Revista El Muro

 Por: Sorelestat Serna

““Si tuviera un arma,

en este momento habría matado a treinta personas

en lo que va corrido del día”

Mauricio.

 

Tomo mi pistola, la meto en el bolsillo de mi chaqueta y lleno los demás bolsillos con varias balas. Beso a mi mujer, y salgo de mi casa, dispuesto, optimista, con una sonrisa a flor de piel, listo a comenzar un nuevo día.

El perro de la vecina hace sus gracias enfrente de la casa, bajo la mirada vigilante de su ama, cogí mi arma y disparé. Una bala al perro y otra a su dueña. La gente no entiende, una bolsa y una pala. Qué harías tú, si te dejará un regalito de ese tipo en la puerta de tu casa.

Llego al semáforo de la avenida diecinueve, en la radio suenan las noticias, mientras intento adivinar que es verdad o mentira sobre lo que pasa en el país, un indigente se acerca a mi carro:

—Le limpio el vidrio, cucho.

Le hago con el dedo que no. El tipo baña el parabrisas con agua jabón que tenía en una botella de plástico, pasa una esponja negra de mugre, embarrando el vidrio. Arranco con rabia y le dejo de propina un balazo en una de sus piernas.

Las diez de la mañana, sentado en una cafetería tomando un café, un mesero estúpido derrama el azúcar sobre mí. El hombre me pide excusas por lo sucedido, las acepté con una detonación en su prominente estómago.

Me dirijo al CADE a pagar mis servicios, en medio de suplicio de las filas, mi pistola humea después de tener una breve charla con una mujer. Le di razones de porque debía respetar a las personas que llevamos más de una hora soportando el calor del maldito lugar.

En el restaurante en donde almorcé, quedó una mujer que vendía flores, con la cara en el plato de sopa y el músico que amenizaba el lugar sobre su piano, en serio el tipo era malo, la había pifiado varias veces en la misma canción.

Hago fuego dos veces contra un hombre que pertenece a esa raza que con una gorra, un  pedazo de madera y un arma se creen los dueños del edificio. El hombre había ignorado mis sugerencias, no daba explicación de por qué había permitido que mi auto fuera bloqueado por dos automóviles, le había rogado, suplicado, le dije que la diligencia que haría allí, no me tomaría más de una hora.

Después de regalar varias balas a una cajera del banco que me tuvo frente a ella, escuchando su conversación  inútil con su novio y a dos mendigos que se acercaron a pedir del cigarrillo que fumaba, decido regresar a mi casa.

Faltando  diez cuadras para llegar a mi hogar, en uno de los últimos semáforos del trayecto, observo como un hombre le propinaba un puñetazo a su mujer, ésta con la nariz rota y llorando, le mendigaba el dinero para la comida de sus hijos. Salgo del auto y despido tres proyectiles que van hacia el tipo, cae al el suelo soltando una variedad de insultos contra mí y su mujer.

—Cómo se le ocurre —grita la mujer— no ve que era mi marido. Cómo se le ocurrió hacer esto.

—De nada señora —y ella va hacerle compañía a su esposo. Tal vez en el infierno él podría seguir golpeándola.

En casa miro mi arma entre mis manos, está caliente y me digo que lo mejor era guardarla. Este mundo no está listo para que cada persona porte un arma para defenderse, para expresar su inconformidad por las cosas que los ofenden.

 

 

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