Revista El Muro

En analogía con el juego de las canicas de su infancia, Mauricio Moreno nos habla sobre la sagrada indiferencia y por qué no debemos interferir en las decisiones ajenas.

Por: Mauricio Moreno

Una de mis escenas favoritas en el cine es esa en Poltergeist 2 donde el diablo trata de entrar a una casa disfrazado de sacerdote. No porque sea realmente buena, no tiene nada resaltable en particular,  o por las implicaciones religiosas ni nada de eso, sino porque me da pie para decirles a las personas que buscan mi consejo algo: Si el Diablo no puede meterse en donde no ha sido invitado, ¿qué te hace creer que tú si tienes derecho? Por eso, sea dicho de paso, no doy consejos hasta que se me pida explícitamente mi opinión y guía. No me meto en los zapatos de nadie si  previamente no se me ha pedido que lo haga, y eso no lo hago fuera de mis terapias de sana-acción.

Por supuesto que hay momentos donde queremos meternos en la vida de los demás. Es doloroso ver cómo alguien que amamos hace cosas que le pueden hacer daño. Y por supuesto que uno quiere meterse y aconsejar, recomendar y en algunos casos hasta impedir que lo hagan, pero no deberíamos. Y por una razón muy sencilla: la vida es una escuela y cada cosa que nos pasa es una lección y un aprendizaje. Impedir que alguien meta la pata es equivalente a impedir que un niño estudie identidades trigonométricas simplemente porque no nos gustan las identidades trigonométricas.

Es lo que San Ignacio llamaba la “sagrada indiferencia”, término que aprendí de Leandro Taub. No es que no nos importe, sino que interferir en la vida de los demás es impedirles vivirla.  Por ejemplo, mi familia tiene mucho miedo de las actividades extremas (como escalar, rapel, ese tipo de cosas), pero a mí me gusta ser un guerrero de fin de semana e irme a volar en parapente. Si los hubiese escuchado con esas experiencias, me hubiese perdido de muchísimo. Y a la vez, me hubiese perdido de muchísimos aprendizajes si, por ejemplo, no hubiese cometido garrafales metidas de pata que hoy agradezco, porque fueron lecciones invaluables que no hubiese alcanzado de ninguna otra manera.  San Ignacio pensaba más en la plena aceptación del propio destino y la voluntad de Dios, y eso también es cierto, pero por ahora quiero hablar de la aceptación del destino del otro como parte de la madurez.

En ocasiones, claro, hubiese querido que personas cercanas y con quienes la relación es de franco amor me hubiesen dicho que no hiciera o hiciera alguna cosa. Pero hoy entiendo que lo hicieron por amor y respeto hacia mí, me dejaron meter la pata porque no es su función evitar que lo haga. Y agradezco, insisto, que me hayan dejado meter la pata para poder crecer como persona. Es como esa regla  con la que delimitábamos las características del juego de piquis (o de canicas, como lo llaman los intelectuales) cuando niños con mis amiguitos del colegio: Sin canto de sapo, es decir, agentes externos no podían entrar a aconsejar, definir o juzgar jugadas, y si lo hacían, serían completamente ignorados aunque tuviesen la razón, todo para que el juego se pudiese desarrollar de manera saludable entre dos personas (ojalá hoy de grandes nos tomáramos las cosas con la misma seriedad). De seguro en otros lados lo llamaban distinto, pero con ese nombre conocí la regla yo.

 

piquis

 

Claro que podemos interferir en la vida de los demás, pero con límites. Primero, no debemos tragarnos nuestro descontento y podemos manifestarlo, pero sin violencia ni como imposición, basta con un “no estoy de acuerdo, siento miedo por tí” o  preferiblemente “yo ya pasé por eso y te comparto mi experiencia”, y por supuesto, dar lo que sabemos, eso sí, no esperando que la otra persona deje de hacer lo que quiere, sino para que vea nuestros errores y tal vez pueda evitarlos. Pero de ahí para adelante, sólo podemos apoyar. Y no podemos hacer nada más que no nos sea pedido. La función del guía, del maestro, del líder y del sabio, no es castrar, es guiar en el aprendizaje.

El filósofo Leibniz dijo que estamos en el mejor de los mundos posibles. Suena tonto pero es cierto, su argumento, si mal no recuerdo, se basaba en que cualquier configuración diferente sería una contradicción lógica. Aunque suene tonto, es muy fuerte. Y estoy de acuerdo con la conclusión aunque no con el argumento: estamos en el mejor de los mundos posibles, porque cada situación nos entrega como personas, como sociedad, como especie y como mundo, lo mejor que puede, cosas que debemos aprender para tener un mundo mejor. Cada persona que se cruza por nuestra vida nos regala un pedacito de su ser, sacrifica un poquito de su vida, para enseñarnos algo. Es por eso que podemos agradecer hasta las peores experiencias. Y es por eso que el mayor regalo de amor que podemos dar a otra persona es dejarle cometer errores que la ayuden a ser mejor.

Dejar vivir al otro, dejarlo cometer sus errores, es una forma de aceptarlo tal como es, de demostrarle amor y permitirle crecer como persona. Es gracias a esos errores que cada quien forja su camino, aprende y se crea como persona, aprendiendo de la experiencia propia, no de los errores de los demás. Viviendo y sintiendo en carne propia la caída que da la sabiduría para levantarse en vez de caer sin haberse movido por el miedo heredado del otro. Aunque tal vez no sea cieto eso que dicen que todo pasa por algo, al menos si es cierto toda experiencia sirve y alguna enseñanza deja. Es la sagrada indiferencia de otros que nos han dejado caer y meter la pata lo que nos ha hecho quienes somos, porque así como en las piquis, la vida es mejor sin canto de sapo.

Imagen: xQuatrox, via Devianart

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