Revista El Muro

Te presentamos una opinión sobre el debut del cineasta Harold Trompetero como  escritor.
Por: Mauricio Moreno

@mauromoreno83

findelmundoDomingo, 5:33 P.M. Muy temprano para la misa de 6, muy tarde para vivir. Todo lo que se quería hacer ya no se pudo, y no hay tiempo para hacerlo. Un momento en el que se siente que no pasa nada, pero pasa absolutamente de todo. El mundo pasa afuera de la vida mientras cada quién se las ingenia para olvidar que el día siguiente es lunes, y que así sea festivo, es y seguirá siendo lunes. La melancolía que embarga al mundo entre 5:33 y 6 de la tarde en punto, hora local, es el eje central de “Todos los domingos son el fin del mundo”. Esta es la primera novela de Harold Trompetero y se estrenó en 2016 bajo el sello editorial 531.

El nombre de trompetero está asociado al cine y al cine de comedia juzgado como de mala calidad por personas que no pagan la boleta para entrar a la sala, mientras que es amado por el gran público para el que se escribe, que mantiene el cine colombiano vivo a punta de asistir, comprar y hasta piratear las películas (¡pero digan no a la piratería!).

Pero “Todos los domingos” es otro cuento. Sencillamente, no se puede juzgar a esta novela por los antecedentes fílmicos de Trompetero, sino que en este caso hay que hacer borrón y cuenta nueva y entenderlo como si de novel escritor se tratara, porque se escribe en otras maneras, en otros lenguajes, con otras intenciones. Como dice Eduardo Arias en el Prólogo, a trompetero “Le nació escribir una novela, se sentó frente al teclado y le salió esta visión del día del juicio final en forma de mosaico en la que no hizo falta invitar a Dios”.

Es difícil describir esta obra. La analogía más cercana que encuentro es con la fotografía que Wittgenstein propone del universo en su conferencia de ética, en la que, según el filósofo, si se tomase una fotografía del universo entero, en este apenas se describirían hechos sin juicio moral. “Todos los domingos…” es algo así, una  sucesión de hechos,  historias que nunca terminan de conectarse, que no se sabe si suceden en simultáneo o no, que nunca se sabe, en últimas si son la misma o no…  vidas interconectadas o no alrededor del mundo que comparten una misma situación: soportar  los desesperante 27 minutos que preceden el ocaso de un domingo cualquiera. Así, es como la fotografía de Wittgenstein, pero en movimiento.

Son unas 120 historias que se condensan en apenas 71 páginas. Hay de todo: sexo, fútbol, playa, cucarachas, nacimientos, muertes, amores, desamores, suicidios, tríos… pero de domingo. Es una reflexión de domingo, de su melancolía, del fastidio que produce, el no saber qué hacer ni qué se siente, las vidas que se interconectan entre Yakarta, Pekín, México y Bogotá (entre otras ciudades) de maneras insospechadas y que, aunque se sienten ligadas, nunca terminan de unirse en un momento de climax del libro (no es spoiler, lo dice el prólogo), cuya existencia en últimas sería un soberano cliché. En últimas, lo que siento que se quiere mostrar es la agonía de la vida ante el inexorable regreso a la cotidianidad del lunes.

trompeteroEl libro es bien interesante. Es una completa bofetada al lector, un libro que no se puede leer despacio, que juega con los espacios y personajes en la inexorable marcha de un breve y angustiante lapso de tiempo. Quien lo toma, no puede dejar de leerlo, sino que atrapa al lector y no lo suelta, lo sume en esa nausea de vivir un domingo en la tarde, la confortable desesperación que se contagia en medio de ideas suicidas, sexo aburrido y penaltis que no se cobran. Es resaltable cómo se juega con el lector por medio de los saltos en el espacio que llenan de duda, que hacen querer más para entender lo que en sí mismo es incomprensible: la mamera dominguera.

La única crítica que podría hacerle es que en varias ocasiones me perdí, tal vez por mi negativa a dejarme llevar por el frenético modo en que la historia está escrita. Son tantos personajes que es difícil en ocasiones saber quién es quién, y si las asociaciones que el lector establece están o no allí, pero tal vez ese ejercicio sea el corazón mismo del libro y la razón por la que se vuelve tan apasionante: es también una frenta al orden tradicional de las cosas. Por eso mismo, no es un libro para cualquiera: si su mente es un cuadro de excel y espera llegar del punto A al punto B, este libro no le va a gustar. Porque no se llega del punto A al punto B, sino de las 5:33 a las 6:00 de una manera caótica y demencial, pero muy bien contada. Tal vez, me gusta mucho el caos y por eso esta novela me atrapó, pero no sé si combine bien con gomina y corbata.

Recomiendo leer este libro. Es una lectura corta, muy corta, que se hace en una sentada y no alcanza a acaparar una tarde, no sólo por lo corto del texto, sino porque se lee muy rápidamente, y no por sencilla, sino por frenética. Es la oportunidad de ver una faceta diferente de Harold Trompetero a su reconocido trabajo como director de cine y publicista, para adentrarse en un área artística que no puede expresarse en los términos en los que siempre vemos al autor. Pero sobre todo, de pasar un frenético rato en medio de la desesperación de lo que el gran Cerati llamó ese domingo híbrido de siempre.

Calificaicón: 4.

Imágenes: Cortesía de 531

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Mauricio Moreno

Periodista por vocación, artista por devoción, escritor por pulsión y humano por diversión. Durante unos años, tuvo el orgullo de compartir planeta con John Lennon, Freddie Mercury, Gustavo Cerati y David Bowie. Estudió filosofía, pero la abandonó en busca de aventuras con amantes más fogosas que la fría razón. Pasó muchos años como profesor, pero se aburrió de tanto ego y se embarcó en la aventura sin retorno de vivir siguiendo su ser. Ama el café, la música y los animales.
Es creador, director y activo escritor de la Revista El Muro. Actualmente, prepara diversos proyectos literarios, periodísticos y audiovisuales enfocados en el apoyo a las diferentes escenas artísticas del país y el continente.

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