Revista El Muro

 

Por: Juan Ramón Vera Rodríguez

@JRverarodriguez

En esta ocasión dejaré a un lado a la ficción, aunque el lector se preguntará en repetidas ocasiones durante la lectura si lo que está leyendo sucedió de verdad (Porque soy optimista, sé que leerán este libro que recomiendo). En la experiencia personal, puedo asegurar que ni S. King ni algún otro maestro del horror podría superar lo vivido por los espectadores de primera fila de las explosiones nucleares en Hiroshima y Nagasaki, aunque le vendieran el alma al demonio para que les disparara la inspiración y escribieran el best-seller más vendido del siglo. No pretendo desprestigiar a King, pero, en esta ocasión, para mi gusto, su vasta y fantástica ficción, fue superada por la realidad. O como dice la primera frase del capítulo titulado “La estrella asesina”: Si Mary Shelley o Edgar Allan Poe hubieran nacido a mediados del siglo XX, no habrían necesitado inventar el horror.

 hiroshima

El último tren de Hiroshima es una compilación de testimonios, documentos e imágenes, que ilustran lo acontecido antes, durante y después de las detonaciones, la primera, el 6 de Agosto de 1945 sobre Hiroshima y la segunda, tres días más tarde, sobre Nagasaki. Como eje principal, se toma el testimonio de Tsutomu Yamaguchi, un hombre que sobrevivió a los dos eventos (¿increíble?). Más aún, sobrevivió al horror que quedó después, en ambos lugares (¡Increíble!) y que produjeron un eco que todavía se escucha en la actualidad. Sin embargo, no sufrió de algún tipo de desequilibrio mental ni presentó algún comportamiento extraño. Vio las filas indias de muertos vivientes que parecían eternas y no tenían ningún destino. Sólo caminaban y caminaban, algunos sin un brazo, algunos con la piel aun desprendiéndose fundida de su carne. Vio las madres que cargaban a sus bebes decapitados mientras cantaban canciones de cuna. Al caballo que aún buscaba compañía humana, y era rechazado a pesar de haber perdido la piel como si se hubiera quitado un gran guante cubre-caballos. Sobrevivió a la lluvia negra y radiactiva, a los gusanos de fuego que quedaron vagando por el aire. Pero sobre todo, demostró su más grande fortaleza y calidez, al enfrentarse a las terribles huellas que dejaron las explosiones en el corazón de los japoneses. Fue un pegamento de emergencia ante la pérdida de los más íntimos y sencillos lazos de afecto, de convivencia. Además, la solidez de su alma le alcanzó para dedicar el resto de su vida a ser un activista y defensor de la paz, sin guardar rencores de ningún tipo, sin buscar venganza.

No pretendo ser moralista ni crear odio hacia los estadounidenses al recomendar este libro. Mi intención tampoco es querer ser alabado por mi retórica humanitaria. Lo recomiendo, por el simple hecho de querer instaurar la reflexión en quien lea este libro, antes de dejar crecer en nuestra cabeza algún pensamiento belicoso. Lo recomiendo, porque pretendo retransmitir el mensaje de Masahiro Sasaki: La esperanza de la civilización radica en pensar en la otra persona primero.

 

Imagen: Archivo

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