Revista El Muro

 

Por Yecid Muñoz Santamaría

Dicen los que saben que la salsa es una síntesis urbana de ritmos afrocubanos. Su origen está en el son o el guaguancó que se instalan en Nueva York, en los barrios de la diáspora puertorriqueña, y se impregnan de los sonidos del jazz y el espíritu de las big bands de los treinta y los cuarenta. Fiel a esa historia, La 33 lleva ya más de diez años haciendo “salsa dura”, pero también buscado el equilibrio entre esa tradición, que tanto defienden los salseros más bravos, y la producción de piezas musicales que pongan a gozar a todo el mundo (¿para qué otra cosa, si no para eso, está la salsa?).

El álbum que aquí se reseña, el tercero de la banda bogotana, no es la excepción en ese sentido: piezas de fuerte ritmo—como “Cuero” o “40 Yele”—, en las que domina la percusión y precisas para “azotabaldosas” consumados, alternan con despliegues de técnica muy elaborados, casi experimentales —se me viene a la mente “el Judío Maravilloso”, Larry Harlow—, como “Shooting mambo” o “Mambo Colombia”. Pero para “bajarle el tono” al asunto, se intercalan piezas suavesonas, más melódicas —“Patacón con queso”, “Guayabo”—.

 

 

Por su parte, las letras son otro ejercicio de equilibrio treintaitreciano: van desde las reflexivas (a mi juicio, quizá demasiado, incluso algo impostadas; lunar que persiste en algunas piezas de toda la discografía de la banda, pero que no opaca su indudable calidad musical) hasta las sobradamente relajadas. “Tumbando por ahí” —que le da título al álbum— o “Silencia” son un ejemplo de las primeras; “Casanova” —con un sonido costeño que evoca a Fruko y sus Tesos o al piano de Chelito de Castro— y las ya mencionadas “Patacón con queso” y “Guayabo”, lo son de las últimas. Y aparecen otra vez Bogotá, y Colombia, y las relaciones entre ambas: “Sonero de Tabogo”, un guaguancó-son montuno en el que un “hijo de Changó” le canta a la ciudad, o “Tumbadora”, un breve homenaje a la costa Pacífica.

Mención aparte merecen “Ya no me amas” —una pieza que arriesga una mezcla de temática romántica y ritmo fuerte, con mucha percusión y un piano rapidito— y, especialmente, “La reina del swing”. Esta última es, en mi humilde opinión, la “joya de la corona”: mucho sabor; buenos pregones, incluidos sendos homenajes a “El Manisero” y a “Sol de mi vida” de Ángel Canales; una poderosa descarga de metales y una letra mundana y muy sabrosa. Una síntesis perfecta de lo que representa La 33: salsa para expertos y para todos; salsa para Bogotá y para el mundo; salsa colombiana bien hechecita, que incluso supera —y espero no ganarme enemigos con lo que voy a decir— a las orquestas históricas caleñas (Niche, Guayacán), a las que nunca les podré perdonar sus excesivos coqueteos con la salsa de sábana y colchón, sus excesivas concesiones a la dictadura del mercado.

Imagen tomada del fanpage oficial de la Orquesta la 33 https://www.facebook.com/latreintaytres?fref=ts

Yecid Muñoz es un escritor invitado de la revista

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