miembros. Una agrupación debe manejarse como una empresa, en la que se tiene una imagen pública, se cumplen horarios, objetivos, metas… Una banda es a la vez empresa y producto y se debe manejar y mercadear como tal con cierta imagen que se guarda en correspondencia con ese hecho. Eso implica, por ejemplo, ser responsables con horarios, pruebas de sonido, ensayos y demás. Esa seriedad de empresa es clave para el crecimiento tanto de los proyectos como de la escena: demuestra que se toma en serio lo que se hace. Usted es representante de una marca, y como tal debe comportarse. No meta la pata, sencillamente espere a después el trabajo para enfarrarse y no se boletee en el feis, que así es que buenos proyectos se matan solitos.

Pero dirá quien lee: “ea, pero si es que los rockstars llegan borrachos y hacen lo que quieren” y si, esa es la imagen fofa y banal que venden, pero claramente ahí no está la clave de su éxito, más bien está en mantener esa imagen mientras responden con su producto, y mientras atienden a las indicaciones de la disquera. Y si no son conscientes de que esa es su imagen, felicitaciones, son idiotas útiles de una disquera. La cosa está mucho más pensada de lo que parece y cada quien vende la imagen más conveniente para su proyecto… ¿o usted en serio cree que las bandas más grandes son tres o cinco o treinta alegres compadres que se reúnen a toar y echar chistes? No es gratuito que el día en que Bosio, Fiquiccia y Cerati (si no sabe de quien hablo, estudie,  vagales) se conocieron, no tocaron un solo instrumento, sino que ese dedicaron a planear aspectos empresariales de la que sería una de las bandas más importante de América Latina.

Así mismo, y siguiendo la idea de tener las cosas claras, es clave que se hagan contratos. La confianza mutua está bien, pero por algo se han creado figuras legales para proteger a las partes. Incluso, aunque no se tenga un contrato, que las cosas estén por escrito y no queden sujetas a la interpretación. Es la mejor forma de evitarse desavenencias y molestias… porque si incluso con las cosas claras hay discusiones… ¿no cree que es mejor curarse en salud y tener las condiciones claras? Ah, y además respete las condiciones negociadas y cumpla, sea profesional. Y un comentario suelto: no trabaje por cerveza, no sea chirri. Si el bar quiere darle una cortesía o armó tan tremendo show que le quieren invitar un trago, bien, pero no sea chirri, eso no se exige… respétese y respete el arte. Eso es imagen y seriedad empresarial.

Por supuesto, también son indispensables las tarjetas de presentación, un buen rider técnico, un EPK, material promocional… Todo eso son elementos de mercadotecnia y difusión claves para el desarrollo de una propuesta, para que la gente se acuerde. En fin, son un montón de cosas que hay que pagar, sea con tiempo, dinero, favores… Cosas que su proyecto también necesita además de calidad para poder crecer.

Eso no quiere decir, como dije al principio, que todo sea imagen, si usted tiene una agrupación y además hace activismo por, por ejemplo, los animales, no vuelva inmune su proyecto a la crítica a razón de eso: tenga un buen producto, eso es lo que está a la base de todo esto. Si su propuesta es mala o sencillamente no gusta, no importa que le done todos sus ingresos a la fundación para poner bonitos a los niños bobos, su propuesta sigue siendo mala y tarde o temprano no habrá mercadeo que valga para sostenerla porque aunque todo el mundo lo aplauda, nadie se va a aguantar un concierto o un disco.

Un último elemento, del que hablaré más en la próxima entrega, es tener un equipo de trabajo. El profe John P. Kellogg de Berklee (si, estudié allá y me salió gratis, si quieren les cuento como luego) dice que la música ya no se trata de tener un gran equipo, sino del Do it Ourselves, es decir, gestionar el proyecto de manera autónoma, lo cual no quiere decir manejarlo a la maldita sea, sino tener en claro qué hace cada quién en la parte administrativa de la banda, estudiar y especializarse en eso, para que el  press manager no acabe metiéndose en lo que hace el booker y salgan de las mechas con el manager, así como el baterista no interfiere con las guitarras si realmente no sabe. No le estoy diciendo que sin contratar oficina de prensa o un manager no va a salir adelante, sino que necesita de ambas cosas, pero en gran medida las puede hacer usted mismo.

Conclusión

La imagen no es todo, pero importa. Por eso, además de tener un buen producto, hay que pensar en esas cosas de mercadotecnia para ayudarlo a salir, pero eso implica que se conciba el grupo como una empresa y la música como un producto. En ese sentido, hay que dejar atrás esa necesidad de seguir en el círculo vicioso de quejarnos porque los proyectos no salen adelante, mientras no le ponemos la seriedad adecuada. En Colombia hay montones de talento en bruto, en pilo y en pendejo, hay que aprovecharlo para convertirnos en lo que desde afuera ya están viendo, eso sí, evitando tanta rémora que hay en la industria, entendiendo los componentes claves y asumiendo que hay que pagar por tocar para que los proyectos despeguen.

Y si, voy a explicar por qué hay que pagar por tocar en algunos festivales, pero eso será en la tercera entrega.

                                 

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Mauricio Moreno

Periodista por vocación, artista por devoción, escritor por pulsión y humano por diversión. Durante unos años, tuvo el orgullo de compartir planeta con John Lennon, Freddie Mercury, Gustavo Cerati y David Bowie. Estudió filosofía, pero la abandonó en busca de aventuras con amantes más fogosas que la fría razón. Pasó muchos años como profesor, pero se aburrió de tanto ego y se embarcó en la aventura sin retorno de vivir siguiendo su ser. Ama el café, la música y los animales.
Es creador, director y activo escritor de la Revista El Muro. Actualmente, prepara diversos proyectos literarios, periodísticos y audiovisuales enfocados en el apoyo a las diferentes escenas artísticas del país y el continente.

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