Revista El Muro

Carlos Barbosa

¿Para qué una práctica espiritual? O mejor dicho, ¿cuál es la importancia de llevar una práctica espiritual, un camino de vida? Algunos dicen que es clave para manejar las emociones, controlar la ira o reducir el estrés. Otros dirán que ofrece paz interior. También se dice que es muy útil para convertirnos en mejores personas. Pero la escuela Soto del zen japonés respondería: “ninguna de las anteriores”. Para el Soto, la práctica no debe tener ninguna intención de provecho personal, no importa qué tan noble parezca. Con todo y que resulta una idea chocante, quisiera compartir por qué para mí ha sido una guía de enorme valor.

El zen es una forma del budismo, y como tal se acoge a la noción de que no tenemos una esencia enteramente independiente de lo que nos rodea, completamente inalterada y permanente. Tenemos normalmente la idea de que somos esencialmente algo; nos identificamos fácilmente con nuestro cuerpo, o también con nuestras ideas, sentimientos o habilidades. Decimos: “soy un atleta”, “soy un intelectual”, “soy un liberal”… Cada quien narra su propia historia. Pero si investigáramos a fondo no encontraríamos nada a lo que pudiéramos llamar “yo”: todas nuestras ideas son prestadas, derivadas de lo que piensan nuestros mayores, aprendidas a través de la educación y la cultura; nuestro cuerpo fue moldeado desde dentro y desde fuera, no lo escogimos; nuestras capacidades dependen igualmente de factores genéticos y de la cooperación del entorno. Nada en nosotros es entera y únicamente nuestro, entera y definitivamente distinto de factores ajenos a nosotros.

El zen se toma muy en serio la necesidad de entender esta “falta de yo”, de romper la ilusión del ego con  la que vivimos, pues de otra manera no es posible la “paz interior” o “liberación” a la que  supuestamente podríamos acceder a través de una práctica espiritual. Pero si no somos fundamentalmente un yo separado, cualquier búsqueda de provecho personal no haría más que alimentar esa ilusión del ego. Por noble que parezca, cualquier búsqueda de utilidad o provecho no haría más que mantenernos en la ilusión y cortar el camino a la paz. Entonces, ¿cómo alcanzarla?

 

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“Las flores se marchitan aunque nos agraden. La mala hierba crece aunque nos desagrade”.

 

El Soto zen sostiene que la respuesta no es otra que aceptar la realidad de la vida, tal cual es, acogerla sin ninguna intención de cambiar lo que no nos gusta o preservar a toda costa lo que nos gusta. Dogen, el fundador de la escuela, decía: “Las flores se marchitan aunque nos agraden. La mala hierba crece aunque nos desagrade”.

Este es el punto. Toda búsqueda de provecho personal nos arroja a rechazar el movimiento de la vida, que a veces nos da y a veces nos quita. Algunas veces podemos sentirnos tranquilos y plenos, otros días el estrés o el tedio nos abaten. Si un día no logramos sentirnos “en paz” y nos desesperamos por ello, vamos en la dirección contraria; alejamos la paz en lugar de volver a ese punto de equilibrio: ser capaz de aceptar la realidad presente, entendiendo que ninguna desgracia y ninguna dicha son permanentes.

Para mí, entender la vida desde esta perspectiva ha significado dejar una gran carga atrás. Porque antes, suponiendo que el budismo era un asunto de pura serenidad, me desesperaba si no lograba controlar mi mal carácter. El malestar, entonces, se duplicaba en lograr de parar. Hoy en día me es más fácil aceptar que algunas veces no puedo evitar enojarme, y solo al aceptar el enojo tal como viene es posible manejarlo e incluso evitar el indeseable efecto de descargarlo contra los demás.

Llegado a este punto siento que hablo torpemente, que me expreso con dificultad. Del zen no es fácil hablar, para nada fácil. Por eso me siento tentado a terminar recordando las palabras de Kôshô Uchiyama Rôshi, un importante maestro de la escuela soto en el siglo xx. Quizás él logre expresar lo mismo de manera mucho más completa y sin demasiados rodeos:

Sentarse en zazen para alcanzar una experiencia cualquiera del tipo satori [iluminación] es una cuestión de voracidad humana. Sólo cuando vamos más allá de las ambiciones y de los afanes humanos comenzamos a enderezarnos hacia la enseñanza de Buda. Yendo más allá de estos apetitos, naturalmente nos preguntamos hacia donde estamos yendo… es dentro de la profundidad de la vida. Sentarse en zazén significa sentarse en presencia de la profundidad de la vida. Has de saber que zazén no es una actividad que se encuentre en el reino de los valores simplistas monodimensionales, es decir los valores de ganar o perder, de vivir o morir. Al contrario, zazén es el hecho de sentarse en presencia de la profundidad de la propia vida, que es una profundidad pluridimensional.

La profundidad de la vida: eso es lo que se gana cuando se logra practicar sin espíritu de provecho.

Imagen central tomada bajo licencia creative commons de: 

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Imagen de introducción tomada bajo licencia creative commons de: http://de.wikipedia.org/wiki/Datei:Koto-in_Zen_Temple_Kyoto_-_entrance_walkway.jpg

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